Viernes de esclavitud

Cruzar la calle Desengaño con el rabo como una piedra empodera. Siempre me pasa igual: paso a diario por esa calle para ir a mi casa después de trabajar y con solo mirar por el cristal del local se me pone dura. Al girar la esquina, bajo por la calle Valverde mientras varias personas ven como se me marca el rabo mientras camino. Los viernes no, los viernes toca “noche de rabos” en Boyberry. Es fantastico. Después de toda la semana perdiendo el tiempo en Grindr y seleccionando rabos para mi garganta, en este local puedo tragarme todo lo que quiera sin tener que estar media hora hablando de mi vida con cualquiera. Parece que la clandestinidad que se crean entre las cabinas y los glorys nos vuelve a todos más primarios, no pudiendo intercambiar más que gemidos o un “traga”, “sigue”, “fóllame”.

Los viernes, después de trabajar, voy siempre al gimnasio. Después, sin ducharme, voy a Boyberry. Ahora os contaré por qué. Hacía calor ese día e iba con poca ropa, la verdad: los shorts del gym, sin gayumbos, camiseta azul de tirantes, deportivas y calcetos blancos super altos. Me pone muchísimo verme en el gimnasio con estas pintas, sentado en cualquier aparato con el rabo suelto y sudado.

Ya con mi cerveza en la mano, decido ir a darme un paseo por la zona baja del local. Allí, me siento en la zona más oscura de la bóveda y miro qué tipo de gente hay.
Termino mi bebida, es la hora se subirse a los glorys. Espero a que quede libre la cabina central y me encierro en ella. Por fin estoy aquí. Me arrodillo y miro qué tipo de gente hay al otro lado de cada agujero, pero, en uno de ellos, ya veo un rabo negro enorme asomando. Conozco perfectamente ese rabo: es el rabo de un chico joven cubano que viene casi todos los viernes a que le ordeñen. Me acerco a ese pedazo de polla. La cojo de la base y saco los huevos por el agujero para metérmelos en la boca mientras los huelo. Me encanta como huele siempre su polla. Me meto lentamente su capullo en mi boca mientras, arrodillado en el suelo, me saco el rabo por una pernera del short. Ya tengo su rabo en mi garganta. Me lo meto y saco lentamente, mientras noto como le dan espasmos del placer. A la vez, el olor del sudor de mi polla sube hasta mí y me pongo más cerdo aún, aumento la velocidad y, bruscamente, dejo su rabo en mi garganta por unos segundos, hasta que me dan varias arcadas y lo saco, lleno de babas. Limpio esas babas con mi lengua y noto como aleja su rabo. Ahora es él el que se ha arrodillado. Entonces me levanto yo y meto mi polla, chorreando, dentro del agujero y empieza a tragársela.

Este chico y yo tenemos algo en común, tenemos un rabo demasiado grande y gordo. Para él es perfecto, porque es activo y tiene todos los culazos que quiera a su disposición, pero para mí no tanto, porque solo soy pasivo, por lo que me toca esperar a encontrar activos mamones como él. Aún así no me quejo, me encanta comer rabos.

Cuando estoy a punto de correrme saco el rabo del agujero y me arrodillo yo. Me encuentro con su cara al otro lado, chorreando de babas. Nos morreamos. Me coge de la barbilla, me dice que abra la boca y me escupe. Yo gimo como una auténtica puta. Él se ríe y me dice que le abra la puerta. Se pone de pie, se guarda el rabo, aún duro, y sale hacia mi cabina.

Yo ya sé lo que tengo que hacer, no es la primera vez. Este chico que tanto se parece a mí es mi amo. Hace un año que soy solo suyo cada vez que entro a Boyberry y está él por ahí. Cuando oigo que ha dejado su cabina hago lo que sé que le encanta: abro el pestillo de mi cabina, me bajo los shorts hasta los tobillos y me pongo con el culo em pompa hacia la puerta, mientras asomo la cabeza por otro agujero en busca de otro rabo.

