Despedida de soltero con mi tío

Imagino que casi todos habréis ido alguna vez a una despedida de soltero. No soy muy amigo de esas reuniones en las que pasárselo bien parece que es una obligación y en la que todo gira en torno al alcohol y a una supuesta exaltación de la virilidad que ya parece un poco trasnochada. Por eso me rio ahora cuando pienso cómo las cosas a veces vienen rodadas y nos permiten vivir experiencias que jamás pudimos imaginar. Por una extraña carambola del destino allí estaba yo, en la despedida de Sebas, un colega de mi tío Antonio que me había invitado a la cena porque durante varias temporadas había estado yendo con la peña al Calderón para disfrutar de nuestro equipo. Conocía a todos sus colegas y con ellos había ahogado en cerveza muchas desilusiones después de los partidos.

En mi época de bachillerato viví con mi tío (había que ahorrar pelas) y nuestra relación superó lo estrictamente familiar para ser más de colegueo. Nuestra común afición al fútbol y el porno, que él escondía en su habitación y que yo le mangaba, fueron consolidando la confianza y modificando la visión que tenía de él: ya no era el tío formal de las reuniones familiares; era como todos, un puto salido, un vicioso de cojones, un hombre normal que tenía que recurrir a un buen pajote cuando las ganas se hacían irrefrenables. Por eso fue a él a quien recurrí cuando decidí confesar a alguien mi bisexualidad. Pero los años pasan y de ahí la sorpresa por aquella invitación. Yo ya con 29 años y ellos con casi 50 pertenecíamos a mundos diferentes. No tengo prejuicios pero la idea de estar con tanto maduro hetero, muchos de ellos casados y otros muchos divorciados, no me resultaba demasiado atractiva.

El caso es que el bueno de Antoñito se casaba y se había acordado de mí. En principio yo solo iba a ir a la cena pero el alcohol obra milagros y sobre todo las tetazas bamboleantes de la stripper que acaba de calentar, y mucho, el ambiente. Allí estaba yo, rodeado de heteros, escuchando hilos de conversaciones en las que las carcajadas se mezclaban con la selección más soez del diccionario. Yo no solo estaba a gusto, estaba muerto de la risa oyendo cómo Josito, el colega graciosete del grupo, contaba descojonándose la vez que se fueron de putas y después de la consabida mamada comunitaria, resultó que la tía tenía más polla que ellos. La sucesión de anécdotas, a cada cual más lasciva y cerda, me tenían verraco perdido. Poco a poco el personal comenzó a recogerse y yo supe que allí ya pintaba poco. Algunos se irían a casa y otros a algún club donde yo no encontraría lo que necesitaba; mi sitio estaba claro: justo detrás de la Telefónica, oculto detrás de unos cristales con la foto del chaval al que había dedicado multitud de pajas: Allen King. Le dije a mi tío que me iba y me fui despidiendo del grupo. Con lo que no contaba era con la insistencia de Josito, que con tanta historia parecía el showman de la noche. Tan pesado se puso que mi tío tuvo que salir en mi ayuda, aunque sirvió de poco. Él quería seguir la juerga y estaba dispuesto a “todo”. ¿A todo?, -pensé yo con una sonrisa perra-. Mi tío le fue orientando de manera un tanto vaga la zona por la que me movía pero Josito parecía no querer entender. Al final tuve que ser claro: “Josito, que no puedes venir conmigo, que soy gay, mariquilla, que me van los nabos”. Con lo que no contaba era con el comentario de Josito: “que ya lo entendido hace diez minutos, joder, pero ¿allí también habrá copas y fiesta, ¿no?” Pues sí, tuve que reconocer, buen alcohol y buena fiesta, muy buena fiesta.

Y henos allí a los tres, traspasando las luces verdes del Boyberry y traduciendo a Josito y a mi tío la expresión “underwear day”. “No jodas, ¿en gayumbos? ¿Bueno, ya que estamos… “donde fueres haz lo que vieres?” Eso sí, esto no se cuenta jamás, ¿eh?”

