Déjame enseñarte

  • ¡Tío, ¿en serio?!
  • Jajaja, que sí. No es de coña – respondí.
  • ¿Y cómo dices que se llama “eso”?
  • Lo hacen en todas partes, no es nada nuevo.
  • ¡Pero qué asco! – exclamó Berto.

Normal. Supongo que para un hetero no era fácil de encajar que hubiese zonas donde la gente, simplemente, se acercaba a follar sin conocerse de nada. Para mí, en cambio, gay reconocido y sin ningún tipo de pudor, aunque no frecuentase esos lugares, el término “cruising” era más que conocido.

Berto, un chico de 19 años, con su aspecto aniñado y su atractivo cuerpo atlético, era mi mejor amigo. Por aquel entonces, ambos estudiábamos en Madrid, y aunque no compartíamos piso, solíamos pasar la mayor parte del tiempo juntos.

Él sabía de mi homosexualidad. Nunca supuso un problema entre nosotros. Berto, cien por cien heterosexual, no solo respetaba mi condición, sino que la aplaudía, y afirmaba admirar la valentía con la que me había enfrentado al difícil momento de salir del armario frente a todos. Él había sido de los primeros en saberlo, y me lo agradecía profundamente. A cambio, yo le agradecía a él la confianza que depositaba en mí. Nunca fue de esos “heteros” que se asustan ante la situación de tener que cambiarse de ropa frente a un homosexual, ni se esconden de las miradas de otros chicos por miedo a que se enamoren de sus atributos. Por el contrario, yo tampoco era de esos gays que juzgan a los heteros que se dejan observar desnudos, argumentando que “si tanto se exhiben, algo de gay tendrán”. No, simplemente, la situación era la que era. A él le gustaban las mujeres, a mí los hombres. Ambos lo sabíamos. Pero tontos no éramos. Era lógico que a mí me llamase la atención un muchacho tan atractivo como Berto, y él lo comprendía, y se alegraba de ello, como podía alegrarse de que una muchacha suspirase por sus músculos y su preciosa cara de adolescente. No le importaban las miradas, ni mis comentarios sinceros. Si tenía que decirle “qué bueno estás”, se lo decía, y nada cambiaba entre nosotros. Tampoco él se cortaba a la hora de hablarme de ésta o aquella mujer, de lo tremenda que estaba la vecina, o la nueva compañera de clase, o de las pajas que habían caído imaginando montársela con la chica de la cafetería. Éramos naturales, y ahí radicaba el secreto de nuestra amistad.

La cosa es que yo disfrutaba mucho desvelándolo los misterios de mi mundo, el mundillo gay, tan insólito para él que a veces los sobrecogía. Como aquella tarde, cuando le hablé del cruising y me reí hasta la saciedad viendo las caras que ponía.

Estábamos sentados frente a su ordenador portátil, una tarde de lluvia en su piso. Sus compañeros estarían en clase toda la tarde, así que nadie nos podía molestar. Berto, incrédulo, busco aquel término en internet, y después de convencerse de que yo no me lo había inventado, se puso a mirar un mapa que señalaba las zonas donde podía practicarse aquella costumbre.

  • ¡No me lo creo! En esos servicios he entrado mil veces a mear – gritaba.
  • Pues ya sabes – reía yo –, la próxima vez que entres, ponte un tapón en el culo, que ya sabes que estás en “tierra de lobos”.
  • Entonces, la gente se espera ahí y… sin conocerse…
  • Sí, pero lo más común es acudir a zonas apartadas, en el campo o en grandes parques a oscuras.

Berto seguía asombrado ante algo tan insólito para él.

Estuvimos un rato más, informándonos de los lugares que él debía evitar y que yo podía considerar visitar en una ocasión de aprieto.

  • ¿Y no hay lugares específicos para esto? Sitios decentes a donde la gente pueda ir a conocerse y… bueno.
  • Existe algo así. Como tú dices, es un sitio decente, limpio. No es lo mismo que irse detrás de unas olivas y buscar, a riesgo de toparse con un loco con un hacha.

Nos echamos a reír. Tecleé una dirección, y entonces apareció ante nosotros una página oscura, con unas letras verdes que llamaban la atención.

  • BOYBERRY – leyó Berto en voz alta. – ¿Y esto qué es?
  • Es el sitio decente, jejeje.

