El lobo

Sexo. Nunca el sexo se me había manifestado en tantos estados diferentes y tan viciados al mismo tiempo. Lo veo. Lo oigo. Lo huelo. Para tocarlo aún me queda que esperar, no me considero esa clase de depredador que se lanza a por una presa en cuanto se le brinda la oportunidad. Digamos, por decir algo, que este lobo tiene un gusto más exquisito que eso para elegir a su cena.

                Me paseo casi flotando por el laberinto que supone la lujuria de Boyberry, como si fuera un ente al que nadie ve ni advierte. Así es como paso desapercibido entre la jauría que se reparte entre cabinas, sillones y esquinas. Masas de hombría ardiente desatando lo más primario de sus instintos. Y yo observando, acechando, esperando que un pequeño cervatillo aparezca para enseñarle los dientes.

                Entretanto me dirijo a la bóveda, a pausar indefinidamente mi búsqueda reposando en el hueco que quede libre en alguno de los colchones atestados de piel desnuda. Casi resulta imposible entre tal enredo de cuerpos encontrar una superficie sobre la que sentarse, pero finalmente consigo instalarme al lado de tres pares de piernas y brazos que se trenzan entre sí. Y mientras que había decidido sentarme y simplemente relajarme, me doy cuenta de que mis ojos aún saltan de un cuerpo a otro calificando cualidades: lenguas con capacidades sobrenaturales de enredo; manos cuyo tacto erizan cualquier piel; pectorales y abdominales esculpidos al más mínimo detalle para el deleite de los sentidos; nalgas tersas y firmes tentando, esperando una emboscada.

                Y en el recorrido de mi mirada por la sala, algo me llama la atención: al fondo, solitario sobre una cama (acto que ya de por sí es una proeza), mi cervatillo absorto. No mira a nadie, ni tan siquiera a sí mismo; simplemente se deja llevar, arrodillado sobre aquel colchón, por las caricias que sus propias extremidades le proporcionan a lo largo de su cuerpo con los ojos cerrados. Y aun siendo víctima de su auto-complacencia, sin duda lo que más placer le brinda es el ser observado. Aquel adolescente de apariencia quizás demasiado infantil es perfectamente consciente del interés que su piel pálida y tersa es capaz de provocar, hipnotizando al espectador con cada pliegue que forma al movimiento de sus insinuados músculos sin demasiado tonificar.

                Sin llegar a realmente exhibir ni utilizar ningún atributo sexual de su cuerpo, consigue erizar cada pelo del mío en este baile en el que solo participan su contoneo y mi mirada, puesto que nadie más en la sala parece darse cuenta de que estemos aquí. Pasea en ligeras caricias la mano por el pelo rubio, rodea la cabeza y desciende por un cuello tenso que sostiene un rostro que indica placer. Los dedos juguetones se deslizan hacia el pectoral, deteniéndose brevemente para pellizcar el pezón que le hace lanzar un leve suspiro, el cual procura sostener mordiéndose el labio. Mientras tanto, la otra mano se encarga de pasear por el tren inferior: si el torso lo tiene desnudo, dejando ver cada milímetro de su anatomía, unos vaqueros ajustados imprimen la información precisa sobre el estado de cada órgano en su interior; las piernas dobladas en tensión, los glúteos apretados pero firmes y el paquete… queriendo estirar la tela más de lo normal. La mano que acariciaba el pecho desnudo y sin vello del muchacho continúa su travesía cuerpo abajo, frenando en cada hendidura que los abdominales sugieren. Rodea el ombligo con la punta de un dedo y, presionando con la palma al  completo, continúa deslizándose hacia un lado y regresando al centro. Al llegar a la hebilla del cinturón, se detiene. Y de repente, desafiante, abre los ojos levantando la cabeza y los clava directamente en mí. La respiración también se me detiene al recibir esa comprobación de que, cuanto le excitaba para continuar, era tener mis ojos encima. Lanza media sonrisa felina y, con mayor velocidad de la que ha dado a ninguno de sus movimientos anteriores, desplaza la mano hacia un paquete que amasa un par de veces con toda la lascivia que pueda caber en un acto.

                Maldito crío. No ha hecho más que sobarse y ha conseguido que me excite hasta un punto que pocos han conseguido antes en 27 años. Cada músculo en mi cuerpo se ha puesto en tensión, impidiendo que me mueva, y mis ojos son incapaces de separarse de la risa pícara de aquel chaval. Desde luego, queda más que sabido que este lobo ya tiene cena.

