El chico de oro

A veces no sé por qué cojones hago caso a Marc y Roger. ¡Qué sabrán ellos sobre mí! No tienen ni puta idea de lo que me ha costado decirle a mi familia que soy gay. De hecho, mis peores temores se confirmaron, pero a la inversa. Se supone que suelen ser los padres los que no quieren escuchar que sus hijos prefieren tener cerca a gente de su mismo sexo. Pero, no sé si la vida se ríe en mi cara o algo, que fue mi madre quien puso el grito en el cielo por ello.

Lo peor de todo, es que, para animarme, me dicen de llevarme al Boyberry. No tengo ni idea del lugar al que se refieren, así que lo busco en Google. «¿Estos quieren que se me olvide el mal trago o que me follen hasta que se me salgan los ojos de las órbitas?», pienso mientras viajo en metro. Es que es hacerles caso una vez y ya se piensan que me tiraré a la piscina cada dos por tres. Pero, bueno, ya he pagado el trayecto y no quiero ver a mi madre durante un buen tiempo. Y, quien sabe, puede que tenga suerte y encuentre a algún chico que merezca la pena.

Me bajo en la parada de Rocafort. Una vez que estoy fuera, compruebo la dirección en mi móvil y camino bastante nervioso hacia el local. Todo mi cuerpo parece un flan, ¡y ya me desquité de ellos para estar medio decente! Aunque mi rostro sigue siendo el mismo de niño inocente, con su pelo corto moreno, sus ojos verdes y su barbita de tres días. 19 putos años de mierda por mi maldita cara. Cuando vuelvo al mundo real, me estampo contra una farola. Caigo al suelo de culo y me llevo las manos a la cara: ha sido un golpe duro.

Me levanto con rapidez, me sacudo la suciedad y camino los escasos metros que me quedan hasta llegar a la entrada. Tienen un cartel con el nombre de un color verde que tira a fosforescente. Hay unos cuantos tíos fumando o hablando con otros. En una de las conversaciones que escucho, me entran arcadas cuando oigo las palabras “ingestión” y “lefa” en la misma frase. No solo porque me dé muchísimo asco, sino porque soy algo escrupuloso en lo que se refiere a un uso menos explícito de dejar claras las intenciones. Marc y Roger me llaman y chasquean los dedos para que les preste atención. Enrojezco al instante y me acerco a ellos con cara de psicópata.

Observo que ambos visten de manera similar. Camisa oscura abierta para enseñar algo de carne, pantalones ajustados que se marcan a sus paquetes y zapatillas de marca. «¿Se prostituyen o algo? ¿Cómo cojones tienen esos conjuntos? No tengo oportunidad vestido con camiseta, vaqueros y zapatillas viejas frente a ellos.»

—Tío, mira que eres tardón —dice Roger cuando estoy a apenas unos centímetros de él.
—Y mira que podrías haberte puesto algo más provocador —tuvo que añadir Marc.
—Iros a la mierda y dejadme tranquilo. La cosa no ha ido muy bien por casa.
—¿Se lo has dicho, por fin? —preguntan al unísono. Asiento y se callan.
—¡Joder! Ni que os hubiera comido la lengua el gato. —Se miran y se ríen como los dos idiotas que son. Seguramente estaban pensando en algo más guarro. Cuando paran, me decido a continuar hablando: —Bueno, ¿entramos o qué?

Como si un resorte se hubiese activado en sus cuerpos, se encaminan hacia dentro y yo tengo que aligerar el paso para no perderlos de vista. El interior está dividido por una tienda de productos eróticos pornográficos, una zona de relax -con un montón de tíos magreándose- y una especie de laberinto con cabinas. A veces, adoro Google y la información que me pasan estos dos capullos. Espera… ¡¿dónde coño se han metido?! Entre tanta gente que hay, he debido de perderles.

Salgo como puedo del tumulto de testosterona y me doy cuenta de donde estoy. Sofás de ¿cuero negro?, suelo de madera, paredes de un color rojo vino y, lo que no tenía que sobrar, música. Electrónica progresiva, para ser exactos. Me siento en el primer hueco que veo que está lo suficientemente retirado del resto de parejas y saco mi móvil. Son solo las diez y media y ya les he perdido. ¡Qué cabrones! Cuando quiero darme cuenta, un hombre sin camiseta, con unos músculos muy bien definidos y que se nota que es un cuarentón salido, me tapa todo campo de visión. Se sienta a mi lado y empieza a susurrarme cosas que me hacen sentir incómodo. Le rechazo como puedo, pero es imposible, vuelve a la carga. Empieza a tocarme, intento escapar. Pero me tiene agarrado. Maldigo a mis amigos por haberme traído.

Unas lágrimas caen por mi rostro y, de pronto, una figura coge al cuarentón y lo empuja lejos de mí. Mi respiración vuelve a su ritmo natural y le agradezco (susurrando) a mi rescatador que haya intervenido.

—No tienes por qué darlas —dice y se acerca a mí.