Le expliqué de qué se trataba. Berto, con un afán curioso, paseó por la web, descubriendo las distintas zonas que ofrecía aquel lugar tan peculiar. Yo, que había estado allí un par de veces, le hablé de cada una de ellas, y me permití bromear con las cosas que, si él llegase a ir, le harían los otros chicos que lo frecuentaban.

  • No está mal. Siempre tienes donde divertirte, cabrón.

Berto cerró la página y abrió otra, más agradable para él, sin duda. No se cortó en buscar a sus actrices porno favoritas, como solíamos hacer en muchas ocasiones.

  • Ya me has hablado de esas cosas turbias vuestras – bromeó – Ahora déjame a mí que vuelva a la normalidad con esto.

Pasamos un rato viendo porno y comentando las escenas de las que disfrutamos. Acabamos pajeándonos en el sofá, entre risas y comentarios, cachondo él con los videos de sus diosas preferidas, cachondo yo de tenerlo cerca y con ese asombroso pene joven y erecto que tanto me gustaba admirar. Berto, consciente, no paró de bromear, orgulloso de que mi polla reaccionase así ante la visión de la suya. Nos corrimos gustosamente. No era la primera vez que ocurría. Hasta ahí llegaba nuestra sana amistad.

Lo asombroso ocurrió un par de días después. Habíamos terminado temprano las clases ese día y decidimos acudir al centro a comprar algunas cosas que nos hacían falta. Después de dar muchas vueltas no llegamos a comprar nada.

Berto quería marchase pronto, pero yo le insistí para que se quedara. Aquel día, mis compañeros de piso no iban a estar, y no me apetecía volver tan pronto a casa, para estar solo. A propósito, solo para ver la cara que ponía, lo fui conduciendo por unas calles que yo conocía muy bien. Él no se daba cuenta de a dónde lo estaba dirigiendo hasta que, al fin, parándome frente a la puerta de un local, le dije.

  • ¿Te apetece que tomemos algo?
  • Bueno – respondió – una cerveza y a casa, ¿vale? Quiero estudiar un rato esta noche.
  • Vale, vale – dije, satisfecho.

Entramos en el bar. Le dije a Berto que se sentase; yo me acerqué a la barra para pedir lo que íbamos a tomar. El camarero, un chico bastante atractivo, me saludó guiñándome un ojo. Ya me conocía de otras veces.

Volví a la mesa donde Berto me esperaba y no me hizo falta preguntarle para darme cuenta de que él ya había notado algo… “especial” en el ambiente.

  • ¿Dónde me has traído? – preguntó, blanco como la leche, mientras observaba una vitrina llena de películas porno y juguetes sexuales.
  • ¿No lo reconoces?
  • Este sitio es el que vimos en internet.
  • Exacto – respondí, riendo.
  • ¡Cabrón!

Berto empezó mostrando un poco su inquietud, pero lo cierto es que las cervezas estaban sobre la mesa, y había que tomárselas por lo menos. Así que procuró calmar sus nervios y empezó a beber.

Resultaba evidente lo mucho que le llamaba la atención, a pesar de no ser de su gusto, el ir y venir de los chicos que entraban y salían. Los veía perderse tras una cortina y no regresar en un largo rato. Normalmente entraban solos, y a veces salían acompañados. No me pasó desapercibida su curiosidad.

  • Te mola, ¿eh?
  • Anda, cállate. ¿Qué hay ahí detrás? – preguntaba.
  • Si quieres podemos entrar.
  • ¡Ni de coña! – se apresuró a decir.

Las cervezas estaban a punto de acabarse. Le pregunté si querría tomar otra, a lo que él respondió que no. Entonces, quise ponerlo una prueba una vez más antes de abandonar el local.

  • Berto, tú eres muy echado para “alante”. Tienes una mente abierta. Ahí detrás no vas a ver nada que te asuste. Te propongo algo: entramos, vas a mi lado, lo recorremos y, si quieres nos vamos.
  • Sabes que yo…
  • Sé que tú no eres gay. ¿Y qué? ¿Piensas que ahí dentro te van a comer en cuanto entres? Es un lugar para divertirse; lo que cada cual haga es cosa suya. Además – terminé a modo de broma –, no vas a ver nada que no me hayas visto a mí. Y créeme, yo soy mucho más grotesco que cualquier cosa que puedas ver.

