La corona roja

Una vez cruce el umbral de la puerta, cambiará todo. No he visitado nunca un lugar como este. A decir verdad, no estoy muy familiarizado con temas sexuales de este calibre. Con esto no quiero decir que sea una persona casta. Tengo 20 años, estoy en la flor de la vida, y mis feromonas estas en el “fuego” de la vida. Miro porno como cualquier otro, me masturbo lento, rápido, con cariño, lo más salvaje que puedo… He probado de correrme en muchos sitios de la casa: Habitación de mis padres, habitación de mi hermana, cocina, estudio… Cada cual tiene lo suyo, y me gusta. Me excita mucho correrme en un lugar “público”, sobre todo si luego no limpio la corrida (al menos en los dos primeros lugares que mencioné). Pero como has podido observar, para mí un lugar “público” es una estancia de mi casa en la que poder correrme, siempre y cuando no haya nadie.

Hoy es martes, y es día de “Apagón”. ¿Sabes a lo que me refiero, no? Hoy Boyberry apaga las luces y deja que la magia de las sombras penetre en todos los cuerpos que haya dentro. No sé cómo he llegado hasta aquí. Me considero un chico romántico, que busca un hombre que le dure toda la vida y todas esas cosas de color de rosa. Yo no pego ni con cola con Boyberry. Pero mi amigo, ya puedes deducir que también es gay, me dijo que tenía que probarlo, si o si. ¿Estoy haciendo bien en obedecer a mi amigo? Una vez cruce el umbral de la puerta, cambiará todo. No he visitado nunca un lugar como este, pero hoy llega el día.

El recibimiento es magnífico. Dos chicos con aspecto de semidioses esperan detrás de la barra para atenderme. Solo de verlos ya me dan ganas de correrme, y de que se corran ellos en mí. Hablo con ellos, y me explican un poco de que va el tema. Cosas sencillas, que supongo que ya debes saber. Antes de entrar, me dan una pulsera luminiscente de color verde. Mi primer pensamiento es que el color verde significa disponibilidad absoluta. Mi segundo pensamiento es que los chicos que he conocido quieren que me empotren de dos en dos. Mi tercer pensamiento es que me estoy montando demasiadas películas, y que no debo pedirles que me cambien la pulsera, ya que puedo parecer un niñato mimado si lo hago. Callo, me pongo la pulsera y espero que no haya repercusiones letales.

Es increíble cómo juegan los colores luminiscentes dentro de una sala a oscuras. No puedo llegar a contar cuantas pulseras hay en la sala. Se mueven de allí para allá, y algunas se funden formando colores que impactan a la vista. Permiten ver un trozo de la persona, o personas, que iluminan con su color, pero resulta ser un rastro fugaz. Me meto entre la masa caliente que crean los hombres. Puedo ver el brillo de varios ojos que se fijan en mí. Nunca había tenido el culo tan prieto, estoy empezando a sudar y me siento muy observado. El miedo juega conmigo y tengo ganas de salir corriendo, pero ya es demasiado tarde. La salida queda fuera del alcance, y juraría que si quiero acceder a ella, algo me retendrá dentro de la masa caliente. Solo me queda continuar. Algunas luces siguen el rastro de la mía. Me están siguiendo, me quieren a mí, y los dos sabemos para qué. Acelero un poco el paso y me pierdo en el laberinto lleno de cabinas y agujeros. Pero de repente, choco contra un chico. El impacto es tan brusco que casi me caigo al suelo, pero el contrario se da cuenta y me sujeta.

-Cuidado chico. No te lastimes aquí dentro, que esa no es tu tarea.

No puedo verle, pero el choque me ha permitido tocarle. Es grande, o al menos más grande que yo. Tiene un pecho descubierto, y es de escándalo. También he tocado algunos pelos en su ombligo. Puedo distinguir una barba que da calambre, y supongo que tiene una fuerza como un semental en celo. Al menos eso noto cuando me agarra de esa manera. Mi primer pensamiento es que, al igual que yo, el también me ha tocado. El segundo es que este chico es un playboy que se ha perdido por estos lares. Pero hay una cosa, solo una, que le diferencia al resto. El no lleva pulsera. En su lugar ha pedido una pulsera de más y las ha juntado de manera que le queda una corona en su cabeza. Una corona de color rojo que al mirarla te ciega. ¿Qué significa ese símbolo? ¿He “caído” en buenas manos?

-Avanza guapo, si es que puedes.