Es un chaval, quizás unos cuatro años mayor que yo, con un corte de pelo degradado rubio ceniza, unos labios carnosos que muestran una sonrisa blanca que me gusta y unos ojos grises que me enamoran nada más verlo. Viste una camisa blanca y una americana negra a juego con sus pantalones y zapatos. Tiene un porte muy elegante, a decir verdad. Me pregunta si se puede sentar y le digo que sí con la cabeza. «Muy educado también.» Me sonrojo un poco cuando me dedica una sonrisa, pero logro controlarme porque nos ponemos a charlar. Libros, películas, videojuegos, viajes, idiomas, son solo unos de los pocos temas en los que tenemos muchísimo en común. Es tan increíble.

En un momento determinado, se acerca más a mí y yo me quedo paralizado. Se aproxima despacio, haciendo que mi corazón lata muy rápido y que mis mandíbulas tiemblen. Sus labios están cada vez más cerca de los míos y, antes de que pueda decir nada, me da un beso. Corto. Me mira durante un segundo y mi interior le pide a gritos que me vuelva a besar. Doy a gracias a Dios (o lo que exista ahí arriba) que vuelva a hacerlo, pero demorándose más en probarme. Su lengua juega con la mía, provocándola, mientras sus manos pasean desde mis costillas hasta mi espalda y las mías se aferran a su cuello y nuca. Me pega más a su cuerpo y yo ahogo un gemido en su boca: me ha encantado que lo haga.

Se vuelve a separar de mis labios y me susurra que vayamos a un sitio más privado. Mi cabeza, por mucho que quiere recapacitar, no puede ganar a mi sexo, que hizo hablar a mi boca para darle luz verde. Me coge la mano derecha y me besa brevemente de nuevo antes de levantarse. Le imito y nos ponemos a caminar, siendo él el que me dirige entre la multitud de tíos. De vez en cuando, nos miran con picardía. Escucho -de chiripa- un comentario de un tío que nos mira desde que entramos en su línea de visión que me hiela la sangre:

—“El chico de oro” tiene un nuevo lingote, ¿eh, Víctor?

Después vienen las risas. ¿Se refieren a él, al chico que me está llevando por todo el local? ¿Es “el chico de oro”? Y, de ser así, ¿a qué se refiere lo de…? ¡Ay, dios! ¡Soy el nuevo lingote! ¡¡¡Su próximo polvo!!! Sigo escuchando las conversaciones, intentando sacar su nombre, pero no tengo éxito. Solo oigo más frases como la de aquel tipo. Ahora que me doy cuenta, ¿por qué le llamarán así?

Llegamos a una puerta cerrada en la que está un gorila…o un tío que parece un gorila. El chico se pone a hablar con él y, no sé cómo lo consigue, que nos deja pasar. Temiendo que eso sea una cabina en la que haya treinta tíos más, me vuelvo una estatua y el chico me tiene que, literalmente, llevar a rastras hasta dentro. Tengo los ojos cerrados por el miedo que siento, pero, me sorprendo al abrirlos y observar que es una cabina privada: no hay ni un solo glory hole en las paredes que la conforman. No hay nada para sentarse, salvo el suelo, aunque tendría que pasarle una luz ultravioleta para asegurarme. Cierra la puerta y me dedica una sonrisa que me enternece.

Nuevamente, se acerca a mí y me besa. Empieza en la boca, luego para a mis mejillas y termina en mi cuello. Me gusta muchísimo cómo lo hace. Es tan tierno y excitante a la vez. Intento dejarme llevar, pero los comentarios de todos esos tíos no me permiten centrarme. Le separo con ambas manos de mi cuerpo y empiezo a respirar con fuerza. Me mira, arqueando una ceja.

—¿Qué te ocurre? —me pregunta. Al principio, me cuesta hablarle.
—Yo…eh…lo siento. No puedo —consigo decir—. En un principio, sí que quería, pero, según hemos ido caminando, he escuchado a varios de los hombres que hay afuera hablar sobre nosotros. Bueno, más bien, sobre “el chico de oro”. —Se calla, lo que me da la respuesta a la siguiente pregunta que iba a hacerle—. Así que eres tú…y yo tu nuevo lingote.
—Oye, no es lo que piensas —dice algo nervioso.
—Pues, explícamelo. —Se me nota el enfado en la voz.

Él chasquea la lengua y empieza a contarme cosas sobre él. Habla sobre la primera vez que vino al Boyberry. Conoció a un chico, que era muy aficionado a las drogas y que debía dinero por ello. Al parecer, estuvieron juntos hasta que éste solucionó sus problemas y se desenganchó. Luego, comenzó a hablarme de un chico que quería ser actor, pero nadie le contrataba. Su relación duró seis meses, hasta que el chico se fue a Estados Unidos para rodar una serie basada en un cómic. Un policía que consiguió destapar una red de narcotraficantes, un escritor que se convirtió en best-seller, un bailarín que, actualmente, baila en los conciertos de Ariana Grande y un chef al que le otorgaron una estrella Michelin hacía bien poco eran solo unos cuantos con los que él había estado…y que había conocido en el local.

