Éxtasis

¡Estaba decidido! Iba a hacer caso a mis instintos más primitivos y daría rienda suelta al puro deseo sexual por una noche. Algo dentro de mi me pedía hacerlo, desde hacía mucho tiempo, pero nunca tenía el valor de llevarlo a cabo. Había crecido en una familia en la que el sexo era un tema tabú y estaba cargado de prejuicios e inseguridades. Había tenido relaciones sexuales pero nunca había practicado cruising. Sabía que mi entorno nunca lo aprobaría, les parecería escandaloso, pero el amor no llegaba a mi vida y quería disfrutar del sexo. Así que me despedí de mi dildo y salí de casa para ir a Boyberry, el local que iba a hacer de mis fantasías una realidad. Había pasado por delante varias veces pero esta vez entré, dejando el pudor y la timidez en la puerta.

Una vez dentro, un chico muy atractivo me atendió diciéndome que no tenía que pagar ni dos euros por ser mi cumpleaños. – ¿Es la primera vez que vienes? – me dijo. – Sí, soy un novato… – contesté. – Si quieres te muestro las instalaciones – dijo alguien cerca. Me medio giré y me encontré al que había sido mi profesor de tecnología en el instituto. – ¿Ya eres mayor de edad? – Me preguntó sin rodeos y sonriendo. Yo estaba tan sorprendido que no acerté a contestar. – ¿Vienes conmigo? – Me dijo. – Sí. – Le contesté tímidamente.

Hacía años que no le veía… pero tenía presente muchos momentos de tensión sexual con él en mi adolescencia. Siempre marcaba un paquete exagerado y me había pajeado muchas veces pensando en él.

Me llevó al interior de unas cabinas perfectamente equipadas para satisfacer al tío más vicioso de Barcelona. Y en una de ellas se paró. – ¿Quieres que te enseñe por qué yo también he entrado gratis? – Le contesté que sí moviendo la cabeza. – Ha sido por mis veinte centímetros. – Se abrió el pantalón, sacó su descomunal nabo y me puso a cien. – ¿Sabes? Esta polla ha palpitado mucho por ti en los años en los que te tenía cerca. En ese momento me pareció sentir que estaba mojando mi ropa interior. Por momentos, tenía la sensación de que iba a perder la conciencia. Me agaché y agarré su polla acercándomela a la boca. – He soñado muchas veces con este momento, Pablo. – me dijo entre gemidos. Su polla estaba llena de líquido preseminal. Iba a lamer su nabo cuando me agarró la cabeza y me paró. – ¡Espera! No quiero que te acostumbres mal. Con desconocidos quiero que uses también condón en las felaciones. ¿Vale Pablo? – Ok, profe – le contesté. – No soy tu profe pero te voy a dar una buena lección de sexo. Esa actitud protectora hacia mí hacía que aún le deseara más. Empecé a comerle la polla. Yo sentía desvanecer pero enseguida me apartó. – Joder, no puedo más. Te quiero follar. – Me levantó con sus fuertes brazos y me puso de pie contra la pared. Se estaba poniendo un condón a la vez que, con la otra mano, me mojaba el culo con sus dedos masculinos repletos de saliva. Me metió un par de dedos y me embistió sin dilaciones.