                Si mide más de 1’70, no lo aparenta al levantarse casi de un salto, cogiendo su camiseta de la cama y desfilando por la sala repleta de sexo. En su pasarela mira en todas direcciones sin realmente fijarse en nada, hasta que al llegar a la altura del colchón en el que estoy sentado (y en el que el trío prosigue a mis espaldas con sus quehaceres) me dirige una mirada furtiva que, sin palabras, me reta a que le siga. Y yo, conforme, se lo concedo.

                Repito sus pasos al encaminarse por las instalaciones de Boyberry hasta llegar a la zona de cabinas donde, iluso de mí, pienso que llega mi turno para poseer a aquel cuerpo rebosante de una inocencia insultante. Mi mente elabora minuciosamente cada posible escena a recrear cuando tome ese cuerpo como mío y lo llene de la forma más profunda. Y no me resultará difícil con mis casi dos metros de altura y la cantidad de masa muscular con que le supero. Mientras tanto, él busca de forma juguetona alguna cabina libre de bocas ansiosas y profundas y de apretados traseros demasiado dilatados. Y, cuando encuentra lo que busca y me dispongo a acercarme a él de una zancada, me encuentro una puerta en la cara. Sorprendido, apenas me paro a maldecir a aquel niñato que me desafía. En lugar de eso, compruebo las cabinas próximas y me adentro en una de ellas, agradeciendo que las paredes estén provistas de cavidades por las que poder, de momento, observar.

                En lo que tardé en llegar al agujero y arrodillarme frente a él para usarlo de mirilla, mi cervatillo ya se ha desprovisto de zapatillas y pantalones, dejándolos ordenadamente esparcidos por el interior de la cabina. Cuando la piel de su nuca se eriza al contacto con mi vista, deja de contonearse de forma distraída para poner toda su atención sobre el glory hole por el que me asomo. Una sonrisa pícara me confirma que esto es justo lo que él quería que pasara, y me lo demuestra comenzando un nuevo baile de forma sutil en el que incrementa la intensidad con la que antes acariciaba su cuerpo. Se acaricia los pectorales y, conforme desciende las manos, también baja él hasta quedar en cuclillas para dar mejor paso a que sus dedos se deslicen por las ingles, el elástico del suspensorio y finalmente el paquete, al que accede apartando la tela para poder frotar mejor la poca piel que le queda cubierta. La erección que yo estaba intentando disimular mientras le perseguía ahora hace fuerza contra el pantalón, queriendo atravesar incluso la pared para adentrarse en el cuerpo de ese chaval. Imito los movimientos de su mano frotando yo también mi entrepierna, masturbándome lentamente  bajo el pantalón. Él agarra el filo del suspensorio, sutil pero firmemente, y se levanta poco a poco manteniendo las manos bajas, liberándose del trozo de tela. Yo desabrocho el cinturón, el botón y la cremallera del vaquero para poder dar más rienda suelta a mi onanismo. Él prosigue con su contoneo y con la excitación de sus zonas más sensibles, como los labios, el cuello, los pezones y, de forma mayormente intensa, su sexo, en el que no tiene reparos en utilizar la saliva como medio para el mayor placer. Yo, jugando aún con mi erección, me pego lo máximo posible a la pared; quiero estar lo más cerca  posible de ese cuerpo por el que muero por poseer con todas mis fuerzas. Él, percatándose de mi excitación, se gira sobre la pared del fondo para apoyarse en la misma con una mano y, con la otra, masajear superficialmente el perineo y el ano, especialmente expuestos en esa postura inclinada hacia adelante. Yo no aguanto más, necesito coger a aquel niño por las muñecas y adentrarme en él con la máxima intensidad que el cuerpo me permita. Este lobo piensa darse un banquete especial devorando cada milímetro del cervatillo.

Yo, sacándome la mano del calzoncillo, doy instintivamente un golpe con la palma en la pared, derivación de la desesperación a la que me está llevando el momento.

Él abre la puerta.