Cuando termina, me mira, esperando a que yo diga algo.

—No… no sé qué decir —termino por pronunciar. Suspira.
—Has estado atento a todo lo que te he contado, ¿no es así? —Asiento—. Entonces, ¿qué conclusión sacas en claro de todas ellas?
Me pongo a pensar detenidamente cada detalle, valorando cada parte y buscado la común. Cuando creo que lo tengo, me decido a contestarle.
—Pues —comienzo—, según creo yo, esos chicos estaban pasando por un mal momento, te conocieron y, a raíz de eso, todo les fue a mejor ¿Era eso? —Esta vez, es él quien asiente.
—Me llaman “el chico de oro” porque saco lo mejor de todos aquellos con quienes estoy.
—Entonces, cuando decían lo del lingote, se referían a que habías visto en mí algo que realmente valía —me atrevo a decir.
—Te corrijo: algo que realmente vale.

No puedo evitar sonrojarme. No ha habido ningún chico hasta ahora que me haya dicho eso. Tengo la extraña necesidad de abrazarle, acariciarle, besarle, tocarle. Así que, no pierdo el tiempo y mis brazos lo rodean. Aspiro su aroma, que es un olor que me atrae. Me susurra cosas al oído que me sacan una sonrisa tonta. Al separarme un poco de él para mirarle a los ojos, aprovecha y me besa. Es un beso apasionado y cargado de lujuria. Mi miembro reacciona y se endurece al instante. Pega de nuevo nuestros cuerpos y noto cómo su sexo también me tiene ganas.

Sus manos se aferran a mi zona de peligro y me arrebatan la camiseta sin ningún pudor, exponiendo la línea de vello que baja hasta mi paquete. Me dice al oído que le resulto guapísimo y eso me derrite por dentro. Se quita la americana y la camisa al mismo tiempo. Cuando veo su torso, me muerdo el labio de lo perfecto que es: músculos más que definidos, tableta de chocolate, un piercing en su pezón izquierdo y un tatuaje de un zorro en las costillas derechas. Se baja la cremallera del pantalón y no puedo evitar abrir los ojos de par en par: tiene un pene magnífico.

Me tumba con cuidado en el suelo y comienza a besarme el cuerpo. Cada vez que sus labios me tocan, suelto un suspiro de placer. Juguetea con mis pezones hasta llegar a mi pantalón y me lo quita, tirando de las perneras. No duda ni un segundo y me baja los calzoncillos también. Agarra mi polla, empieza a masajearla. Abre la boca y empieza a chupármela. Tiene mucha experiencia (se le nota). Con cada subida y bajada que realiza su cabeza, yo suelto un gemido. Nadie me había hecho sentir así antes. Me encanta. Sigue así un buen rato hasta que empiezo a gritar con más fuerza: voy a explotar en su boca. Le aviso del futuro venidero, pero me hace caso omiso. Descargo mi esencia mientras veo como unas pocas gotas resbalan por sus labios. Se lo traga y me entra una arcada.

Coge un papel que hay cerca y se limpia los restos que le quedan en la boca. Agarra su americana y coge un condón de uno de los bolsillos interiores. Se quita el bóxer y se lo pone con mucha rapidez. Me levanta y me pone contra la pared. Se lleva la mano a la boca y la restriega después por mi culo, aunque ya está bastante dilatado. Coloca su falo en mi obertura y, de una embestida perfecta, entra dentro de mí. Tengo que ahogar un grito en la pared porque ha sido doloroso, pero placentero al mismo tiempo. Me agarra de las caderas mientras empieza una serie de ataques a mis posaderas que me hacen gemir de pleno goce. Toda la situación me da morbo, es tan extraño para mí, pero me encanta.
Sus penetraciones comienzan a ir con más fuerza, lo que me hace sacar más de un grito de dolor. Poco a poco, son sustituidos por la excitación del momento. Él también gime, cada vez con mayor rango de voz. No sé cuánto tiempo pasa, pero de repente me pregunta por mi nombre.

—Quiero gritarlo mientras me corro —me dice al oído.
—Gael. Me llamo Gael —consigo pronunciar entre los gemidos.
Dos minutos después, la velocidad de sus penetraciones aumenta y suelta un rugido gutural seguido de una palabra:
—¡Gael!

A la mañana siguiente
Me despierto cuando un olor a café y chocolate invade mi olfato. Parpadeo varias veces para acostumbrarme a la luz y observo cómo Álvaro, “el chico de oro”, sostiene una bandeja con una sonrisa en su rostro. Le sonrío cuando me da los buenos días y me estiro. Me incorporo y le doy los buenos días y un beso. Me pregunta si he dormido bien y yo asiento. Nos ponemos a desayunar, intercalando besos entre los sorbos del café. Cuando terminamos, me ofrece de ir a dar un paseo y acepto.
Sigo sin creerme que encontrase a un chico tan valioso en el Boyberry. Bueno, puede pasar de todo en cualquier sitio, creo yo.