EL MONSTRUO DE FRANKENSGAY

Tras muchos años de acabar mis estudios como ingeniero en electrónica, finalmente leí una oferta de trabajo en una web de búsqueda de empleo.

En la oferta ponía: se precisa ingeniero para experimentación científica, que sea guapo y con físico trabajado, no necesaria experiencia. Preguntar por Viktor von Frankensgay.

No comprendía que era semejante oferta, así que envié el curriculum por email.
Rápidamente llame al teléfono de la oferta y una voz me contestó con acento austriaco:
– Guten tag, soy her Doktor von Frankensgay ¿Que desea?
– Es por la oferta de empleo, soy ingeniero. – contesté por el teléfono.
– Ah, ja, he leído su curriculum, uste tiene perfil adecuado. – dijo el científico.
– Estupendo ¿Cuándo empezaría a trabajar y donde sería? – pregunté para concreta cita.
– Venga este viernes por la tarde al Boyberry de Madrid, yo he alquilado sótano parra ponerr laborratorrio científico.

Ese día fui al lugar, donde me esperaba el doctor. Frankensgay había montado un laboratorio en el sótano en forma de bóveda de ladrillos rojos. Había bobinas de tesla a ambos lados de una mesa y sobre esta, una sábana cubría lo que parecía un cuerpo. Vi muchos aparatos raros, con conmutadores y contadores logarítmicos con lucecitas, continuamente emitían zumbidos y

– En qué consiste el experimento, doctor?
– Es un experrimento para crearr un artilugio electrónico que controla la impotencia sexual.
– Impresinante ¿Y yo que tengo que hacer? ¿Debo ponerme el artilugio?
– Nein, Usted solo tiene que chupar. El artilugio lo lleva puesto el ser que hay sobre la mesa del laborratorrio.
– ¿Chupar eso de ahí? – ví un cuerpo con un enorme pene, de al menos 30 cm.
– Jabol. Usted chupa y comprrobamos cuanto potencia desarrolla el aparrato en el ser.

El doctor retiró una sábana que cubría un cuerpo, atado con cadenas a la mesa del laboratorio.
Era un tipo enorme, con un cuerpazo de culturista impresionante y un enorme pene, el más grande que había visto nunca.

Me parecía espantosa la idea, chupársela a un cuerpo, aunque reconozco que estaba muy buenorro, y además, necesitaba experiencia laboral como fuese. Comencé a chupar mientras el doctor manejaba unos artilugios que recogían los rayos de la tormenta.

Frankensgay enchufó unos electrodos al ser y empezó a manejar unos conmutadores de alta tensión, los cuales recogían la carga eléctrica de una tormenta. De las bobinas de tesla salían rayos eléctricos que emitían zumbidos.

En ese momento, el pene empezó a ponerse erecto mediante descargas eléctricas y mis chupadas. En plena erección tenía casi 40 cm, era tremendamente enorme. El doctor Frankensgay exclamó eufórico:
– Vive, el pene viveeee, jajajaja. Me harrré supermillonarrrio con este descubrimiento.

Pero algo salió mal, un rayo cayó sobre el ordenador que controlaba el cerebro del ser, al tiempo que se escuchó un potente trueno sobre nuestras cabezas. El ordenador se fundió en el acto.

Entonces el ser abrió los ojos y cobró vida. En ese momento se incorporó, con su poderoso cuerpo de culturista de 120 kilos de puro musculo, rompió las cadenas que lo sujetaban a la camilla como si el acero de las cadenas fuera de cartón.
– Nein – dijo el doctor – ¡Parrrra, es una ordeeeeen!

Pero el monstruo no obedecía orden alguna. El doctor Frankensgay me ordenó desconectar al monstruo con la aplicación de móvil que había creado en Viena. Pero con la tormenta habíamos perdido la cobertura, pues el móvil se había sobrecargado con la electricidad estática.
El monstruo estaba totalmente fuera de control, superempalmado y supercachondo.

Avanzó hacia el doctor y lo apartó de un pollazo, lanzándolo contra la pared y dejándole inconsciente. El monstruo me agarró con una de sus enormes manos y continué chupándosela. Era una polla enorme, no me cabía casi en la boca.

En ese momento, me dio la vuelta y comenzó a darme a lo bestia. Durante casi media hora mientras seguían cayendo rayos de tormenta alrededor, pude saber lo que era ser ensartado por 40 cm.
Con cada metida, mi próstata recibía una descarga eléctrica que me hacía sentir auténticos orgasmos, nunca me habían follado tan bien.

Cuando terminó, arrojó una enorme cantidad de leche, como para llenar una botella de al litro.

Tras todo aquello, yo estaba completamente agotado y vi cómo se marchaba el monstruo, atravesó la pared dejando un enorme boquete con su silueta. Quién sabe a dónde iría a parar con esa enorme cosa.

Así fue mi experiencia laboral más extraña que jamás había tenido. Nunca volví a ver al doctor Frankensgay, se dice que el parlamento europeo le retiró la subvención.