Mis 18 años

Polen, capullos en flor y la fecha de mi cumpleaños marcada en el calendario. El día 15 de abril cumpliría por fin mis deseados 18 años y podría visitar esos lugares de ambiente de los que tan bien se hablan y tanto morbo me da visitar algún día. Mis amigos ya tenían previsto dónde llevarme esa gran noche de cumpleaños, y era nada más y nada menos que al BoyBerry de Madrid.

Soy un chaval con algo de barba, castaño, estatura media, delgado y con muy buen culo (o al menos eso me dicen).
Cuando llegamos al local, mis amigos me desvelaron que mi regalo de cumpleaños era una sala alquilada que se llamaba “La Bóveda”. Aún no sabía lo que era eso hasta que entré al local y me condujeron a la sala con los ojos vendados. Podía escuchar los gemidos de un actor porno reconocido en un televisor, qué excitante.

Llego a “La Bóveda” y me encuentro exactamente 18 tíos de unos 25-30 años, mi edad de hombre favorito. Los había de todo tipo: musculados, con barriguita, con pollón, con huevos duros, peludos, depilados… Y eran todos para mí y yo era todo para ellos.

En cuanto se pisparon de que yo era el cumpleañero, todos empezaron a felicitarme entre palabras y besos, que aún no se qué saliva sabía mejor.
De todos los machos que allí tenía presentes, me quedé con unos 3 que me ponían muy burro, y decidí quedarme con ellos, ya que el resto se lo estaban pasando bien ellos solos.

Era un novato, apenas había hecho nada sexual y me apetecía probar cosas nuevas. Era mi cumpleaños, así que tenía que aprovechar. Me fui con los 3 a una cama que allí había mientras sentía todo su calor por todo mi cuerpo, ¡qué goce sentir como todo tu cuerpo es tan deseado!

¿Os he mencionado sus paquetes? ¡Esos sí que eran mis regalos de cumpleaños! Podría haber 18 centímetros para mí solito cómo mínimo en cada cintura, y no me lo pensé dos veces, fui a reclamar lo que era mío. Se juntaron todo y a mi alrededor solo había pollas a cada cual más sabrosa y apetecible. Las empecé a lamer hasta que cambiaran de color. Una de ellas, la que más me gustó, intenté metérmela entera en la boca, pero no pude, aunque mis arcadas y las estocadas junto a los gemidos de aquel maromo decían lo contrario.

Tenía mordiscos suyos por todo el cuerpo con los que notaba esas ganas que tenía de que me abrieran el culo.
No podía aguantarlo más y les dije que quería sentirles dentro de mí. Mientras dos empezaban a enrollar delante de mí para excitarme más aún, uno me comía el culo para abrirlo, escupiéndolo, barriendo cada centímetro con su lengua. Se iban turnando hasta que llegué a tener la saliva de los tres dentro de mi culo. ¡La tenía que no paraba de escupir preseminal! Un tío comiéndome el culo y los de delante, tan pronto liándose entre ellos, conmigo, o follándome la boca.

Estaba nervioso, pero también muy excitado y con mi polla sin parar de lubricar. Uno de ellos cogío uno de esos geles de placer y me lo puso por el culo y en su polla.
Sin condón y sin dilación, empezó a meterla y abrirme el esfínter. Dolía, pero era placentero. Yo era consciente de que me estaban follando y lo único que podía decirle era: “no pares”. Los únicos descansos que tenía era cuando se turnaban para que todos probaran el gran culo que me decían tener.
Me dejaba hacer de todo y cada uno me ponía a su antojo. Yo encima, debajo, a cuatro patas, contra la pared. Todos acabamos preñándonos entre nosotros y nos moríamos de placer.

Yo no aguantaba más y comencé a masturbarme, me dijeron todos que querían correrse en mi culo y acepté. Según iban corriéndose todos dentro de mí, y mi culo solo escupía leche, era momento de soltar todo lo que llevaba dentro y dejarme el pecho lleno de semen.
Tras la frase: “Ahora sí has celebrado tu cumpleaños”, todos comenzaron a besarme y a acariciarme todo el cuerpo, qué bonito, qué morbo y qué placer sentía en ese momento, en cada raspadura con cada una de sus barbas.

¿Qué paso con el resto de tíos? Era mi cumpleaños. Solo tenía que salir y elegir a quién quería que me follara esta vez.
Con una felicidad insana en mi cuerpo, volví con el resto de hombres y allí me encontré a mis amigos, a cada cual más ocupado.
Ellos eran intocables para mí, son amigos. Pero tampoco tuve mucho tiempo para hablar, ya que si me descuidaba me encontraba con más pollas en mi boca. No me quejaba, no saldría de ahí sin probar las de todos los hombres, que para eso estaban.

Pasaron las horas y cerró el local, y con ello, la página del diario de mi dieciocho cumpleaños, con dieciocho números de teléfono por si me apetecía repetir con alguno, algún día.
¡Eso sí fue una celebración y lo demás tonterías!