Me creía el dueño de todo…

Me creía el dueño de todo.
Tal era la sensación de triunfo que me acompañaba desde el momento en que pise aquel maravilloso piso, situado en pleno centro de Madrid, que no podía hacer otra cosa que pasearme por él como si siempre hubiera sido mío.
Mi nombre es Alessandro. Contaba con 23 años por aquel entonces, cuando, después de un sinfín de papeleos y un montón de trámites que nunca parecían suficientes, conseguí aquella beca que me permitiría vivir un año entero en España. Dicen que tuve suerte. Al parecer, no era fácil hacerse con un piso de estudiantes a tan buen precio en una zona como aquella, y mucho menos con el asombroso patio con piscina del que aún se podía disfrutar.
Septiembre a mediados, aun con el suficiente calor como para darse algún que otro chapuzón en la piscina de casa, pasaba las tardes muertas tumbado en la hamaca y absorbiendo el poco sol que, no obstante, cada vez se retiraba más temprano.
Mis compañeras de piso, con las que acabé cultivando una estupenda amistad, no solían parar mucho en casa, así es que no me quedaba otra que entretenerme con cualquier cosa en la más apacible soledad. No me preocupaba esa circunstancia. Pronto comenzarían las clases de la universidad, y ya tendría tiempo de conocer gente, hacer amistad con mis compañeros y, por qué no, llevarlos a conocer la piscina de la que ahora solo yo hacía uso.
El patio no era común. Nos pertenecía a nosotros porque vivíamos en el bajo. Daba a la parte interior de las urbanizaciones colindantes. Desde ahí, mis únicas vistas eran los tendederos de las otras viviendas y las ventanas interiores desde las que alguna vez pillé a alguna vecina indiscreta cotilleando, tratando de averiguar qué tipo de gente habitaba ahora el bajo C, siempre alquilado a estudiantes y trabajadores de joven apariencia.
No me importaba que me mirasen. Siempre he sido un poco exhibicionista, en el buen sentido de la palabra. Me refiero a que disfrutaba que otros admirasen mi cuerpo, ciertamente esculpido por el trabajo en el gimnasio de mi ciudad natal, y por mi afición a la natación. Pero la cosa nunca había pasado de ahí.
Por eso me sorprendió lo que ocurrió en mi segunda semana en Madrid.
Una mañana en la que hacía bastante calor, a pesar de la proximidad del mes de octubre, quise aprovechar para tomar el sol. Estaba allí, tumbado, después de un baño rápido para espabilarme, cuando vi que alguien me miraba, un par de pisos por encima. Se trataba de un joven, debía tener mi edad, rubio con el pelo lacio. Aquellos bloques estaban llenos de estudiantes, así que supuse que debía tratarse de uno de ellos.
Me di cuenta de que no dejaba de mirarme. Le devolví la mirada, fijamente, y él siguió tendiendo, que es para lo que había salido en un principio. Yo, a pesar del poco interés que tenía en la mirada de cualquier persona del sexo masculino, me sentí un poco halagado. Era la misma sensación que experimentaba cuando otros chicos se quedaban mirando mi cuerpo en los vestuarios del gimnasio. Así que dejé que me mirase, pero cuando quise comprobar si seguía ahí, el chico había desaparecido, y su ventana volvía a estar cerrada.
Aquella noche salí a dar un paseo por la zona. Me entretuve en perderme por aquellas calles ocultas tas la magnificencia de la Gran Vía. En un momento dado me crucé con un chico al que me pareció reconocer. Era rubio, con el pelo hacia abajo y una mirada intensa que no me pasó desapercibida. Se encontraba en la puerta de un gran bar que destacaba por el color verde luminoso que lo adornaba. Pero no fue la única vez que lo vi. Un par de horas después, cuando volvía a casa después de haber caminado hasta el Retiro y haber vuelto disfrutando de las luces de Cibeles, me crucé con él en el portal de casa. No me cupo duda. Era mi vecino, el chico que me había estado “espiando” desde la ventana.
Volví a verlo algunas veces más, saliendo a la calle, abriendo el buzón, esperando al ascensor (yo nunca lo cogía porque vivía en el bajo). Al final fue inevitable cruzar alguna palabra.
– ¿Qué tal? – me dijo un día en el rellano.
– Bien, tío. Aprovechando los días que aún quedan de sol para salir a pasear.
Lo típico. Recurrí al tiempo a falta de otro tema de conversación recurrente.
Me dijo que se llamaba Nico, y que estudiaba también por allí. Era su segundo año en aquel piso. Y entonces me dijo algo:
– Vaya una suerte has tenido. Con ese patio.
– ¿te gusta? Nosotros estamos muy contentos.
