EL SECRETO DEL ALMACÉN

Abandono la sala de fitness del gimnasio como cada martes, después de realizar una buena sesión de espalda y piernas, voy directamente a darme una buena ducha cuando me encuentro con un monumental tío delante mío enjabonándose todo su torso esculpido a la perfección, intento disimular… pero la mirada se me escapa en varias ocasiones… y mi miembro empieza a aumentar de tamaño considerablemente, 22 centímetros nada más y nada menos.
El chico, un joven de veinte y pocos años, abandona la ducha y se dispone a cambiarse como voy a hacer yo, así que espero que baje la erección para acabarme de asear y ponerme en marcha.
Ha pasado media hora cuando salgo del gimnasio pero noto como sigo caliente y decido pasar por Boyberry ya que casualmente hoy es la fiesta joven y yo después de la tensión de la ducha del gimnasio debía destensarme.
Son las seis y media de la tarde en el momento en que entro al local y empiezo a ver la multitud de tíos en busca de su presa, aunque por el momento está todo muy tranquilo, “acechando”.
Veo dos hombres de mediana edad en un cuarto con la puerta abierta, esperando a organizar un trio o quién sabe lo que pueda pasar allí, luego un par de jóvenes morreándose enfrente del baño y decenas de transeúntes como hienas decididas a buscar su presa, hasta que, por fin, llega él: el monumento del gimnasio que vi en las duchas hace poco más de una hora.

Iba con la camiseta de Boyberry, era el nuevo camarero de la Young Party de Boyberry!
Empezó a preparar, con la ayuda del otro chico, la barra donde se serviría el cava y el bidón de hielo con las botellas; la fiesta justo prometía mucho.
Fui a por una copa de cava cuando él, con una sonrisa pícara y sonrojándose la cara, me la ofreció.

No sé sí se habría acordado de mí, de haberme visto o no en el gimnasio, pero la tensión de ese primer cruce de miradas fue más que palpable. Me di un par de vueltas por el local, pero no había nada que me interesase. Volví delante de él y le guiñé un ojo mientras cogía otra copita de cava y fui para abajo.

Media hora después no quedaba más cava en el bidón así que el camarero, cuando me vio, me dijo, casi susurrándome:
“espérame a bajo enfrente la puerta del almacén” que tengo que ir a coger más botellas”
Así que, sin dudarlo, bajé… y lo esperé.

Estaba al lado del cuarto oscuro, allí se encontraba la puerta del almacén, jamás había entrado, y reconozco que me picaba mucho la curiosidad.

En dos minutos llega él.

Tras devolverme el guiño de ojo que antes le había hecho, abre la puerta y me insta con un gesto a que le siga, así que no hay más que hablar, entramos y cierra la puerta con llave, por seguridad.
-“Me estoy jugando el puesto pero… reconozco que me puede el morbo, Boyberry es el templo del morbo y desde que te vi en el gimnasio y ahora aquí, el morbo es absoluto- me susurró él, ya medio comiéndome la oreja.
-Pues quédate muy tranquilo, lo que pase en este almacén, se queda en este almacén- le contesté yo, también entre lenguatones en su oreja.
Así que acerco su labio al mío y empezamos a besarnos como si no hubiese un mañana, parecía que el tiempo se había detenido en ese mismo instante, de repente se agacha y empieza a comérmela, empieza despacio por la cabeza y va siguiendo por todo el tronco hasta tener mis veintidós centímetros en toda la profundidad de su boca, empieza a succionar cada vez más y más rápido y yo caliente como un horno decido cambiar el turno y lo agarro de los brazos, lo levanto y me pongo yo de rodillas a comerle su jugoso rabo.

Cinco minutos después estábamos tan calientes que no podíamos aguantar más así que él se pone a cuatro patas a la espera de que lo envista, y así lo hago. Empiezo suavemente y poco a poco voy acelerando el ritmo hasta entrar en lo más profundo de ese culito depilado tan rico, todo un manjar para los sentidos.

La profunda respiración se hace latente y algunos gemidos empiezan a emitirse aunque le pongo la mano en la boca para silenciarlo y mantener la discreción…lo follo como si no hubiese un mañana, llegamos al momento más álgido del momento y él se vuelve a arrodillar ante mi rabo para ingerir toda la leche.

La explosión blanca dentro de su boca ha sido brutal así que el empieza a pajearse y yo arrodillado como el antes para recibir toda su leche de igual forma.
Que gran momento acaba de suceder en este almacén, el camarero tras besarme y tras limpiarnos coge la caja de cava que se dispone a subir a la planta de arriba y volver así a su puesto de trabajo.
Así que subo primeramente yo y espero arriba a ver qué es lo que sucede, en dos minutos que viene él con la caja de cava y posteriormente la gente sigue tomándoselo con total normalidad, me acerco para coger una última copa, me guiña el ojo y nos miramos con una total complicidad y morbosidad manteniendo el secreto del almacén y mostrando una naturalidad como si nada hubiese sucedido.


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