Sorprendido por la llegada de lo que tanto esperaba, paso del asombro a la satisfacción y, con una inevitable sonrisa torcida, me levanto y me dirijo lo más rápidamente posible hacia la entrada de su cabina. En el camino tropiezo con algunos cuerpos semidesnudos que, en la expectación por los actos del chico, no me había dado cuenta de que también observaban al chaval. Me detengo frente a la puerta entornada sabiendo lo que está a punto de acontecer tras ella, suspiro y reafirmo mi expresión lujuriosa y me adentro. Al dar dos pasos en el interior del pequeño espacio, me sorprendo al no encontrarlo frente a mí, ya que se encuentra a mis espaldas cerrando la puerta y agarrándome por los hombros. Cuando intento darme la vuelta para ver de cerca a mi presa, esta me lo impide; con su mano derecha me detiene el giro por la mandíbula y, con la izquierda, desciende por mi espalda hasta dar con el filo de mi camiseta. Se me escapa una risa histérica, producto del desconocimiento de este niñato acerca de con quién está jugando. Aun así le permito quitarme la parte de arriba de mi atuendo agachándome un poco para darle a él el alcance suficiente hasta la amplitud de mis brazos extendidos. Sin llegar a sacar la camiseta por las manos, me doy la vuelta hacia él y lo acorralo contra la pared. Desde luego, el intento de intimidarle y demostrarle quién marca las reglas del juego resulta nulo, ya que la respuesta que recibo por su parte es una risa pícara, de diversión. Agarra la tela arrugada que aún cuelga alrededor de mis muñecas por delante de mi cuerpo y la tensa, logrando hacer un nudo en ella del que intento zafarme. Su risa se ha tornado en una mueca juguetona que a mí me está alterando, junto con el robo del control al que estoy siendo sometido por un niño insolente. Mientras sigo intentando soltarme del nudo que ha hecho sorprendentemente fuerte sobre la prenda que me aprisiona las manos, él se desliza por la pared contra la que estaba y, rodeándome, me empuja hacia la superficie. ¿Qué está pasando? Jamás en mi vida había sido utilizado de esta manera y desde luego no es la forma en que quiero que pasen las cosas.

                Me rodea la cadera con las manos y me quita el cinturón que aún tenía suelto mientras yo sigo apoyado de frente a la pared. Al final, con insistencia, consigo librarme de la presión de la camiseta sobre mis articulaciones y, una vez libre, me giro. Frente a frente, le agarro con brusquedad la cara, haciendo que se le quede un gesto torcido con los labios marcados. Para mi sorpresa, aún sonríe. Ante mi desconcierto, levanta la mano: en ella sostiene un extremo del cinturón y, sorprendentemente, llega hasta mi cuello, donde la hebilla se cierra con el resto del cinto como si se tratara de una correa. Mi ansiedad por girarme y su velocidad no me dejaron darme cuenta de que me había pasado aquel cuero alrededor de la cabeza. Conforme disminuyo la presión de mis dedos sobre sus mejillas, él tira hacia abajo del cinturón, haciendo que finalmente me arrodille. Desconozco totalmente cómo ha llegado a suceder esto, cómo se me ha impuesto esta sumisión a la cual nunca me he tenido que enfrentar. Mi cara queda un poco superior a su sexo, que me apunta directamente a la boca, y de un tirón del cinto por parte de su mano me hace tragármelo. Por un momento intento separarme de él con ayuda de las manos, pero la tensión de la correa sobre mi cuello me impide sacarme del todo aquel miembro de la boca. Poco a poco, resignado, comienzo a explorar lo que nunca antes hasta ahora había experimentado: comienzo a chupar lentamente aquella parte tan dura y firme de este chaval. Conforme voy aumentando la intensidad, sus leves gemidos me descubren el placer que le produce que absorba al límite. Lo que desconocía era la delectación que puede suponer encontrarse a este lado de la práctica. Pero, incluso con esas, no disfruto el saberme sometido a un crío. Por tanto, aprovecho que en su deleite ha aflojado la tensión del cinturón para sacarme el miembro de la boca.

                De repente, me mira. Tiene una expresión de complacencia con la que me devuelve al estado de confusión casi colérica en el que estaba hace unos minutos. Por esto me levanto de forma rápida, intentando dar el mínimo margen posible a que contrarreste mi alzamiento con otro tirón del cinto. Le agarro por los hombros y comienzo a empujarle despacio hacia la pared del lado contrario, donde vuelvo a arrinconarle. Pero su expresión juguetona se mantiene mientras, una vez acorralado, comienza a descender hasta caer de rodillas. Con ambas manos me baja el pantalón y el calzoncillo a la vez, y yo contribuyo quitándome las zapatillas y sacando ambas prendas por los pies. Entonces le agarro firmemente de la cabeza y le obligo a introducirse mi erección en la boca, donde descubro un placer cálido, húmedo y estrecho cómo hacía tiempo que no disfrutaba. Los movimientos de su cabeza acompañada de mi mano hacen que se trague mi miembro al completo y luego se lo vuelva a sacar casi hasta el final de forma repetida. Además ayuda con sus manos a masajear mis testículos y masturbar la parte del pene que queda libre. Le obligo a levantase, le agarro la cara y le beso con fuerza. Con el gesto debido a mi presión sobre su rostro, los labios le quedan entreabiertos y yo, ansioso por demostrar mi dominancia, escupo en su interior. Él se ríe y yo, nuevamente, quedo desconcertado. Se libra de mi mano y vuelve a rodearme, habiendo cogido de nuevo el extremo de la correa que desastrosamente olvidé quitar de mi cuello.