– Por supuesto –les tranquilicé- Esto es como las Vegas: Lo que pasa en el Boyberry, se queda en el Boyberry.
La conjunción de los astros, lo nunca visto, lo imposible de imaginar, el surrealismo hecho vicio. Los tres en la barra, en calzoncillos, tomando una cerveza y con una tensión que se cortaba, intentando buscar temas de conversación que dieran cierta normalidad a aquella escena. Nada era normal y mucho menos el modelito de mi tío: unos boxes clásicos, pero… no me jodas, ¡con lunares de colores! Como para no llamar la atención. Normal que al rato nos ofrecieran comprar un jockstrap.
-¿Un queeeé…? –Preguntó Josito con cara bobalicona.
–Na, uno de esos modernos, estilo suspensorio. –Le expliqué mientras le enseñaba el dibujo de la caja.
-¿Con el culo al aire? Ufff, solo faltaba. No, no. A mí lo clásico para que no se me constipe nada y que vaya todo bien sujeto. –decía expresivo mientras se apretaba el paquete con la manaza ante mis ojos asombrados.

No quiero utilizar la excusa facilona del alcohol pero tras varias rondas y cuatro paridas de Josito ya estábamos riéndonos de viejas historias, casi todas de contenido sexual. Como ya he dicho antes, siempre he tenido buena relación con mi tío Antonio pero ¡hostia!, esto era diferente: estaba con el hermano pequeño de mi padre codo con codo en un local de cruising, en calzoncillos, mientras su amigo del alma largaba indiscreto todas sus intimidades sexuales: sus primeras pajas con la interviú o con el catalogo del venca, sus incursiones en playas nudistas, o su teoría de que toda su generación llevaba gafas por haber visto las porno del Canal + codificadas.

– ¿Te acuerdas Antonio, cuando íbamos al bar de Pepe y nos ponía un rato la porno? Siempre nos la quitaba en lo mejor.

– Hostia que si me acuerdo… era el rato que tenía más clientela. Luego había cola para ir a los servicios y se quejaba de que le lefábamos todo el lavabo pero le compensaba por las copas que ponía, jajaja. Bueno, ellos –dijo mi tío mirándome algo avergonzado al darse cuenta de que había hablado más de la cuenta- yo siempre he sido muy tímido…

– Sí, sí, tímido. ¡Y una polla! Engaña a tu sobrino si quieres, pero no a mí, que anda que no hemos ido de putas juntos. ¡Hasta tríos hemos hecho! ¿Ya no te acuerdas de Ámsterdam?

– ¿Ámsterdam? –intervine yo. Recordé que mi tío había estado allí porque me había traído un imán con una casa típica para el frigorífico- ¿Qué perrería montasteis allí? ¿Hicisteis una orgía? Joder, cuenta, cuenta…. –Creo que mis palabras delataban la ansiedad que sentía pero es que mi mente volaba y yo luchaba por no imaginar el cuerpazo de mi tío mezclado en una vorágine de culos tragones siendo perforados entre gemidos de placer, duros cuerpos masculinos que se dejaban caer sobre tías a cuatro patas, coños húmedos resistiendo las embestidas de durísimas pollas enhiestas en dobles penetraciones, grandes tetas embadurnadas de aceite bailando al vaivén de las acometidas, bocas de labios rojos que dejaban escapar por la comisura parte de la descarga reciente… –Cuenta, cuenta, joder- volví a insistir.

-No creo que se te ocurra –dijo mi tío mientras lanzaba una mirada heladora a Josito. Pero la noche no tenía marcha atrás y Josito no tenía muchas ganas de callar, ni yo de que callara. A mi lado tenía a mi tío, al que intentaba no mirar directamente por un absurdo sentido del pudor, un tiarrón de 48 años de más de 1,80, con barriguilla y un buen torso que yo había admirado ya muchas veces, aunque ahora ya asomaba alguna cana en aquella pelambrera donde sobresalían dos buenos pezones; y frente a mí la sorpresa de la noche, el bueno de Josito reconvertido ahora en el buenorro de Super-José, un macho que era el ejemplo vivo de lo que se entiende por masculinidad: un puto semental que no era consciente de ser un ejemplar único al que muchos haríamos no solo la ola; no muy alto, es cierto, pero ¿para qué medir más de 1,75 cuando te tiene esa pinta de follador nato? Ahora entendía que esa fama de revienta coños era verdad. Un toro de la mejor ganadería, cuatreño noble con arrojo en la plaza; codicioso y golosón, noble en la acometida y siempre dispuesto a mostrar su trapío en cualquier suerte; de inmejorables hechuras y de capa entrepelada con tendencia cárdena en las bajeras. ¡Y qué bajeras, joder! O ese slip blanco tenía relleno o el salchichón ibérico de Josito tenía que ser letal en la suerte de varas. Solo faltaba una buena estocada y la plaza en pie pediría las dos orejas, que del rabo ya me encargaría yo.

