Caliente lección en Boyberry

 

Llevaba unos días bastante cachondo y con ganas de que me metieran una buena follada, así que aproveché que en el Boyberry de Madrid iban a celebrar unas de sus morbosas fiestas donde todo el mundo va en gayumbos para pasarme por el local.

Para este tipo de fiesta se exige un código de vestimenta que consiste en ir en ropa interior, así que yo opté por llevar únicamente unas gastadas zapatillas Adidas y unos suspensorios deportivos azul oscuro.

Solo entrar en el local pude advertir como captaba las miradas del resto de los tíos que allí había. De estatura media pero con un cuerpo musculado, con grandes pectorales y anillas en los pezones junto con un buen culazo no pasaba desapercibido. Unido a que era muy blanco de piel y mis facciones bastante juveniles a pesar de mis 27 años añadía más morbo a mi aspecto.

Me fui hacia la barra mientras echaba un vistazo en busca de un buen semental que me montara aquella noche. Para mi sorpresa creí reconocer una cara en una de las esquinas del local, a pesar de que habían pasado ya 10 años desde la ultima vez que lo había visto era imposible olvidar aquel ejemplar de macho.

Era Carlos, mi antiguo profesor de educación física en el instituto cuando yo tenía 17 años. En aquella época me pajeaba a diario pensando que con su cuerpo musculado y 190 de altura me cogía con sus fuertes brazos y me llevaba a los vestuarios donde me desvirgaba el culo con el pollón que se le marcaba debajo de los holgados pantalones cortos deportivos que solía llevar durante las clases.

A sus 40 años aun conservaba su cuerpo musculado y atractivo físico. Con el pelo rapado y una recortada barba iba vestido con unos ajustados slips blancos que marcaban su enorme paquete, junto con unas botas militares y un arnés de cuero que aun daban mayor morbazo a su varonil aspecto.

Una vez en la barra me pedí una cerveza y me situé en un lugar que Carlos pudiera apreciar bien mi culazo que no paraba de atraer miradas. Al cabo de un momento noté como una gran mano se posaba en mi culo y al girarme pude ver a Carlos ya explorando con sus dedos mi ojete. Le sonreí y le dejé actuar.

Pensaba que me pediría ir a una de las cabinas de la parte de atrás del local pero en vez de eso se sacó allí mismo el pollón con el que tanto había fantaseado de adolescente. Ante mi vista tenia una gruesa polla de más de 20 cm con un gran capullo adornado por un piercing “Principe Alberto”. Cogió mi cerveza y a mi me indicó con la mirada que me pusiera de rodillas a comerle el rabo. No lo dude ni un instante y enseguida tenia aquel gran rabo en mi boca. Primero jugué un poco con mi lengua con el piercing para luego ya iniciar una lenta y profunda mamada. Mientras Carlos se apoyaba en la barra tomándose la cerveza unos cuantos curiosos empezaron a acercarse a contemplar mejor el espectáculo.

Se formó un ruedo de tíos con las pollas fuera y pajeándose disfrutando de como le comía el rabo a aquel chulazo, pero ninguno de ellos se acercó mucho. Sabían que Carlos era el macho Alfa y lo respetaban. Mientras me iba comiendo aquel gran rabo iba jugando con los piercings de mis pezones, que con la excitación del momento estaban duros como piedras.

De entre los tíos que nos rodeaban había un chaval negro que tenía una polla delgada pero bien larga, de unos 23 cm. Carlos le indicó que se acercará para que yo también se la mamará. Nunca me había tragado una tan larga y Carlos me cogía de la cabeza para que me la tragará entera a pesar de que casi me ahogaba. Mientras estaba mamando aquella polla enorme Carlos pidió al resto de tíos que se corrieran sobre mi. De repente, empezaron a caerme grandes cantidades de lefa sobre todo mi cuerpo. El chaval negro también se corrió abundantemente sobre mi cara, dejándome por un momento casi sin visión al darme de pleno en los ojos.