Berto se lo pensó, pero al final cedió.

  • Está bien. Tengo curiosidad.
  • ¡Perfecto! ¡Un hetero curioso! – bromeé.
  • Ya quisieras, maricón – dijo, propinándome un puñetazo en el hombro.

Pasamos frente a la barra; el camarero volvió a guiñarme un ojo. Seguramente pensó que había llevado al huerto a aquel estupendo efebo, sin saber que éramos amigos, y que, además, él era hetero. De haberlo sabido, su morbo se habría acrecentado.

Berto y yo traspasamos la cortina y nos vimos rodeados de cabinas de las cuales, en ocasiones, surgía algún apagado murmullo o un gemido casi inaudible. Berto, sin embargo, lo captaba todo, alerta y con los cinco sentidos puestos en lo que ocurría a su alrededor.

  • Relájate. ¿Ves? Nadie se te ha lanzado aún al cuello.

Para mí, aquello era muy gracioso. Atravesamos los oscuros pasillos en un silencio extraño, cruzándonos con personas que nos miraban con interés. Al final de unas escaleras, hallamos un sofá. Yo me senté. Berto se quedó de pie, preguntándose qué narices hacía yo.

  • Relájate, Berto. No pasa nada.

Él se sentó a mi lado. Justo enfrente había unas cabinas que, en ese momento parecían vacías. Aproveché para enseñárselas a Berto, aprovechando que nadie pensaría mal de aquellos dos inocentes muchachos que pretendíamos ser.

  • Y aquí se meten a…
  • Mira – expliqué – ¿ves ese agujero en la pared? ¿Adivinas para lo que es? Quédate aquí.

Salí de la cabina, dejándolo dentro, visiblemente nervioso. Rodeé la cabina y accedí a una contigua, comunicada a la de Berto por aquel agujero. Yo, que sabía la utilidad de dicho orificio, y contando con la confianza que nos teníamos Berto y yo, hice lo que se esperaba. Saqué mi pene del pantalón y lo deslicé a través del agujero y esperé su reacción.

  • ¡¿Qué haces, maricón?! – le oí gritar. Me partí de la risa y volví de inmediato a donde él estaba. – ya me hago una idea de lo que hacéis ahí. ¿Nos vamos ya?
  • Está bien – me resigné.

Pero en ese momento llegaba más gente. Un chico de unos treinta años, acompañado de otro señor más mayor. Se cruzaron con nosotros y se nos quedaron mirando.

  • Berto, siéntate un momento. Ahora verás.
  • No quiero ver cómo follan.
  • Siéntate un momento. Solo quiero ver qué pasa.

Berto resopló y volvió a acomodarse en el sofá. Los gemidos no tardaron en empezar a oírse. Atraídos por el ruido, un par de dicho más hicieron aparición, internándose por los pasillos en busca de morbo y placer.

Berto, a pesar de lo raro de la situación, comenzaba a acostumbrarse, y cada vez se notaba más relajado. Como veía que nadie nos molestaba, ya no tenía tanta prisa por irse. Pero la verdadera sorpresa me la llevé yo cuando me dio por mirar su pantalón. Me costó asegurarme, dada la escasa luz que iluminaba el lugar, de si aquello que mostraba su chándal era una erección.

Los dos chicos que habían sido los últimos en llegar volvieron a aparecer, se apoyaron en la pared y empezaron a besarse. Berto los miraba con respeto; estaba acostumbrado a ese tipo de cosas. Los otros dos, a su bola, no nos hacían caso y poco a poco fueron subiendo la intensidad de sus arrumacos, hasta quedar desnudos de cintura para arriba. Alguna vez había obligado a Berto a ver conmigo porno gay, y siempre nos habíamos acabado riendo, pero ahora que lo teníamos frente a nosotros, en carne y hueso, Berto no se reía en absoluto. Parecía, más bien, interesado en lo que veía. Volví a fijarme en su pantalón. Ya no había duda. Por mi hetero que fuese, el cuerpo es el cuerpo, y resulta imposible que reaccione a su manera ante la visión de cualquier tipo de manifestación sexual. Y sexo era precisamente lo que estábamos a punto de presenciar allí. Mi erección era lógica, pero la de Berto me tenía fuera de lugar.