– Pues verás –empezó a contar Josito- Fuimos por un partido con el Ajax pero además del partido tuvimos tiempo para dejar un dineral en porros y sex shop, y claro la visita obligada al Barrio Rojo, que “la cabra siempre tira al monte”. Pero por tu tío “el tímido” casi acabamos nadando en el canal. No tuvo otra idea que sacarse la chorra y hacerse un pajote frente a un escaparate, en plena calle, mientras le decía a la tía que le comiese el rabo. Nos tocó dar tantas explicaciones a la policía que casi perdemos el avión de regreso. ¿Qué te parece la timidez del “tito”…?, preguntó con toda la guasa.

– Jaja, joder tío, lo de viejo verde no me sorprende, que he vivido contigo y conocía el “cajón secreto” de la cómoda, pero no sabía que fueras un notas. A eso se llama “poner una pica en Flandes”, ¿no?

Josito se estaba partiendo. -Eso es chaval, menudo zasca, -celebraba Josito mientras me daba un abrazo bien apretado- ¡Qué majete es tu sobrino! Se nota que “de tal palo tal astilla”. Y cómo has crecido. ¿Te machacas en el gym no? –decía mientras me pasaba la mano por el pecho- Está duro. ¿Y ese pendiente en el pezón no duele? La verdad es que está bonito pero no sé, os cuidáis demasiado, tanta depilación y tanto flequillito… donde esté lo natural…

Y otra vez la mano agarrándose los huevos. Entre el sobeteo que me había hecho por el torso, la pinta de empotrador que tenía y su manía de tocarse los bajos, no era el pecho lo más duro que se me estaba poniendo en el cuerpo. Al menos con el abrazo ya sabía una cosa: ahí no había relleno de ningún tipo; efectivamente era todo natural. El abrazo había sido rápido pero lo justo para sentir de lleno su paquete frotándose con el mío. Yo empezaba a sentir que me metía en zona de peligro. Menos más que mi tío, haciéndose el ofendido, intervino:

– Eh, eh, un respeto que soy tu tío. Que me llames salido te lo acepto, que un poco de vicio tengo, pero lo de viejo no te lo permito, cabronazo –me respondió entre risas mientras me guiñaba un ojo- Por cierto, ya sabía que me “robabas” las revistas porno, que tantas hojas pegadas no podían ser por mi culpa. Además, no me hables tú de guarreo que mira a qué sitio nos has traído –dijo señalando una pantalla donde un cura con la sotana levantada recibía las atenciones de dos jóvenes monaguillos ansiosos por recibir en sus caras la espesa bendición.

Y es que tenía razón. Llevábamos más de una hora pasándolo de puta madre en un local que ellos no podían ni imaginar que existiese. Yo estaba muy acostumbrado porque en el Boyberry había vivido tardes y noches memorables. Allí acababa cuando no tenía a nadie para un desahogo pero el cuerpo pedía lo que pedía. Ya sabéis todos a qué me refiero. Esas mañanas en las que te levantas con el cipote saludando al día con todo su esplendor y sabes que una paja no será suficiente. Que estás todo el puto día sintiendo palpitaciones en el rabo, que el cabrón te está pidiendo guerra. Que sabes que será necesario follarte un buen culito o en su defecto, una boca tragona donde descargar después de haber sentido la lengua lamiendo los huevos y lubricando bien todo el tronco y el capullo. Al final el Boyberry siempre era la solución porque allí todo estaba claro. Sin hipocresía ni hostias; allí todos íbamos por lo mismo, porque tenía los huevos llenos y sabíamos que las ganas igualan al rico y al pobre, al obrero y al señorito, al joven y al viejo, al listo y al tonto. Cuando en el instituto nos explicaron el concepto de “pregunta retórica” (aquella que de tan obvia no necesita respuesta) y que pusiéramos un ejemplo yo pensé en un hombre al que le preguntan “¿Quieres que te hagan una mamada?” Pues claro joder, no me imagino a ningún pavo diciendo: “No gracias, prefiero seguir leyendo a Kant”. No se me ocurre mayor placer que tener a un niñato frente a ti comiéndote el rabo o tragarte tú uno bien gordo. Justo como en esa pantalla que ahora estábamos mirando los tres ensimismados, con ese silencio reverencial que uno guarda cuando se concentra mucho en algo que le mola. Esa peli la tenía ya muy vista porque habían sido muchas las ocasiones en las que había descargado después de darle al manubrio con sus escenas: la follada en la huerta del monasterio, la orgía en el dormitorio con los nuevos seminaristas, la inevitable secuencia del confesionario, la visita del obispo para seleccionar “carne fresca”, y sobre todo el fin de fiesta con todos los curas maduretes lefando la cara del monaguillo más ingenuo en un maravilloso bukake de potentes trallazos… Ufff, solo de pensarlo me estaba poniendo malo.