Cubierto como estaba de lefa noté como alguien me pasaba una camiseta por la cara y el cuerpo limpiándome los restos de semen. Era Carlos, que una vez hubo terminado me cogió con sus fuertes brazos y me llevó a la parte trasera del local.

Esta vez tampoco me llevó a una de las cabinas si no que fuimos a una zona del local conocida como el “HOT Sótano”, con baños, cabinas y zonas de sexo en común. Carlos me cogía fuertemente mientras nos comíamos la boca y con sus dedos iba explorando mi caliente ojete.

Me puso cara a la pared y yo incliné mi cuerpo para que tuviera un mejor visión de mi culazo. Carlos se agachó y con su lengua empezó a comerme mi depilado y blanco culo. Sabia como hacerlo y poco a poco su lengua se iba introduciendo en mi cada vez más abierto ojete. Mientras tanto yo no paraba de tirarme de las anillas de mis pezones, sintiendo unos placenteros escalofríos por todo mi cuerpo. Al igual que antes poco a poco se fueron acercando curiosos que no querían perderse el espectáculo que les estábamos ofreciendo, sacando sus pollas y masturbándose.

Cuando Carlos paró de comerme el culo se puso con cuidado un condón en su grueso pollón con piercing y lentamente me lo fue metiendo hasta el fondo de mi culo.

Mi fantasía de adolescente se estaba cumpliendo, por fin aquel semental me estaba follando. Podía notar su piercing dentro de mi culo mientras con un suave mete y saca me iba follando con su gran rabo. De entre los curiosos apareció un chaval de unos 20 años bastante atractivo, 180 de altura y cuerpo fibrado. Llevaba también unos suspensorios rojos, por lo que deduje que sería pasivo. Se acercó a Carlos y como no estaba dispuesto a compartir aquel pedazo de macho con nadie apreté fuertemente el culo, como queriendo atrapar su pollón. Parecían conocerse y empezaron a comerse la boca pero al momento Carlos le indicó que se pusiera de rodillas. Este se agachó, sacó mi duro rabo de los suspensorios y empezó a hacerme una mamada. El placer que sentía en aquellos momentos era inmenso, unido al morbo de estar allí rodeado de todos aquellos tíos y siendo follado en publico.

Cuando Carlos sacó su gran pollón de mi ya dolorido culo me llevó a una de las cabinas y dejábamos al chaval de rodillas mientras recibía los lefazos de los curiosos como me había pasado a mi antes.

Ya en una en la cabina me puse de rodillas para volver a disfrutar mamando aquel gran pollón sin las miradas de extraños, tragándomelo entero hasta el fondo. Carlos no paraba de sonreír, disfrutando de tenerme a sus pies, ignorando que era uno de sus antiguos alumnos.

Se colocó un nuevo condón y de nuevo introdujo sin problemas su gran rabo en mi ya abierto ojete, deseoso de volver a ser penetrado por aquel gran semental.

A pesar de las suaves embestidas de Carlos, entre que su rabo era muy grueso y su piercing “Principe Alberto” mi culo sentía unas placenteras sensaciones nunca antes experimentadas.

Cuando Carlos empezó a resoplar fuertemente, señal que estaba a punto de correrse, sacó su pollón y a mi me puso de rodillas. Abrí bien la boca dispuesto a no desperdiciar ni una sola gota de su leche. Al momento, calientes y espesos chorros de lefa fueron atrapados por mi lengua. Antes que pudiera decir palabra Carlos ya había desaparecido y cuando salí de la cabina ya no le vi en el local.

Quien si estaba era el atractivo chaval con los suspensorios rojos

Se acercó a mi y de nuevo se volvió a poner de rodillas. Me saqué mi rabo que casi durante toda la noche había estado bien duro y atrapado en mis suspensorios. Me ofreció su boca bien abierta y empecé a follármela con mis 18 cm y con los huevos bien cargados de leche. El chaval la chupaba de vicio y se la tragaba entera hasta casi ahogarse. Con la cachondo que estaba no tardé mucho en descargar abundantemente en su boca.

Aquella noche me fui del Boyberry bien satisfecho con la lección que me había dando mi antiguo profesor.