Fantasías cumplidas

Salgo de la ducha entre el vaho casi golpeándome contra mis compañeros. Me pongo la toalla. Camino hacia la taquilla mientras me cruzo con todos los miembros del equipo. Palmaditas en las nalgas, slips colgando de los percheros, sudor, cuerpos fuertes, velludos, depilados, pollas para un lado, para otro…

Desde hace un tiempo hago rugby. Después de muchos años entrenando en gimnasios me decidí a dar el paso. Estoy contento, mi cuerpo se ha fortalecido, he ganado resistencia y poco a poco voy haciéndome un hueco en el equipo. Desde que llegué me sentí sexualmente atraído por ese ambiente tan varonil, sucio. Desde el principio intenté centrarme en el deporte, pero mi mente ha sucumbido ante el deseo y ya no puedo frenar mis instintos. Fantaseo con mi cuerpo desnudo, sudado, recién entrenado, con los de mis compañeros, también sudados. Fantaseo con sus slips blancos usaados y tirados en el suelo. Fantaseo mientras miro sus pies mojados de hombre caminando por el suelo de la ducha. Fantaseo besándome con varios compañeros a la vez. Fantaseo con enjabonar los enormes huevos de mi entrenador. Mi mente se calienta mucho, muchísimo.

Aquel día me levanté una vez más con la polla dura, decidido a cumplir mis fantasías. Me pasé la mañana perreando en casa y fantaseando, como de costumbre. Por la tarde me tiré en el sofá dispuesto a ponerme una peli porno que compré en una tienda llamada Boyberry. Se llamaba “The dick team”. Me llamó la atención porque en portada aparecían varios jugadores de rugby desnudos tapándose sus pollas con varias pelotas. La cogí, pero en ese momento recordé el cartel de aquel lugar que anunciaba un encuentro de hombres en calzoncillos. En otro momento me lo hubiese pensando, pero mi nivel de excitación no me permitió elegir. Apagué la tele, dejé la peli bajo la cama, me puse mi ropa de deporte, me calcé las bambas y salí dispuesto a todo.

Cogí el tren. Fue media hora de viaje, mirando por la ventana, calentando mi mente una y otra vez. Fantaseaba con que me arrodillaba y gateaba por todo el vagón del tren, oliendo los paquetes de todos los hombres allí sentados, sacando la lengua esperando que alguien saciara mi lengua. Finalmente llegué, bajé del tren y caminé un buen rato hasta llegar al lugar.

Entré. Pasé rodeado de películas porno, revistas, dildos… eso hizo que me calentase aún más si cabía. Llegué a las taquillas, me recordaba al vestuario del equipo. Me quedé en bóxer, negro. Salí por un pasillo y sentí ese olor a hombre que también sentía cuando entrenaba con mis compañeros. De repente sentí que estaba en el lugar perfecto, en el momento justo. No quería perder tiempo, quería desatar todo el animal que llevaba dentro. Me metí en una de las habitaciones y me puse a cuatro patas. Saqué la lengua jadeando con si fuese un perro esperando mi premio. Mi baba caía por la barbilla, nunca pensé lo que sería capaz de hacer cuando llegaba a puntos tan altos de placer. Me acercaba a los agujeros oliendo, cerrando los ojos y disfrutando de cada segundo de placer imaginándome sumiso y complaciente. De repente, vi movimiento en uno de los agujeros y fui gateando hasta allí. Había un hombre robusto, con algo de vello, varonil. Sus slips blancos dejaban entrever unos enormes testículos. Empecé a lamer cada trozito de tela de aquellos slips, desde la goma hasta abajo. Abría la boca y los mordía. Sentía ese olor a hombre con el que tanto fantaseaba. Movía mi lengua mientras tenía la goma del calzoncillo dentro de mi boca. Quería sentir ese sabor al máximo, quería impregnar toda mi boca de ese olor. Quería chupar la polla, pero no quería dejar de chupar esos slips. Así que no paré hasta que los dejé empapados de saliva.

De repente mi hombre se fue para atrás y me asusté pensando que mi boca no podría seguir disfrutando de todo aquello. Por suerte me hizo un gesto para que fuese a su habitación. Rápidamente abrí la puerta y salí gateando. Me tropecé con unos muslos duros. Miré hacia arriba y vi un tremendo paquete. Abrí la boca de manera instintiva y me abalancé hacia su polla. Del impulso casi se cae y tuvo que apoyarse en la pared. Parece que le gustó porque no opuso resistencia, así que me puse a chupar su bóxer. Estos olían todavía más fuerte, eso me encendió aún más. Sus muslos eran enormes, me puse a lamerlos. De repente sentí que alguien me agarró del cuello y me hizo caer para atrás. Ya ni me acordaba del hombre de los slips blancos…

Me volví a poner a cuatro patas y agaché la cabeza como disculpándome. Le besé los pies, pero me los apartó, parecía furioso. Me guió hasta su habitación y le seguí. Entré gateando y cerró con pestillo. En ese momento sentí que estaba en sus manos y que podía hacerme lo que él quisiera. Sin mediar palabra se quitó los slips y pude ver su polla y sus huevos. Una polla grande, varonil. Unos huevos enormes, impresionantes. Quise ponerme a chupar, pero no me dio tiempo a abrir la boca cuando me tiró sus slips a la cara. Empezó a restregármelos por toda ella. Ahora podía sentirlos al 100% , nunca había sentido tanto placer. Me abrió la boca y me los metió. Yo movía la lengua como podía intentando que no se me escapase ni un ápice de olor o de líquido preseminal. Cayeron al suelo y rápidamente me puse a lamerlos. Allí estaban en el suelo y yo chupándolos, me volví a recordar de los slips usados de mis compañeros de rugby.