– Es lógico – respondió – Yo llevo aquí un año. El año pasado había una pareja joven que trabajaba en un restaurante. Quise estar pendiente para alquilarlo yo cuando ellos se marchasen. Lo que pasa es que, al llegar el verano, volví a mi pueblo, y cuando volví hace unas semanas, vi que ya estabais tus compañeras y tú. Os habéis adelantado – dijo riendo.
– Bueno, pues entonces puedes venir cuando quieras. – ofrecí amablemente – Pero más te vale darte prisa, porque pronto habrá que dejar de usar la piscina.
Nico me tomó la palabra. Y acordamos que esa tarde se vendría a casa a merendar.
Me contó que él tampoco conocía a mucha gente por allí. Los inquilinos de los demás pisos se habían marchado. Él era el único que repetía, así que estaba un poco solo.
– El caso es que me sonaba tu cara – dije mientras preparábamos unos bocadillos y salíamos a la terraza – El otro día te vi en la calle, en la puerta de un garito. El “boybar” o algo así.
– Boyberry se llama.
– Ah, no conozco muchos garitos por aquí. ¿Ese está bien?
– No está nada mal – me dijo, tratando de disimular una sonrisilla que no supe interpretar en ese momento.
Nos dimos un baño, aunque no tardamos en salir, helados de frío. El cambio de temperatura se empezaba a notar. Acabamos en el salón viendo la tele, y yo me quedé dormido. Desperté de pronto, sobresaltado. Y como suele pasar al salir de un sueño, tenía una erección. Caí en la cuenta de que no estaba solo y traté de disimularla, pero no pude evitar fijarme en Nico para ver si se había dado cuenta. Y cuál fue mi sorpresa al descubrir que me estaba mirando fijamente el paquete.
No sé quién se sobresaltó más: él, temiendo que lo hubiese pillado, o yo, al darme cuenta de que me habían visto empalmado. Poco rato después, Nico se marchó. Era la hora de cenar. Por cortesía, le ofrecí quedarse a comer algo, pero él declinó la oferta, ruborizado aún.
No le quise dar más vueltas, aunque reconozco que no lo conseguí. Nunca antes me había pasado algo así, tan poca cosa, pero tan extraño a la vez. Yo, heterosexual desde siempre, jamás me había visto en la situación de que alguien que no fuese una mujer me mirase el pene erecto, aunque fuese a través del pantalón.
A ver, si contaba con las típicas bromas entre colegas, cuando siendo adolescentes hablábamos de mujeres y nos poníamos cachondos, y alguno señalaba los pantalones de los demás y hacía referencia a los bultos que se adivinaban debajo. Pero esto era diferente. Nico parecía disfrutar de sus vistas mientras yo dormía.
Un par de días después, las cosas fueron a más. Habían anunciado las primeras lluvias, así que quise aprovechar los últimos días de buen tiempo. Me tumbé en el patio, como de costumbre. La mayoría de las persianas estaban bajadas. Nadia podría verme, a excepción de alguien a quien pude ver atento. No sé qué me llevó a hacer lo que hice.
Me quité el bañador y me envolví en la toalla, dejándola convenientemente abierta por la zona justa. Nico no tardó en asomarse a la ventana, pensando que yo no lo vería. Entonces lo miré. Fui rápido, para evitar que él se escondiese, pero no parecía tener esa intención.
– Buenos días – me dijo desde arriba.
– Baja – fue mi única respuesta.
Unos minutos después sonó el timbre. Recibí a Nico envuelto en la toalla. Él parecía contento de verme así, aunque pude ver en su expresión cierta timidez. Corría el riesgo de estar equivocándose conmigo, aunque no tardé en dejarle claro que no tenía nada que temer, quitándome la toalla y dejándola caer. Lo que él no sabía es que había vuelto a colocarme los calzoncillos que antes me había quitado. Ahora, si quería volver a ver lo que había debajo, se lo tendría que ganar. Lo invité a pasar.
Un rato después, los dos en el patio, lo invité a ponerse cómodo. Yo no me atrevía a volver a desnudarme, aunque sabía que quería hacerlo, no sé muy bien por qué. Me daba morbo saber que aquel chaval de mi edad sentía atracción por mi pene, aquel que ahora crecía por momentos ante esa perspectiva. Me rasqué el paquete un par de veces, y él no se cortó en mirarme detenidamente. Al final le dije:
– ¿Qué es lo que quieres?
– Yo… nada – dijo con timidez. Pensaría que yo me iba a enfadar. Así que insistí, agarrándome el pene con fuerza.
– ¿Es esto lo que quieres?
Nico enmudeció. Me puse en pie y abandoné el patio.
– Ven aquí.