Miro hacia atrás para ver si puedo retroceder, y me doy cuenta de que todos esos colores que me seguían han desapareció. Su voy densa y masculina me obliga a avanzar, y espero que mi mente no me obligue a mirar hacia atrás de nuevo. Cuando puedo, me escondo en un rincón y respiro. Tengo una presión en la entrepierna después de este encuentro, que no se puede aguantar ni con la anestesia más fuerte. Me toco, y estoy un poco húmedo. Puede que un poco no sea muy correcto, ya que estoy llegando a mojar el pantalón.

Decido continuar por el laberinto y espero encontrar la salida sin salir lastimado, tal cual me han aconsejado hace dos segundos. Empiezo a pillarle el truco y cada vez estoy más seguro de encontrar la salida. Giro hacia la derecha para encontrarme con otro pasillo largo. Pero para mi sorpresa, en el centro del pasillo hay un hombretón de mucho cuidado. Pero mi mayor preocupación en este momento es que ese hombre lleva una corona roja en la cabeza. Tiene una luz muy tenue que resalta su forma, pero no puedo distinguir nada más. Sin dejar de mirarle, doy unos pasos hacia atrás. Luego decido que me debo dar la vuelta, y seguir en dirección contraria. Paso el pasillo del que vengo a ritmo acelerado, y espero encontrarme con otra bifurcación. Esta vez sí que miro hacia atrás, y si, me está siguiendo. Acelero un poco más, pero sin ningún resultado satisfactorio. Ante mis narices termina el pasillo, sin puertas y sin bifurcaciones posibles. Me giro y quedo de espaldas a la pared. Y acto seguido, llega con tal velocidad que roza su cuerpazo contra el mío. Noto su respiración acelerada y caliente sobre mi cara, lo que me asegura que es más grande que yo.

-La próxima vez, si quieres que no te siga nadie, quítate la pulsera. Eso deja rastro, y cualquier hombre puede seguirte fácilmente.

En ese momento me muero. Soy tan tonto, que no me doy cuenta de que todavía tengo el color verde en mi muñeca. Ahora entiendo porque me ha seguido sin problemas.

-Gracias por el consejo, pero creo que ya es tarde. Además, no sé si volveré a probar por aquí dentro.

De repente se separa. Oigo un “clic, clac” y de repente estoy iluminado por una pila. Me duele demasiado el contraste de la oscuridad con la luz, y no puedo evitar cerrar los ojos. Creía que eso estaba prohibido. Se supone que no hay luces aquí dentro, pero ya estoy expuesto a la suya. Apaga la luz y vuelve a pegarse a mí, y sin previo aviso, noto como pasa su mano por mi paquete.

– ¿Necesitas ayuda?

Todavía no ha quitado su mano, pero tampoco le pido que lo haga. Empieza a subir un poco. Me está escaneando con las manos, y me estoy poniendo como un burro en celo. No puedo evitar soltar un gemido, que intento reprimir con todas mis fuerzas.

– ¿Estás bien guapo?
-Sí, sí. Solo es que…
-Tranquilo guapo, si quieres paro de inmediato.

Suelta una carcajada, y no puedo evitar reírme yo también. Coge mi mano con la mano que tiene disponible, ya que aún no ha terminado de tocarme. Empieza a pasarla por su cara, baja por el cuello hasta llegar a los pezones. Poco a poco juega con sus manos y las mueve al mismo tiempo. Tiene gracia para esto, se nota que sabe lo que hace. Va bajando las manos, y llega un momento que para. Primero mete mi mano dentro de su calzoncillo. Suspiro con fuerza, ya que no puedo creer lo que estoy tocando. Vuelve a soltar una carcajada, y luego baja su mano por dentro de mi calzoncillo. En ese momento vuelvo a gemir, pero no puedo reprimirlo.

-Me tienes loco
– ¿Yo? Si yo no soy nada.
-Bueno… eso lo decide quien está tocando, ¿no?

Me coge las dos manos, las sube encima de mi cabeza, y las sujeta de tal manera que es imposible escapar.

-Un chico me comento que tengo que intentar salir sin ser lastimado de estas paredes.

No sé porque sale esta frase de mis labios, y al mismo tiempo me maldigo por ello.

-¿Quién te ha dicho a ti que vaya a hacerte daño?

Se tira hacia mí, y empieza a comerme el labio. Estoy en un momento que no puedo respirar, y si no lo hago será mi final. Pasa del labio al cuello, y luego a los pezones.