                Me embiste contra la pared, Me agarra las manos por delante de mi cuerpo y me las vuelve a aprisionar, esta vez con el suspensorio que quedaba lamentablemente cerca mientras se deleitaba con mi sexo en su boca. Lo aprieta de forma que el elástico se me ciñe a las muñecas y se me hace, esta vez sí, imposible escapar. Y mientras que con una mano me obliga a apoyar una mejilla sobre la pared, con la otra me sostiene la cadera considerablemente separada de esta, exponiendo peligrosamente mi trasero. No quiero estar así. No tiene derecho a tratarme como si pudiera ejercer algún tipo de dominancia sobre mí. Pero aun así, con la correa en su poder, se arrodilla e introduce su cara entre mis firmes nalgas. El tacto de su lengua que antes se me antojó cálido sobre mi miembro, ahora me produce escalofríos en el periné y el ano en sí, y esa impresión se ve aumentada al recibir pequeños mordiscos alrededor. Realmente al cabo de un instante descubro que la sensación se hace placentera, hecho que jamás imaginé ya que jamás habría permitido que nadie se acercara de forma tan irrespetuosa a esa zona de mí. Pero él ejerce fuerza con la lengua sobre mi orificio y noto como trata de adentrarse allí. Yo, mientras tanto, sigo procurando liberarme del suspensorio que atrapa las manos; el hecho de que el trato al que está sometiendo a mi parte trasera no sea desagradable, esto solo puede desencadenar en algo mucho mayor que no estoy dispuesto a concederle. Pero cualquier intento es en vano contra el elástico de esta prenda. Y, efectivamente, este crío se dispone a lo que me podía temer que sería el siguiente paso: con sus manos intenta abrir, de forma delicada, mi cavidad, donde comienza a introducir un dedo. Por aquí sí que no estoy dispuesto a pasar, ya que la dilatación de mi ano resulta tosca bajo la firmeza de su índice. A pesar de mis gruñidos de molestia, el niñato continúa lamiendo ahí e introduciendo el dedo cada vez más y más profundamente. Y con la paulatina dilatación, de un dedo pasa a dos, y de dos llega hasta tres. Intento relajarme, con la esperanza de que al dejarme llevar en cierta manera disminuya la molestia.

                Al momento de conseguir calmarme, el chico se levanta. Se me ocurre por un instante que es mi oportunidad de retomar el control, pero se encarga de recordarme que eso no va a pasar de momento tirando del cinturón, a mi espalda, para que me dirija hacia el centro de la cabina. Una vez allí, de otro tirón, me pone de rodillas. Él se queda a mis espaldas, y girándome levemente consigo ver lo que trama: sin perder el control de la correa, se ha agachado hacia su pantalón, que está en el suelo, y ha sacado de él un pequeño bote de lubricante y un preservativo. Después de llevar un rato rendido ante la fijación de mis manos a este suspensorio demasiado resistente, vuelvo a intentar forzarlo. Pero el elástico tiene demasiadas vueltas dadas sobre mis articulaciones como para conseguir darlo de sí y acabo de escuchar detrás de mí el chasquido que tan bien conozco, propio de quitar el tapón de un bote de gel lubricante. Al acercarse de rodillas a mí, noto sus palmas en mi espalda, que me obligan a inclinarme hacia adelante y apoyarme en el suelo con los codos. Esto solamente le ofrece una mayor libertad de comportamiento sobre mi trasero, que pronto recibe un impacto excesivamente frío por la lubricación que hace que se contraiga al máximo. Pero con el masaje que la mano mojada da sobre él, poco a poco se relaja y vuelve a su situación de semi-dilatación, que poco a poco va a aumentando con la estimulación. Y, de repente, se detiene. La posición en la que me encuentro no me permite ver lo que está sucediendo detrás de mí, pero necesito poca confirmación para saber que está abriendo y colocándose el preservativo para pasar a una acción mayor.