-¿Buka-keeeeeeé? –oí decir a Josito. (Dios, creo que las últimas palabras las había dicho en alto). –¿Y se puede saber qué coño es eso? Ahora todo está escrito en el jodido inglés: antes nos querían vender un “flas-flas”, ahora “bukake”… hasta este sitio se llama “Boyberry”, que vamos, el nombre muy castizo no es…

– Jajaja, -me eché a reír-. Tampoco “Jack Daniel´s” o “Hendrick´s” parecen vecinos de Lavapiés y sin embargo los conoces de cojones. Además se dice “Jockstrap” pero lo del bukake no te lo explico que eso es muy “heavy”. ¡Muy duro!, quiero decir. -Me corregí rápido.

-Ya, ya, listo. No traduzcas tanto listillo, que de “heavy” sé yo más que tú, que anda que no fardaba yo con mi chupa de cuerpo. Aunque de “duro, duro” parece que sabe más tú tío, que le van a salir los lunares a propulsión y me va a sacar un ojo –decía Josito mientras señalaba la entrepierna de mi tío.

¡HOSTIA PUTA! ¡LA MADRE QUE LE PARIÓ! Entre que mi tío había estado todo el tiempo a mi izquierda y que yo había estado más concentrado en la conversación (y el cuerpazo) de Josito, no había reparado en el empalme que tenía el pobre. Pedazo tienda de campaña. Estaba todo pinocho demostrando que lo de la ley de la gravedad tiene sus excepciones. Lo que me faltaba a mí. Bastante verraco iba como para encima ver eso. Aquello me estaba resultando una tortura, la misma que tenía que estar sufriendo aquella vara de carne a punto de reventar cualquier costura.

– Cabrones, no miréis, que me da vergüenza. La culpa es de esta mierda de calzoncillos, que no ajustan nada. Entre la conversación y la peli que estamos viendo, normal que esté así. Qué uno no es de piedra… Bueno ahora un poco de piedra sí que estoy… –decía gracioso mientras intentaba taparse el empitonamiento- Seguro que vosotros vais igual, lo que pasa que con esos “abanderados” no se nota tanto, eh Josito, ven pa´cá…– Dicho y hecho. Ya estaba la mano de mi tío en el paquete de Josito midiendo el grosor de su durísimo rabo por encima de la tela, marcando toda su longitud que iba hacia la cadera. Mira, mira, cómo la tiene –me decía a mí mientras me agarraba de la muñeca y me dirigía la palma hacia ese trabuco que con tantos apretones ya sobresalía un palmo por encima del elástico. Ya habíamos pasado el límite “legal” de la exaltación de la amistad y ahí estaba yo: explicándoles lo que es un “bukake” mientras los cuerpos empezaban a buscar contacto, por no llamarlo magreo: un bukake es cuando un grupo de hombres pone a un pavo, bueno, o a una buena yegua en vuestro caso, en el medio de un círculo para lefarle toda la cara y hacerle tragar toda la leche, con grumos y requesón si hace falta… –explicaba yo con puro deleite.

