Abel

Secular en la sombra fluyó el amor.
Jorge Luis Borges, Ulrica

La presión de unos labios deslizándose sobre mi pene. Atrayéndolo al interior una boca ávida, bajando hasta su base y volviendo a subir. Una lengua recorriendo mi glande, acariciando mi frenillo. Una mano que pajea mi polla lubricada de saliva, otra que masajea mis huevos. Suspiro, golpeo con los nudillos la pared. Los labios se mueven más rápido, deseantes; y dentro de esa boca sedienta de esperma, me corro.
Me aparté del glory hole, sintiendo en el abdomen ese placentero dolor que deja una eyaculación intensa, y en el pubis una ligera picazón. El chico en la otra cabina debía de tener barba, me dije, tal vez no abundante pero sí pinchuda, y fue esa idea la que me hizo pensar en él; lo cual no me suele pasar tras un encuentro sexual casual, aún menos si como en este caso ha sido a ciegas (ese es para mí el mayor atractivo de los glory holes: la ausencia de visión que intensifica las sensaciones físicas, y el excitante anonimato).
Fue ese la razón de que al salir de la cabina me parase a mirar de reojo la puerta contigua abrirse. En la penumbra vi a su ocupante abandonarla: un chico de estatura media y nervuda figura, en su mentón efectivamente la sombra de una barba corta. Sus ojos se cruzaron brevemente con los míos antes de que se alejara.
Volví a verlo al salir de la trastienda, en el bar del local, donde pude observarlo mejor. Era más joven que yo, de unos veinticinco años; llevaba el pelo oscuro muy corto y su camiseta sin mangas revelaba unos brazos tapizados de tatuajes. Al volverse vi que tenía los ojos claros. Me hizo una señal para que me acercara.
—La he pedido para ti —dijo, señalando su cerveza—. Yo no bebo alcohol.
Me senté a su lado y bebí. Para entonces ya estaba hipnotizado, y ni siquiera sabía su nombre.
—Soy Abel. —se presentó, en su voz un tenue acento que no supe ubicar geográficamente. Ensayé la aproximación más tópica que puede haber:
—¿Vienes mucho por aquí?
No me contestó enseguida y dudé de si me habría oído. Cuando lo hizo, había una chispa de risa en sus ojos:
—Más de lo que a mis padres les gustaría.
El Boyberry de Madrid no es un local en absoluto sórdido: ubicado junto a la Gran Vía, sus amplias cristaleras son bien visibles para todo el que pase por la calle Valverde, nada en él clandestino ni turbio. Sin embargo, comprendí bien su frase: su referencia a una sociedad evolucionada en lo sexual, pero aún pudorosa y llena de tabúes.
Charlamos. Abel resultó ser madrileño, pero de ascendencia latinoamericana, de ahí la melodía de su acento. Yo le confesé tener también sangre foránea, en mi caso del norte de África, lo que no pareció sorprenderle.
—En realidad, no existe tal cosa como la sangre —repuso—. Toda la humanidad viene de la misma estirpe. Somos genéticamente una sola familia.
—Si eso es cierto, toda relación, hasta entre desconocidos, tiene algo de incestuoso. —bromeé.
Se rió. Tenía una risa clara, breve como un destello.
—Puede ser. Algunos encuentros sexuales son para mí como reencuentros. Como algo ya vivido o soñado.
Mientras apuraba mi bebida, me llamó la atención uno de sus tatuajes: un crucifijo en su antebrazo. Me pregunté si sería religioso, y él leyó mi mirada.
—Creo en Dios —me dijo—, pero no en la vida tras la muerte. Esa idea es una invención eclesiástica: la única vida que tenemos es la que vivimos ahora.
—¿No es Abel un nombre bíblico? —pregunté. Él asintió.
—Abel fue el hijo de Adán y Eva. El fruto de su pecado y la víctima de su maldición: el primer hombre en morir.
Su voz se apagaba y sus ojos divagaban. Lo besé en los labios; sabían a mar.
—¿Hacer esto es pecado? —le pregunté.
—Sí —respondió Abel—. Pero es mayor pecado el no hacerlo.
Se puso de pie, yo lo seguí, y bajamos los escalones hacia el sótano. Me guió hasta una de las cabinas de esa planta, pero no cerró la puerta y yo tampoco lo hice. Un bosque de lúbricas sombras y ojos velados nos rodeaba.
Se desvistió con fluidez: los tatuajes proseguían en el resto de su cuerpo. Distinguí entre ellos la silueta de un lobo y los versos de una canción que hace tiempo había olvidado, y comprendí que jamás volvería a verlo estando despierto, sino tan solo en sueños.
Me quitó los pantalones y acarició mi pene erecto y palpitante por encima de la ropa interior. Se arrodilló y recorrió su contorno con los labios antes de descubrirlo. Una gota de fluido preseminal pendía de él, y la saboreó con la punta de la lengua; luego se lo introdujo en la boca. Descargas de placer comenzaron a recorrerme el vientre mientras su cabeza se movía rítmica como el oleaje. Luego se irguió y, tendiéndome un preservativo, me dijo:
—Poséeme.
Me dio la espalda: sus nalgas eran musculosas y salientes. Las separé y palpé su ano, ese esfínter firme y circular que Kundera llamó la más hermosa de todas las sortijas. Me puse el condón, lo unté de lubricante, y de un solo movimiento penetré en su interior, al tiempo que él dejaba escapar un gemido que aunaba dolor y satisfacción.
Lo embestí una y otra vez; besé y mordí su cuello, al son del rítmico choque de sus nalgas contra mi pelvis. Él me pedía que lo hiciera con más fuerza. Busqué su pene y comencé a masturbarlo; el líquido preseminal me humedeció los dedos. El mundo se desdibujaba, y yo me aferraba a él como a un náufrago. Y finalmente llegó: ese instante de placer ofuscador que precede al estallido, en el que nada existe sino el éxtasis, ni siquiera uno mismo (algo así debe de ser el paraíso, solo que prolongado eternamente, un orgasmo infinito). Y oí a Abel gritar mi nombre, el cual no recordaba haberle dicho, un segundo antes de despertar.