                Sin darme mucho tiempo para barajar otras opciones en las que puede estar utilizando este momento, me encuentro con la ratificación: con el mismo tacto frío del mismo lubricante que ha estado usando para masajear mi esfínter, noto el impacto del látex sobre la cavidad y la presión que ejerce para introducirse en ella. Al penetrarme, lanzo un gemido en el que se entremezclan el dolor y un extraño y ligero placer que jamás habría visto posible. Cuando ha introducido su miembro al completo en mí, se detiene y se inclina hacia adelante, besándome la espalda. Acto seguido me pregunta en un susurro “¿te gusta, verdad?”, tras lo que se le escapa una leve risotada de diversión. No pienso ofrecerle el gusto de responder, por lo que me limito a gruñir cada vez más bajo hasta que el dolor se calma. Es entonces cuando, de forma progresiva, comienza a retirar y a volver a introducir su sexo en mi orificio. Al principio resulta incómodo, una impresión nueva que se me antoja incluso violenta, pero conforme va acelerando el ritmo aparece un gusto sorprendente que no sé localizar en ninguna región en concreto. Pero es así, aunque me cueste admitirlo. Me está gustando. Y a él, como demuestra con gemidos cada vez más altos, también. Mientras me penetra me agarra por la cadera con una mano, ayudándose para coger impulso, y con la otra de un hombro al que apenas llega. Pero la diferencia de tamaño no afecta a la fiereza con que lleva a cabo su cometido, y es que me embiste cada vez con una fuerza mayor que no sé si podré resistir.

                Sin previo aviso, se detiene. Desliza su miembro hacia el exterior de mi ano y me azota en la nalga izquierda, haciendo que esta pique brevemente. Con este toque, intuyo lo que quiere que haga y yo, anhelante en secreto porque continúe, así que vuelco sobre mi hombro izquierdo y giro hasta ponerme bocarriba. Nuestras miradas se chocan y, en ese desafío de expresiones, la suya revela la satisfacción del vencedor y la mía intenta esconder el deseo y el goce bajo una máscara de resignación. Pero su sonrisa burlona provoca una igual en mí y, acto seguido, se echa mis piernas a los hombros para poder penetrar de nuevo en mi cuerpo. Y cuando lo hace, un alarido se me escapa ante la profundidad que ha alcanzado y que no había probado anteriormente. Pero a diferencia de la primera vez que se abrió paso en mi interior, ahora no se detiene y adopta directamente el ritmo acelerado al que me sometía antes. Y me encanta. Esta nueva postura, además de dejarme disfrutar de más intensidad en sus movimientos, me da libertad para masturbarme con las manos aún atadas con la ropa interior del chaval, por lo que empiezo a hacerlo de una forma salvaje que imita las embestidas. Poco a poco el calor va dominándonos, y el éxtasis se empieza a abrir paso. Mis caderas empiezan a moverse también para incrementar el ritmo y la profundidad del sexo apoyándome sobre los gemelos en sus hombros. Él me agarra por la cintura para impulsarse también y deslizarse por el  hueco entre mis piernas en el que encaja ridículamente bien con su delgadez y mi gran complexión.

                Tal es la excitación que, de repente, el orgasmo se me viene encima salpicándolo todo sobre mi torso y en el suelo a mi alrededor. Es increíblemente intensa la sensación de eyacular mientras se estimula de tal forma el recto, tanto que mis gemidos y espasmos casi asombran al chico mientras continúa en su faena. Apenas he terminado de saborear ese placer cuando él se desliza hacia el exterior de mi cavidad y se deshace de un tirón del preservativo. De un salto se sienta sobre mis pectorales y, en una agresiva masturbación, culmina él también de forma alarmantemente llamativa sobre mi cara, hecho que en un principio me repele pero que, al fin, le pillo el morbo. Continúa amasando su miembro segundos después de haber terminado, aún disfrutando y contoneándose sobre mi cuerpo empapado, hasta que se inclina hacia mi cara y me besa agarrándome por las mejillas, como habría hecho yo minutos antes con él. Se ríe con diversión y se incorpora, alcanzando sus zapatillas, pantalón y camiseta en tres leves movimientos. Una vez en pie, estando yo todavía tumbado por el éxtasis que me ha supuesto la situación, se agacha nuevamente hacia mi oreja y me susurra “te lo puedes quedar, no lo necesito”. Y, dejándome maniatado por su suspensorio, desaparece por la puerta.

                Supongo que esta vez el lobo es quien ha acabado siendo devorado.