¿A qué sabe mi polla?

¿A qué sabe mi polla? Se había preguntado más de una vez en silencio, como una de esas preguntas sin respuestas, que se lanzan al vacío. Lo hacía mientras imaginaba en sus sueños más húmedos que, en otra dimensión, una parte de él abandonaba su cuerpo por unos minutos con la única finalidad de meterse su sexo en la boca, saborearlo y acabar con esa incógnita.
A veces, las tardes de domingo que podía escapar del control familiar para acercarse al Boyberry, le gustaba vagar por los pasillos oscuros de su laberinto en busca de un sexo que calmara su sed de curiosidad. Los buscaba en los glory holes, cuando, tras meter tímidamente sus dedos, el índice, el medio y el anular, por el boquete, le respondía un trozo de carne ávido de ser comido. Pero le bastaba tan sólo unos segundos en su paladar para darse cuenta que aquella no era su polla, la que tanto buscaba.

En casa, ensayaba en el baño, en las horas de la ducha, mientras se masturbaba, tocando y sintiendo cada palmo de aquel sexo discreto en tamaño pero contundente en su juvenil erección, que mostraba vigorosa aquella cabeza circuncidada. Parecía un ciego que, a falta de visión, se afana en ver con sus manos para poder desenvolverse con soltura en la oscuridad. Como él, en el Boyberry, cuando la única claridad que le iluminaba, en sus tardes de morbos, pajas y mamadas, era la escasa luz que se colaba por las rendijas de los agujeros gloriosos, cuando estos estaban desocupados.
Sabía que era imposible dar con su polla gemela entre la de tanta gente que cada fin de semana pasaba por aquellos estrechos pasillos. Pero nunca desistía en su empeño. Siempre había algo en él alerta en busca de ese sabor familiar, que le recordase a su cuerpo, o esa textura o forma de la polla que se asemejara a la que sentía entre sus dedos mientras se masturbaba.

Como ocurrió aquella tarde cuando a punto estaba de perder el sentido y control de su cuerpo. De rodillas en el suelo se afanaba por saborear con cada lamida las dos pollas de aquellos dos hombres, mucha mayores que él, pero muy morbosos, que se la metían y sacaban de la boca de manera intermitente, mientras que él se limitaba a chupar y disfrutar con cada una de esas envestidas como si fueran las últimas de su vida.

Era evidente que el vigor de aquellos dos sexos, curtidos con el paso de los años, no se podía asemejar con la casi virginal textura de su pene que acababa, como quien dice, de asomar su cabeza a la vida. Por ello, despreocupado en su búsqueda y obnubilado como estaba con el aroma de aquel pequeño frasco de Popper que se pasaban de vez en cuando aquellos dos hombres en suspensorios, no se percató en un primer instante del pene que, tímidamente, acababa de asomar por uno de aquellos glory holes.

En estado semi erecta o morcillona, aquella polla se escapaba, intentaba huir en busca de placer, por el lado de unos slips blancos y con motitas negras, que se vislumbraban en la oscuridad a través del agujero. El sexo daba leves pero contundentes respingos de placer y pronto llamó su atención, como un faro que desde la lejanía y en la oscuridad de la noche te lanza señales para que te acerques a él.
No pudo negarse y no se lo hubiese perdonado si no se hubiese metido ese rabo en su boca, extasiado como estaba con aquella pareja de bears que tanto le estaban haciendo disfrutar. Y es que todo llega. Cuando menos lo esperas te topas de frente y sin darte cuenta con aquello que llevabas tanto tiempo buscando y ya no puedes escapar. Sólo con el primer contacto de sus labios resecos con aquel sexo erecto supo que era lo que estaba buscando.

Tenía que ser similar en tamaño con la suya, centímetro arriba, centímetro abajo, ya que, cuando la agarró con sus manos, antes de introducirla en su boca, notó la misma sensación que cuando se masturbaba. Además, también estaba circuncidada como la suya y hasta se atrevería a decir que tenía el mismo grosor de glande. Aquello no podía ser verdad, pero no había tiempo para la incredulidad ni ganas, extasiado como estaba y muy excitado por tener dentro de sí aquella polla.

No pudo postergar más el momento, mientras un hilillo pre seminal colgaba en caída libre de su sexo y se acercaba estrepitosamente al suelo. Ahora por fin pudo degustar el sabor que debía de tener su polla si se pudiera hacer una auto felación en cualquier momento. Esa sensación de calor que emanaba en su erección, mezclada con ese aroma a limpio, a gel de baño neutro, pero con algo de sudor y, quizás, resto de pis, que es lo que hacen que un sexo sea real y diferente a la textura y el sabor artificial de un dildo de látex.

Aquella tarde en el Boyberry experimentó en sus propias carnes, en la vida real, lo que había soñado tantas veces. Puede ser difícil de explicar o creer, pero sintió cómo si, por un instante, su ser se hubiera salido de mi cuerpo y, como un espíritu, se hubiese metido su propio sexo en la boca. El placer fue infinito, como nunca antes, en su corta experiencia sexual, había experimentado. Por ello fue breve, demasiado, quizás, y pronto ese hilillo inicial se convirtió en un reguero de semen que se desparramó por el suelo, mientras que experimentaba la misma sensación, pero en lo más hondo de su garganta, con aquella polla que eyaculaba dentro de su boca antes de desaparecer de su vida como si nunca hubiera existido.
Se me hizo tarde y sus padres le estarían esperando en casa para cenar, con alguna que otra reprimenda incontrolada. Mañana tenía instituto y no les gustaba que se le hiciera tarde en la calle. Pero su felicidad le embargaba y protegían del temor que le hubiese alertado en otro momento. Hubo regañina, pero poco le importó, la verdad, después de haber experimentado aquella sensación casi espiritual y tan sexual.
Se encerró en el baño para lavar sus manos antes de sentarme a la mesa y le expresión de felicidad con la que se encontró al mirarse en el espejo lo decían todo. La sonrisa tonta le delataba, como si se hubiera enamorado, aunque sólo fuera de una… Se giró en el baño al llamar algo su atención desde el cesto de la ropa sucia. Se acercó con el gesto algo más serio y contrariado hasta que tuvo en sus manos aquel slip blanco y de motitas negras de su hermano gemelo. Como había hecho muchas veces de puro morbo, en esta ocasión, con una actitud detectivesca, le dio la vuelta y lo olió por la parte más íntima que da cobijo al pene. No podía ocultar el olor a sexo, así como esas manchas resecas y amarillentas que delataban la actividad seminal que habían vivido aquellos calzoncillos hace unos instantes en el laberinto del Boyberry.