Levanté la cabeza y allí vi esa polla. Quise parar el tiempo en ese momento. No quería empezar porque no quería tener que dejar de chuparla en algún momento. Quería metérmela en la boca, pero no dejarla nunca. Llevármela a mi casa, al trabajo, al entrenamiento… sentir eternamente la sensación de chuparla. Al final abrí la boca, al máximo. Mi garganta era toda suya. Yo abro mi boca, tú haz lo que quieras con ella. Y así fue… disfruté de cada centímetro de aquella polla mientras iba deslizándose por dentro de mi boca. Me la metía hasta la garganta y sacaba mi lengua por debajo para lamer los huevos. Movía mi boca hacia todas direcciones, quería que la punta de su polla no dejase ni un rincón de mi boca por tocar. Me la saqué un momento para disfrutar de sus testículos. Los lamía despacio, rápido, lento, veloz… los chupaba…. los succionaba…. los tocaba… los escupía… los lamía…. Los relamía….

Hubiese estado de rodillas lamiendo esos huevos por el resto de mis días, pero parece que ese hombre tenía ganas de darme mi merecido. Me ordenó que abriese bien mi boca y pusiera mi nuca contra la pared. Le obedecí. Cogió los slips del suelo, los restregó por sus testículos, los escupió y me los puso en la cabeza de tal manera que quedé con los ojos tapados. Sin apenas tiempo a disfrutar de ese momento, penetró su polla de tal manera que me dio una arcada que no esperaba. Apenas estaba recuperándome cuando me penetró otra vez con todas sus fuerzas. Segunda arcada. Me excitaba el hecho de aguantar sus embistes. Tercera arcada. Cuarta. Quinta. Sexta. Séptima. Octava. Me estaba follando la boca, sin contemplaciones. No me daba tiempo ni a mover la lengua, apenas podía sentir su líquido preseminal deslizándose garganta abajo. Me limité a mantener la boca abierta y disfrutar de ese momento. Me cogió del pelo, me inclinó la cabeza y consiguió ponerme en la posición perfecta para que su polla entrase entera. Cuando me había acostumbrado a las arcadas, ahora venían peores. Sus huevos golpeaban contra mi barbilla y yo me volví loco, quería más y más duro. Le agarré las nalgas y las apretaba hacia mí. Quería sentir esa polla hasta lo más hondo de mi garganta, quería inundar todo mi interior de ese sabor a hombre. De repente la sacó y yo empecé a babear saliva y respiraba con jadeos profundos. Gemía de placer y sacaba la lengua esperando seguir lo antes posible. De repente escuché un escupitajo, y otra vez su polla en la boca. Sentí en mi garganta más saliva de lo habitual, era su saliva impregnada en la punta de la polla. Fue un placer enorme pensar en su polla ensalivada dentro de mi boca.

Del ruido de mis arcadas pasamos al silencio más absoluto. Pasaron como 20 segundos hasta que me quitó el calzoncillo de la cara. Disfrute con la mirada de aquel hombre que tenía delante. Rápidamente mis ojos se desviaron hacia uno de los agujeros. Se asomaba un tremendo pollón. Quise ir, pero no quería que mi hombre se enfureciese. Así que me quedé allí de rodillas esperando. Me hizo un gesto de aprobación, y empecé a desplazarme de rodillas hasta la otra punta del habitáculo. Saqué la lengua y el capullo de aquel enorme pollón se posó en ella. Sentí un olor a macho indescriptible. Un sabor exquisito. Me puse a chupar aun sabiendo que no me cabría toda en la boca. Era una polla muy suave, su piel deslizaba perfectamente con la forma de mi boca, era un grosor perfecto. La chupaba despacio, quería sentir esa textura en su máximo esplendor. Abrí los ojos y vi unas piernas gruesas que rápidamente relacioné con el chico de afuera. Automáticamente mi garganta se abrió dejándola pasar. Increíblemente me cabió toda. No sabría cómo describir la sensación de tener esa pedazo de polla entera en mi boca. Era sin duda el placer más grande que nunca había experimentado.

De repente sentí que levantaban mis caderas. Me bajaron bruscamente los calzoncillos. ¿Mi hombre de slips blancos que me recordaba a mis compañeros de rugby me iba a follar? Ojalá. Yo seguía chupando, disfrutando. Me limité a dejar mi culo al aire y esperar.

No tuve que esperar mucho. Su polla estaba tan lubricada y ensalivada que entró perfectamente en mi culo. Empecé a sentir mi ano lleno de ese trozo de carne tan sabroso que hacía unos minutos había tenido en mi garganta. Mientras por atrás me empujaban bruscamente, por delante lo hacían también en sentido contrario. Parecía que me iban a partir por ambos lados. Tener esas dos pollas tan duras dentro de mí me estaba poniendo extremadamente caliente.

Yo a cuatro patas. Una enorme polla en mi ano. Otra enorme polla en mi boca. Me podía morir en ese mismo momento. Hubiese querido disfrutarlas mucho tiempo más, pero aquellos machos parecía que estaban deseosos de vaciarse. Me cabreó verlos gemir tan rápido, aunque se me pasó cuando empecé a sentir esos chorros de leche por mi lengua y por mis labios…. por mi espalda, por mis nalgas y por mi ano…

Todo fue rápido. Desaparecieron dejándome allí bañado en semen. Me senté abatido, apoyé mi espalda sobre la pared mientras limpiaba los restos de leche que caían por mi barbilla y goteaban hasta mi abdomen.

De repente un ruido me asustó. La puerta se abrió. Parecía que otros hombres querían entrar…