Mientras me estoy comiendo lentamente otro rabo enorme mis oídos me dicen lo que está pasando detrás de mí. Entra y cierra el pestillo, noto como rodea mi culazo, sudado de hacer glúteos en el gym, con sus enormes manos y le da dos azotes que lo dejan rojo. Le encanta ser bruto, y sabe que a mí también me encanta. Después, tira de mi culo hacia él, consiguiendo que se me salga el rabo que me estoy tragando de la boca y me da la vuelta. Me coge del cuello, no puedo respirar, me escupe y me empuja contra una de las paredes de la cabina.

“Esta semana fue tu cumpleaños, ¿no?”. Se había acordado, le asiento porque no puedo hablar sin su permiso. Entonces, se mete la mano en el bolsillo del pantalón y saca algo. Me lo pone en la cara y me dice que lo huela. Huele a sudor, a su sudor. “Ahora ya puedes devolverme los que llevas puestos, tienes nueva tarea”. Por eso venía sin ducharme del gym. Sus órdenes, cuando nos conocimos, fueron muy claras: los viernes que fuera a Boyberry debía ir antes al gym y sudar los shorts que él me comprara y sudara él antes. Después debía entregárselos bien currados cuando me diese unos nuevos que trabajarme.

Se arrodilló y, mientras olía mi rabo sudado y saboreaba mis huevos, me quitó los shorts que llevaba y me puso los nuevos. Yo me puse aún más cerdo. “Fóllame”, le dije. Se puso muy serio, se levantó y volvió a escupirme en la cara y a cogerme del cuello. Había hablado sin su permiso, y sabía cuál era el castigo.

Me volvió a dar la vuelta, sacó un condón y escupió sobre mi culo. No me dio tiempo a meter a quejarme. Sentí cómo su enorme rabo negro entraba en mi culo, cómo no estaba lo suficientemente dilatado y lo iba desgarrando a medida que lo iba metiendo más y más, hasta que sentí sus huevos ardiendo pegados a los míos. Había metido toda su polla dentro de mi culazo sin pensárselo, en menos tiempo de lo que tardó en ponerse el condón. Cuando noté la base de su polla tocando mi culo grité, grité varias veces de dolor y placer, pero me tapó la boca. Hablar estaba prohibido.

Entonces, empezó a follarme. Me encanta que me folle sin preguntarme si me gusta o me duele, me encanta que sea egoísta y solo piense en destrozarme el culo hasta que no pueda más y me llene la boca de lefa. Yo solo sentía cómo me estaba destrozando el culo, y cómo algo me escurría por las piernas. Probablemente sería sangre, siempre que mi amo me folla me hace sangrar, pero me gusta, me gusta sentirme propiedad suya y que no me pregunta ni pida permiso para nada.

Cuando ya creía que su mano no podría silenciar los gritos de placer que estaba dando, sacó de golpe su enorme rabo de mi culo, me azotó y dijo: “de rodillas, ojos cerrados”. Yo obedecí, abrí la boca, pero él me la cerró y me sujetó de la barbilla para colocarme la cara como él prefería. Empezó a resoplar y a gemir muy profundo, hasta que dijo “¡joder!”. Fue entonces cuando sentí cómo caían sobre toda mi cara varios chorros de lefa, muy caliente y espesa, y cómo él los iba restregando con su propio rabo. Después abrió mi boca y metió ese rabo enorme, aún erecto, hasta mi garganta para descargar las últimas gotas. Yo tragué, sin decir nada, solo obedeciendo.

Había sido un buen esclavo aquella noche. Me cogió de las muñecas y me puso de pie, frente a él. Nos besamos. “Felicidades”, me dijo, “hasta el viernes que viene, tienes tarea pendiente”. Cogió los shorts que me acababa de quitar, los olió, se los metió en un bolsillo del pantalón y salió de la cabina, dejándome dentro de la cabina, con las piernas chorreando de sangre desde mi culo, y la cara llena de lefa. ¿Entendéis ahora por qué los viernes salgo sin duchar del gimnasio?