-Me estas poniendo malo- le digo.
-Esa es mi intención. Vuelve a reír. Aún sin soltarme las manos, me da la vuelta, quedando yo de espaldas a él. Me está lamiendo todo el cuerpo, y me está presionando con su cuerpo contra la pared. No sé cómo, utiliza sus piernas para separar las mías. Quedo con las piernas abiertas y sujetas por las suyas.

Me pongo nervioso sin querer e intento librarme de sus manos, sin conseguir nada.
– ¿Estás bien guapo?
Noto como poco a poco la presión de sus manos disminuye hasta que quedan libres.
– Lo siento, no quería hacer eso.
– Contesta a mi pregunta
– Estoy bien

Cojo una mano suya, y me la llevo al botón del pantalón. Él lo entiende a la primera y lo desabrocha. Me baja el pantalón sin pensárselo y cuando me doy cuenta, ya vuelvo a tener mis manos sujetas por las suyas.

-Guapo, dime que si, y haré lo que quieras. Dime que no, y pararé
-Me has dicho que tenía que salir ileso y que no me harías daño, pero te doy mi permiso. Te digo que sí.

Prepara mi terreno, que en breves será suyo. Suspiro muy fuerte, y voy al ritmo de su corazón, que aseguro que es corazón de semental en celo. Mete su gran polla en mi culo, y la noto a cada centímetro. Duele, pero lo hace bien. Me está dando suave y con cariño. Pensaba que no sería así, al menos el no da esa impresión. Suelta una de sus manos, pero con una puede sujetar mis manos perfectamente. La otra la pone en mi polla y empieza a pajearme. Estoy en una nube. No puedo evitar gemir.

-No gimas cabrón, que me descontrolo.

¿Cómo evitar gemir? Que me lo explique. Noto como empieza a sudar y le sube la temperatura muy rápido. Empieza a acelerar por los dos lados. Ahora sí que me hace daño. Mis gemidos de placer se mezclan con los de dolor, pero no me sale ni una palabra de la boca. Ha perdido el control. El hombre al que he conocido se ha convertido en una bestia, una bestia que no puedo controlar de ninguna manera.

-Para, para. Me estoy corriendo

Tan rápido le digo eso, me da la vuelta y se agacha. Empieza a masturbarme y se la mete entera en su boca, por no decir en su garganta. Me corro en su boca y creo que ha sido la mejor corrida de mi vida. Noto su succión, y si tiro puede que pierda la polla.

-¿Tu quieres?
-A tu elección.

Empieza a masturbarse, solo unas pocas manchadas, y empieza a gemir. Se corre en mi pecho, me coge en brazos y me aprieta contra el suyo. Su semen corre por nuestros pechos y me aprieta tanto que llega un momento que me ahoga.

-¿Estás bien?- Me susurra al oído,
-Tranquilo, estoy bien.
-¿No sabes porque lo digo no?

Me suelta, y de repente vuelve a encender su linterna. Tiene un poco de sangre en las manos, y luego veo que es mía, que estoy sangrando. Creo que me desmayo, pero no lo hago.
-Estoy bien.
Me da la linterna, y no lo pienso dos veces. Los chicos de la entrada eran semidioses, el es un Dios de arriba abajo. Me contengo, pero caigo a sus pies. Me coge, me viste y me sube en brazos. Me pone su corona en mi cabeza.
-Te la has ganado chaval. Pocos aguantan eso.

Estoy en sus brazos, y mis músculos ya no están contraídos. Estoy relajado y me siento muy bien. Me lleva directo a la puerta.
-Supongo que no quieres entrar de nuevo, ¿no?
-Mejor me salgo, sí.

Me coge mi pulsera verde, pero eso no significa que ahora no de tanto miedo.

-Oye, ¿Cómo te llamas? ¿Dónde puedo encontrarte? ¿No tomas algo conmigo?
-Vuelve al próximo apagón. Yo estaré aquí, y esa vez, tú llevarás las riendas. Te lo juro. Trae tu corona, ¿vale?

Me da un último beso en el cuello y me susurra: -Me encantas.
Después de eso, desaparece en la oscuridad, y no puedo evitar pensar en Batman. Los chicos de la barra se me quedan mirando, yo asiento con la cabeza dejando a la vista la corona roja.
Poca cosa más te puedo contar de ese día. Solo te puedo asegurar que estoy esperando con muchas ganas el siguiente apagón.