Atracción desconocida

El sol todavía no había salido mientras iba al trabajo. Demasiado temprano, demasiado sueño. Las pocas farolas encendidas me alumbraban los escaparates que encontraba por el camino: un supermercado cerrado, un restaurante asiático, tiendas de ropa… Entré al edificio de mis oficinas, saludé al conserje y me encaminé al ascensor. Seguía con frío por culpa del helado viento otoñal. “No me gusta el frío” pensé. En eso me di cuenta de que no era la única persona que estaba esperando al elevador. A mi lado se encontraba un hombre que me observaba atentamente. Tenía una fuerte mirada, hombros anchos, pelo castaño y unos labios carnosos y delicados. Lo saludé mientras me recorría un pequeño cosquilleo por la espalda. “Puedes llamarme Adam” me respondió. Subimos al ascensor en silencio. Él me seguía observando, y a medida que pasábamos las plantas un calor sofocante me iba recorriendo todo el cuerpo, empezando por la cabeza, los hombros, las manos. El miembro me empezó a palpitar, me ponía erecto. Inconscientemente me llevé una mano al paquete para cubrirme. Se me sonrojó todo el cuerpo por la vergüenza y supliqué porque él no se hubiera dado cuenta. En ese momento se abrieron las puertas y salí prácticamente corriendo sin despedirme. Por dios, que maleducado soy, imbécil. Ya algo alejado del ascensor me giré, por si todavía seguía allí y podía mostrar un poco de simpatía. Mis ojos escudriñaron toda la estancia, lo buscaban con ansia. No estaba. Después de unos largos segundos me encaminé por fin a mi mesa.

Ese día fue agotador, no más por el trabajo que por mis incesantes pensamientos sobre Adam. No lo había visto antes por las oficinas. Me inquietaba por saber quién era. Era extraño. Nunca antes había sentido tal atracción por alguien, y ahora no podía dejar de pensar en sus brazos, sus manos fuertes, su busto, me imaginaba su pene erecto, enorme.

Intenté calmar mi mente mientras el sudor empezaba a envolverme el cuerpo y mi glande gritaba por su trasero. Seguí trabajando.

Esa noche tuve sueños húmedos con él. Empezábamos jugando con la lengua. Lamía el contorno de mis dedos, de mis pies, e iba subiendo por mis piernas hasta llegar a mi pene y se lo engullía de lleno haciéndome gemir. Cada vez iba más rápido y yo ya no podía contenerme. Me corría dentro de él. Se chupó un dedo y empezó a introducirlo en mi ano, primero despacito, después cada vez más rápido mientras me dilataba bien. Dolor y placer me recorrían todo el cuerpo. Luego, sin avisar, me cogió del culo y me giró con fuerza colocándome contra la mesa, abriendo mis piernas e inyectando violentamente su sexo en mí. Me empotraba una y otra vez mientras gritábamos los dos de placer, cada vez más fuerte, llegando al séptimo cielo. No se detuvo. Empezó a chuparme la oreja lentamente mientras acariciaba con su mano izquierda mi prepucio. Arriba, abajo. Dibujaba circulitos con su otra mano en mi abdomen para luego ir bajando hasta llegar a mi erecto pene y masturbarlo. Gemí tan fuerte como pude.

Desperté. Había llenado toda la cama de semen. En mi vida había dormido tan bien.

Ese día me fui más apresurado al trabajo. Seguía confundido, ruborizado y excitado. Tan solo quería verle. Entré de nuevo en las oficinas y me esperé delante del ascensor sin pulsar el botón. Estaba ansioso. Me preguntaba si ese día no me lo encontraría. Después de todo solo lo había visto una vez. ¿Y si no trabajaba allí?

Al cabo de unos pocos y eternos minutos se abrió la puerta del exterior. Vi a Adam. Caminaba imponente, lleno de seguridad y erotismo. Nuestros ojos se cruzaron, y en el momento en que abrí la boca para saludarle mientras esbozaba una tímida sonrisa, me cogió de la mano y me empujó a la calle. No dije nada, solo lo seguí, hasta llegar a un local llamado Boyberry. Se giró solo un momento para decirme “hoy va a ser el mejor día de nuestras vidas”, y la sonrisa más traviesa y hermosa que había visto nunca se enmarcó en su rostro.

Nos metimos en una cabina llena de agujeros. Sin pensarlo me bajé los pantalones y empecé a besarle el cuello. Notaba que había gente detrás las paredes observándonos con ojos lascivos pero, lejos de molestarme, cada vez me excitaba más. Besé el contorno de sus ojos, tiernamente, y baje a su boca, mordiéndole y besándole intensamente. Sus manos me recorrían mi abdomen, me acariciaban el pecho, su lengua besaba mi lengua. Quería probar su miembro. Le quité la ropa, despacio, y me agaché para rozar su sexo. Lo manoseé. Rodeé con ambas manos su precioso y enorme pene, bajando y subiendo, cambiando de intensidad y presión, y acerqué mi boca a sus testículos, acariciándolos con mi lengua. No podía parar de chupar esos gigantescos huevos. Lo escuchaba gimotear y rogar porque me comiera toda su verga. Empecé a tastarla mientras le introducía mis dedos en el ano. Me llené la boca de él, metiéndomela hasta el fondo. Lo escuchaba gemir, repetir mi nombre con lujuria y placer. Luego me cogió y giró fuertemente, como en mi sueño, y comenzó a lamerme el culo haciéndome el mejor beso negro de mi vida. Su lengua recorría todo mi recto, succionando, entrando y saliendo. Con su mano me envolvió el escroto, agitándolo intensamente hacia arriba y abajo. Supliqué porque me la metiera, necesitaba sentirlo dentro de mí, que me poseyera. Los movimientos se hicieron más bruscos y finalmente me penetró por el culo mientras, susurrándome al oído, me contaba todos los pensamientos lascivos que había tenido al encontrarme ayer en el ascensor. Me seguía recorriendo todo el cuerpo con sus rudas manos. Me cogió de los pezones, tirando de ellos, y mordió mi cuello. Iba a correrme, no aguantaba más. Las miradas del exterior se intensificaban. Sentía a través de los agujeros de la pared como ellos también estaban gozando mientras se machacaban sus pollas al ritmo de nuestra follada. Y sus miradas me llenaban. Me sentía guarro mientras me empotraba y eso me ponía aún más. Gemí su nombre, y un chorro blanquinoso salió disparado. Estaba alcanzando el clímax. Pero seguía queriendo más, y más, y más. No podía parar. Quería que Adam me penetrara más fuerte. Y mientras gritaba plenamente de placer se detuvo, me dio un beso en el hombro y se marchó, dejándome al descubierto entre tantos ojos obscenos, temblando de gozo y lujuria.