Arder en llamas

A poco menos de las tres de la tarde estaba muy aburrido sin saber qué hacer, así que pensé en ir a dar una vuelta por el centro. Paseando un poco sin rumbo por Gran Vía, me detengo cerca de un banco donde he podido captar wifi de algún establecimiento cercano, me siento un rato y, de casualidad, encuentro una promo de Boyberry en las redes. ¡No se hable más! Me voy a pasar por Boyberry a dar una ojeada… tantas tardes libres que me ha salvado…seguro que hoy tampoco me defrauda.

En media hora ya estoy allí, pero está completamente vacío, aún es pronto…así que se me ocurre una idea para animar el local.
Me acerco a la máquina de bebidas y compro un par de birras, voy al baño, y ya dentro con la puerta bien cerrada, empiezo a verter las dos cervezas por todo el suelo del baño. Posteriormente, saco un piti de mi paquete de tabaco, lo enciendo, lo tiro al baño y…prende, arde la estancia. Yo salgo del compartimento del lavabo, cierro la puerta rápidamente para que nadie vea ni sospeche nada, y me alejo del lugar del crimen.
La humareda comienza a travesar la ranura de la puerta, y uno de los trabajadores del local lo percibe. Se presenta apurado y corriendo con el extintor, pero nada, el fuego ya estaba más vivo que nunca, así que el otro compañero se apresura a llamar a los bomberos.

En cinco minutos irrumpe la brigada. Atraviesan la puerta con una manguera cada uno.
En diez minutos ya han conseguido extinguir el fuego, pero no todo el fuego… entre los bomberos había uno en especial, guapísimo, moreno, 180 cm, con barbita, y un cuerpo de escándalo que parecía que iba a romper el uniforme.
Lo miré con una sonrisa pícara, y, para sorpresa mía, esa sonrisa fue recíproca. Me comentó que justo había acabado su trabajo, tan sólo se había alargado un poco más de su hora puesto que surgió esta emergencia, pero que él ya había terminado su servicio ipso facto e in situ.

El resto de la unidad de bomberos marchó, pero él decidió quedarse y empezar a saborear la tarde libre. Y sin perder comba, me condujo a uno de los cuartos y.…sin mediar palabra, empezó a comerme los morros.
Me dejé querer, porque estaba ardiendo en llamas y en un arrebato, me arrodillé ante su irresistible presencia y le saqué su manguera. ¡Y qué manguerazo! Una larga y gruesa herramienta que estaba ya dura como una piedra me pedía a gritos que la comiera… así que eso hice, empecé a lamerle ese grueso capullo que estaba ya ardiente como la llamarada, y seguí lamiendo, minuciosamente, todo el tronco hasta su escroto, de menos a más intensidad.
El bombero ya no podía más, quería comer mi manguera también. No perdió un segundo para succionarla, mamaba como si no hubiese un mañana…qué bien lo hacía, estábamos en el momento más fogoso de la situación, así que lo estiré sobre un pequeño colchón que había en la cabina, y sobre su terso pollón me senté y empezé a cabalgar hasta que llegó el momento culminante de apagar las llamas, así que dejé de cabalgar, y mi boca se dirigió hacia su pollón, dándome una gran cantidad de lácteo.

-Hoy has apagado dos llamas- bromeé yo

-Siempre estamos al servicio del pueblo-me replico él entre carcajadas.

-Los bomberos siempre seréis nuestros-le contesté con una sonrisa de oreja a oreja.

Él también quería disfrutar de mi leche, así que lo estiré boca arriba y le follé esa gran bocaza que tenía hasta desprender hasta la última gota blanca.
La tarde ya estaba tocando a su fin, la hora de cenar estaba a caer, así que, tras asearnos y charlar un rato, nos despedimos y nos guardamos esta ardiente experiencia, la mejor que he vivido sin lugar a dudas.

Ha sido una tarde fogosa.