Él me siguió. Cuando entró, yo lo esperaba en el salón, a sabiendas de que mis compañeras no aparecerían en toda la tarde. Me había quitado los calzoncillos, y lo esperaba con la polla morcillona, ligeramente inclinada, gordita, con el vello recortado cuidadosamente. Nico, que debía haber estado deseando este momento, no vio necesario hacer preguntas. Se puso frente a mí y se sentó en el sofá, quedando su boca a la altura de mis partes íntimas, las que ahora le ofrecía en bandeja. No tardó en deslizar su lengua por los alrededores de mi ombligo, haciendo gemir por la suavidad con la que lo hacía. Lentamente descendió hasta que se la metió en la boca. Me ponía mucho eso de notar como mi polla crecía poco a poco en el interior de su boca caliente. No eran muchas las chicas que se prestaban a hacer algo así.
Nico disfrutaba. A medida que crecía mi calentura, me movía con más y más énfasis, arremetiendo contra su boca con energía. Él parecía tener práctica, pues no se atragantó más que un par de veces, por culpa de mi exagerado movimiento. Hacía cosas con la lengua que no habría podido imaginar. Al ritmo de mis embestidas, rodeaba mi glande con su lengua en un masaje que me volvía loco.
Nico puso las manos sobre mis nalgas, cosa que al principio no me agradó. Pero luego comprendí que un hombre me la estaba chupando ¿Qué importaba ya que me tocara el culo? Lo que hice fue dejar que él llevara el control de la mamada, y así, con sus manos en mi culo, lo dejé tirar de mí, aprisionando mi pene en su boca a su antojo. Yo gemía, tratando de no gritar demasiado. Aquello era fabuloso.
En un momento dado reparé en su bañador. Nico estaba empalmado, y un cerco húmedo se adivinaba en el lugar donde debía estar la cabeza de su pene. Sentí curiosidad por verlo. No es que me gustasen los hombres, pero aquello tenía algo de especial. Me estaba dejando mamar por un muchacho, alguien como yo, y me parecía cuanto menos oportuno dejar que él también disfrutase. Así que cambié de postura y me senté a su lado. Sin preguntar, le bajé el bañador. Él se dejó, satisfecho al ver mis reacciones. No obstante, Nico debió suponer que yo no era gay, al menos hasta ese momento, así que no me forzó a nada. Coloqué mi mano sobre su larga polla (era muy parecida a la mía; no muy gorda, pero de una longitud más que suficiente, clara y sin exceso de vello) y lo pajeé, igual que hacía conmigo mismo. Él, empezando a jadear por momentos, se recostó de nuevo sobre mi aparato y volvió a succionarlo mientras yo lo masturbaba.
De pronto, ese cosquilleo. Creo que fue él quien lo notó primero. Se iba a correr, y por eso, comenzó a lamer y succionar con más intensidad mi caliente pene. No pude aguantar mucho más que él. Mi mano se inundó con el esperma de Nico y antes de que pudiera avisarlo, me corrí en su boca. Nico no parecía enfadado. Muy por el contrario, bastante orgulloso de haberme hecho correrme de aquella manera bestial. Descubrí que no me daba asco su lefa en mi mano.
– ¿Qué tal? – me preguntó, sonriendo.
– Uff, interesante – se me ocurrió decir.
Fui a lavarme un poco y volví al salón. Nico ya estaba vestido.
– Bueno – le dije –, no voy a decirte lo típico. No te voy a decir que esto no se lo cuentes a nadie. No me importa lo que piensen, pero quiero que sepas que siempre he sido hetero, y que esto ha sido algo nuevo para mí. Me ha gustado, y no quiero cerrarme a… bueno, no sé, ¿quién sabe lo que pueda pasar? Somos amigos, ¿no?
Nico me miró, con una sonrisa pícara que no delataba nada bueno. Entonces me dijo:
– ¿Te apetece salir a dar una vuelta?
– Sí, vamos.
Ya en la calle, me preguntó.
– ¿Te has quedado con ganas de más?
– Siempre tengo ganas de más. Somos jóvenes.
– Pues por eso, vamos a una “fiesta joven”.
– ¿Fiestas ahora? ¿Un martes, tan temprano?
No respondió. Lo comprendí todo cuando se detuvo frente a un lugar que conocía. Un lugar que hacía esquina, con dos pisos y lleno de cortinas verdes y luces fluorescentes del mismo color.
– ¿Boyberry? – pregunté.
– Prepárate. Aún no sabes todo lo que soy capaz de hacerte.
Sonreí, morboso. Mi pantalón volvía a despertar, y, si eso ocurría, no quería que me pillase en la calle.
Era martes, y anochecía.