Y así seguimos, con más toqueteo, y más confesiones, y más miradas llenas de admiración y más morbo, y más folladas en todas las pantallas… ¡Se acabó! –pensé- Eso ya no lo podía resistir. Ahora ya no era solo mi tío; ahora estábamos los tres con las lanzas en ristre, luciendo orgullosos nuestro potencial; tres búfalos con los pepinacos dispuestos a hincarse en lo primero que hubiera… Una cosa es el morbo y otra esos deseos irrefrenables que tenía de ponerme de rodillas y empezar a merendarme las pollas de esos dos tiarrones. Quería un buen morreo a tres bandas, sentir sus lenguas en mi boca; iría pasando mi mano por sus pechos peludos, lamiendo sus pezones endurecidos; quería estar a sus pies, que me follaran la boca salvajemente mientras sus cojones rebotaban en mi barbilla; amorrarme bien fuerte a sus pollonacos ibéricos oliendo sus huevos sudados; quería juntar sus capullos y mezclar el precum de sus vergas con la punta de mi lengua… quería liberar mis más bajos instintos follándome el culazo de Josito para que mi tío sintiera el orgullo de ver a su sobrino convertido en su digno heredero, en un auténtico revienta culos, preñarle a base de clavadas profundas haciéndole gritar como una perra; quería que mi tío me mirara a los ojos con una sonrisa de satisfacción, animándome en mis acometidas, chocando nuestras manos como un par de colegas; quería que me dijese: “venga machote, ábrele bien el ojal a esta puta para que sepa de qué somos capaces los hombres de nuestra familia…”

¡ME VOY! –medio grité todo nervioso mientras los abrazaba sin reparar en que mi paquete también se estaba despidiendo de los suyos: la polla de mi tío empujando obscena contra mi vientre al tiempo que me decía lo orgulloso que estaba de mí y me daba un beso; también el abrazo, descaradamente largo de Josito, con su mano dentro de mis calzoncillos dando un buen agarrón a mi polla. Si estaban jugando conmigo, era el momento de poner las cartas sobre la mesa. Desde luego yo tenía claro que no me iba a ir a casa palote y con los huevos llenos después de habernos estado frotando las pollas; esa noche no podía terminar con una triste paja. Se acabaron las hipocresías, los fingimientos, los rodeos, los tabúes… Era la hora del órdago:

– Me voy a los glory-hole. Ah, Josito, y no preguntes qué es eso que las clases teóricas han terminado por hoy. Que esta ya pide práctica –les solté con descaro mientras me sacaba la polla para sacudirla en todo su esplendor con la palma de mi mano.

[5…………………..] Perplejidad
[4………………] Desconcierto
[3…………..] Vacilación
[2……….] Admiración
[1… Morbo

Tras unos segundos de titubeo se miraron indecisos, serios, para mostrar a continuación una sonrisa de lo más lasciva:

– Bueno…, hemos venido a aprender ¿no, Antonio?

– Por supuesto, “no te acostarás sin saber una cosa más”. – Le respondió mi tío, al tiempo que se ponían en marcha hacia la tentadora puerta que yo les señalaba.

– Además en la “cama y en la mesa, es inútil la vergüenza” ¿verdad, sobrino?, me dijo bajito al oído mientras me daba un buen azote en el culo justo cuanto les apartaba la cortina que guiaba al paraíso.

-Joder tío, qué manía tienes con los refranes… “eres genio y figura hasta con la polla dura” le susurré entre risas mientras él gemía de placer al sentir mi mano, ya totalmente desinhibida, constatando la rigidez de su rabazo.

Epílogo

¿Que qué pasó ahí dentro? ¡Pero bueno…! ¿Acaso creéis que soy tan indiscreto como Josito? Solo os puedo decir que fue una corrida memorable: admiración desde el paseíllo inicial y dominio absoluto en todas las suertes; morlacos muy bien armados, con empuje y codicia en la faena; que recorrimos todos los callejones y burladeros, que hubo más de una cogida con buenos puyazos, que los morlacos demostraron su temperamento y que todo terminó como corresponde, con una estocada honda y certera hasta el fondo. Vuelta al ruedo y salida a hombros con el trofeo en la mano.
Si habéis venido alguna vez ya sabéis que detrás de esa cortina solo hay cerdeo y placer; si no habéis estado nunca, haced caso a lo que vuestro cipote os está diciendo en este momento… y pasaos por aquí. Y recordad el lema: “Lo que pasa en el Boyberry, se queda en el Boyberry”. De aquella noche (y otras muchas que le siguieron) quedan recuerdos que me la siguen poniendo muy dura y un selfie que nos hicimos en la puerta del local y en la que estamos los cuatro. ¿Los cuatro? Pues claro, los cuatro: Josito, mi tío, yo, y… Allen King, por supuesto, Je, je Y me callo ya, que “A buen follador, pocas palabras bastan” y “Nunca es tarde si la picha es buena”.