Quise aprovechar la situación.

  • Berto, ¿nos hacemos una?
  • ¿Qué dices? ¿Cómo nos vamos a pajear aquí, delante de estos dos?

Esos dos no nos estaban prestando atención, pero Berto pensaba que se escandalizarían si nos viesen masturbarnos.

  • Berto, seamos claros. Aquí todo el mundo da por hecho que somos gays, los dos. Y, como ves, no pasa nada. Nadie molesta a nadie. Esos dos chicos están a lo suyo y están disfrutando a sus anchas, sin importar que los estés mirando, porque los respetas. Si tú te pajeas ahora, lo máximo que puede ocurrir es que te miren, que es exactamente lo mismo que tú estás haciendo.
  • Ya, pero no sé…
  • Además, estás empalmado – sentencié.

Berto, que debió enrojecer aunque no se notase, se llevó la mano al paquete y, tras unos instantes de duda, me sonrió con esa mirada de picardía que ponía cuando nos la pelábamos viendo porno y manchábamos todo nuestro pecho de ardiente lefa recién ordeñada.

De momento se desabrochó el pantalón. Su pene, cubierto por el calzoncillo, empezó a asomar. Lo volvió a guardar a prisa cuando uno de los chicos que había se giró hacia nosotros y miró lo que Berto hacía, pero pronto volvió a centrarse en el otro muchacho, al que había bajado los pantalones y empezaba a masturbar por encima de la ropa interior, y Berto se volvió a relajar.

Un minuto después, ambos nos pajeábamos con frenesí. Berto fingía no prestar atención a la felación que estaba ocurriendo a escasos metros de nosotros. Incluso se atrevía a mirar mi propio pene, mi mano bajando y subiendo por toda su longitud, cosa que nunca hacía demasiado más que para comentar cualquier cosa o bromear con temas relativos al tamaño. Pero esta vez, tal vez para que no se notase lo interesado que estaba en los otros dos, me miraba a mí.

  • ¡Qué buena poya, tienes! Nunca te lo he dicho.
  • Sí, Berto, sí me lo has dicho, jajaja. ¿Qué te parece esto? No estaba tan mal, ¿verdad?
  • Bueno, una paja es una paja. El lugar es lo de menos.
  • Llevas razón. Una paja es una paja en cualquier sitio. Pero esto no es cualquier sitio, así que… – y sin más, lancé mi mano hacia su suculento pedazo de carne y lo agarré, sin preámbulos.
  • ¿Qué haces? – gritó. Los dos muchachos se volvieron hacia nosotros, uno de ellos con la polla del otro en la boca. Berto se dio cuenta de la situación y bajó la voz – ¿qué estás haciendo?
  • No te preocupes, Berto. Déjate hacer, no va a pasar nada. Lo que ocurre en Boyberry se queda en Boyberry.

Pensé que protestaría. En cambio, Berto me dejó actuar. Acompasé el ritmo de ambas pajas, la mía y la suya. Nunca antes había tocado el pene de mi amigo, y reconozco que aquello me puso a mil. Él, además, parecía a gusto. Se había recostado, con los brazos detrás de la cabeza, y ya no se cortaba de mirar a esa pareja a punto de iniciar una intensa penetración contra la pared. Gemía y suspiraba, al compás de mi mano. Yo masajeaba su preciosa polla desde los huevos hasta el glande, disfrutando del momento por si no se volvía a repetir. No podía creer que estuviese pajeando a mi mejor amigo, al mismo que tantas veces había visto desnudo, el mismo que me tocaba el culo para bromear pero luego me hablaba de las tías a las que se había follado, el mismo al que había visto masturbarse y se había corrido sobre mí sin querer, cuando aún no sabíamos controlar la dirección de nuestras primeras corridas. Aquel a quien quería como un hermano, y que me ponía cerdísimo.

No tardó en mostrar signos de que se correría pronto. Pero no quise permitirlo. No antes de disfrutar del todo, ya que habíamos llegado hasta allí. Uno de los chicos del fondo estaba a punto de metérsela al otro, Berto no les quitaba ojo. Al tiempo que el muchacho colocaba la cabeza de su pene en el orificio de su compañero, cogí fuertemente la poya, larga y suave mi mejor amigo. Rápido como una exhalación, aprovechando el momento álgido del calentón de mi amigo, me agaché y me la metí en la boca. Noté como Berto se erguía, cogido por la sorpresa, pero no le dio tiempo a impedírmelo. Dos fuertes gemidos resonaron en la estancia. Uno, el del chico penetrado; otro, el de Berto, que estaba disfrutando de su primera mamada por parte de otro hombre (muy posiblemente, su primera mamada sin más). La tensión de sus piernas me indicaba que se encontraba nervioso al principio, pero también las fue relajando a medida que deslizaba mi lengua por el tronco de aquella deliciosa polla que había visto tantas veces y que no imaginaba tragarme algún día.

A Berto ya le daba todo igual. No solo tenía una mente demasiado abierta, sino que estaba disfrutando de su primera experiencia homosexual. Y nadie mejor que su amigo para llevarlo de la mano a ese mundo de placer y lujuria. Se entregó a la situación; puso sus manos sobre mi cabeza y empezó a dirigir aquella follada oral a un ritmo impresionante. Mi propia polla estaba a punto de explotar sin siquiera tocarme. El típico sonido de chapoteo al adentrarse su pene en mi boca empapada, sus huevos rozando mi barbilla, haciéndome cosquillas con el escaso vello que tenían, su glande liso y suave impactando en mi campanilla… y sus gemidos, sus palabras.

  • Ufff, sigue. Así, eso es.
  • ¿Te gusta? – pregunté, sacándome su pollón de la boca.
  • Me encanta. No pares, me voy a correr.

Y me volvía a empujar la cabeza hacia ese increíble manjar que parecía más grande que nunca. Y de nuevo los lengüetazos, de nuevo las folladas a mi garganta, más dilatada cada vez.

Hasta que oímos un sonido similar a los que emitía Berto. Uno de los chicos, el que estaba siendo taladrado por el otro, lanzaba un potente chorro de leche caliente sobre la pared, acompañado por un gemido que hizo vibrar el ambiente. Yo, movido por un impulso, apreté el ritmo de mi mamada y coloqué una mano sobre el pecho de Berto, para disfrutar de su fuerte abdomen antes de perder la ocasión. Entorné la boca cuanto pude y coloqué la otra mano sobre sus huevos, tensos y palpitantes.

Y entonces, con un espasmo que recorrió todo su cuerpo y sacudió el mío, Berto se corrió. No le dio tiempo a avisarme, ya que no esperaba mi cambio de ritmo. Tampoco era necesario avisar. Pude contar al menos tres grandes chorros directos a mi garganta, más las pequeñas poluciones que vinieron después. Me lo tragué, apretando su pecho y clavando mis dedos en él.

Tardé unos segundos en retirar mi boca. No lo hice hasta que su pene bajó de tamaño y pasó de estar tremendamente empalmado a un poco morcillón. Entonces “se la devolví”. Berto me miró y sonrió, sin llegar a guardársela. Poco a poco se fue recomponiendo. Se puso bien el pantalón, y nos marchamos, no sin antes mirar a aquellos chicos que nos habían brindado tamaño espectáculo, y sonreírles también.

Ya en la calle, Berto estaba poco hablador. Por primera vez tuve miedo de que las cosas se hubiesen jodido entre nosotros. Puede que aquello sí le resultase lo suficientemente fuerte como para alzar una barrera entre los dos.

  • ¿Qué te ha parecido el sitio? – pregunté temeroso.
  • No está mal. La cerveza era buena – respondió únicamente.

Entonces, como último recurso, tratando de recuperar la normalidad de nuestra confianza, me atreví a bromear.

  • Pues al final no me he corrido, cabrón. Tú eres el que mejor se lo ha pasado.
  • Lo sé – me dijo, muy serio – Ya he visto que no te has corrido. Pero es que la noche no ha acabado. Seguramente te apetezca dormir en mi piso hoy, ¿verdad?

Paré en seco y lo miré, tratando de averiguar si bromeaba. Pero él volvió a atacar:

  • No te pares. No creo que ésta – se agarró el paquete – tarde mucho en volver a estar operativa. Y tú… tienes mucho que enseñarme.

Me dio la espalda y siguió andando. Yo, sin poder creer lo que estaba ocurriendo, sonreí, y corriendo, me puse a su altura, dejando atrás el lugar que, aquella tarde, nos había dado tanto.