Vuelve muchas veces y tómame en la noche

“Vuelve muchas veces y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan…” —C.P. Cavafis

Justo cuando estoy a punto de correrme, su imagen aparece en mi cabeza. Cierro los ojos esperando un placer puro, pero es su rostro lo que veo en la oscuridad: como me vio tantas noches, como nos vimos el uno al otro, como nos descubrimos secretos que nos cambiaban para siempre. Pero hoy, todo es diferente. Todo resultó tan diferente de lo esperado, así que cuando esto sucede, cuando estoy con alguien follando y es a él a quien veo en pleno orgasmo, me siento perdido, asediado por un fantasma personal. Lo que pasó entre nosotros fue triste, pero estos recuerdos son producto de nostalgia, sin ninguna conexión con mi yo presente, o al menos es lo que digo para consolarme. No sé de dónde parten ni hacia dónde van, sólo sé que si veo a un hombre en la barra, lo veo a él, guiñándome un ojo. Así que cuando se acercan, mirándome con deseo, yo bajo la mirada. Por supuesto, siento la erección crecer y aunque ese hombre me toque por encima y no haya duda de que quiere algo conmigo en ese momento, no puedo evitar encogerme en un suspiro, entre el placer y el temor. Sé que si los sigo, si me arrodillo en el baño a mamársela a algún hombre cuyo nombre desconozca, será él, será su pene, exactamente como era el suyo entonces, como yo lo recuerdo. No muy grande y un poco delgado, con un pelo púbico rubio, pero bonito, bonito para mí, perfecto para mi boca, para mi lengua que pasaba por debajo del glande hasta llegar a sus huevos. Y hoy en día no me atrevería a decir que él lo era todo, pero en su momento lo pensé, lo sentí. No era una simple obsesión: era un amor callado y miserable que buscaba salida. Y cuando voy a Boyberry a que me follen, lo único que quiero es que sea él quien me penetre, quien escupa en mi culo y me pregunte si quiero sentirlo dentro, quien no espere a que yo esté listo para penetrarme con fuerza, quien se corra dentro de mí con un grito de placer callado, de placer avergonzado. Lo único que quiero es volver a sentir sus manos sobre mí, las manos que no pueden absorberme pero que lo intentan, mi sudor y mis feromonas que aspira en mi espalda y mi pecho y mis axilas y mi entrepierna. Quiero buscar sus ojos y con los míos decirle la verdad de lo que siento por él. Pero sé que si pasara, él no se atrevería a sostenerme esa mirada, que el tacto sería apenas el necesario, que lo único que sentiría por mí es ese deseo loco e incontrolable que su novia no le daba. Él sabía que si me lo hubiera pedido yo mamaría su polla hasta correrse en mi cara, sabía que quería sentir su semen caliente en mis cachetes y mi lengua, que me agarrara del pelo con fuerza y me follara la garganta hasta sentir arcadas. Él sabía que me habría puesto a su disposición, a cuatro patas o sobre mi espalda, con mi culo esperando ansioso a su pene. Él sabía que yo no le hubiera pedido nunca nada a cambio, ni que esperara a que me corriera o que me diera besos probando un poco de cariño. Él sabía que yo estaría ahí, cualquier noche en que nos cansáramos de estudiar, para sostener su pene por debajo de la mesa, para agacharme a olerlo, admirarlo y saborearlo. Y él se reiría de mí por lo mucho que lo deseo, me diría que sólo es sexo, sin saber que para mí el sexo lo es todo: sentir cada grieta, cada pelo, dejar que alguien te toque, que alguien te manche con su saliva, hasta hacernos tan pequeños que cupiéramos en nosotros mismos. También sabía que no hablaría, que no diría nada a nadie, porque la vergüenza era compartida, lo único que realmente fue de los dos. En público éramos amigos de gran confianza, pero en privado nos desconocíamos, pues yo me convertía en la puta que él quería que fuera. Y en verdad todo esto pertenece a un pasado ajeno a mí, a hipotéticas oportunidades perdidas.

Si fuerzo mi memoria, lo puedo recordar. El recuerdo de lo que realmente pasó entre nosotros. Pero lo cierto es que ya no confío en ese recuerdo y busco cambiarlo. También existe la parte de mí que preferiría olvidarlo todo. Entonces me decido a eso y seguir adelante. Pero a veces gana la melancolía del momento, del placer enloquecido, sobretodo cuando estoy con algún hombre en Boyberry. Oliendo su sudor mientras observo otros hombres que quiero que se parezcan a él, invitándolos a que se nos unan, porque uno nunca es suficiente para proteger mi memoria. Si estoy en algún cuarto oscuro y siento algunas manos tocándome por encima, rebuscando por dentro, una mano ansiosa que agarra mi pene, me lo imagino, a él y a nadie más. Y quisiera poder besarlo, pegar sus labios a los míos, hacer ese ruido tan obvio, sentir su lengua contra mí, primero con un poco de vergüenza, saliendo de mi boca para entrar en la suya y al momento de tocar algo retirarla, esperando a que él responda y en cuanto sienta la suya dejarme llevar por la sangre, por el deseo. Y que no me importe compartir besos con nadie más, porque cada hombre en este lugar que se acerque a mí lo compartirá conmigo, sabrán a lo que sabe su boca, sabrán si ha bebido cerveza o si ha fumado. Y mientras más manos me toquen y me bajen los pantalones y acaricien mi culo buscando humedecer mi ano, mientras alguien se arrodille frente a mí para mamármela, me agarre fuerte de las nalgas y se meta mi pene entero sin mucho esfuerzo, será él el que lo haga. Serán sus labios los que sentiré alrededor de mí, será su lengua jugando con mi glande y mi prepucio haciéndome cosquillas, mientras su boca húmeda crea una especie de vacío y su movimiento constante y rápido y un poco brusco que por momentos quiere doler se convierte en una presión necesaria, adecuada para sentir mis piernas frágiles. Será él el que me dirá al oído que me quiere follar, que me quiere rellenar, que me quiere usar, que mi culo es perfecto, caliente y húmedo. Y yo seré feliz, porque en esos momentos de mayor placer lo sentiré cerca de mí. Sentiré que habrá verdad en sus palabras. En la oscuridad, en mi imaginación, en la polla de un desconocido que me penetra con violencia mientras me aplasta contra la pared, mientras me pellizca mis pezones. Y cuando el hombre anónimo me pida que sea yo el que lo folle, será él permitiéndome entrar por primera vez. Entonces le chuparé su culo y lo dilataré, porque no quiero que sufra, sino que disfrute de mí tratando de capturar su esencia. Y morderé sus nalgas, le preguntaré si le gusta y si quiere que lo folle y cuando diga que sí, cuando me lo pida con un suspiro de pasión, presionaré mi pene en su culo y escucharé sus gemidos y me emocionaré más y más hasta penetrarlo por completo. Besaré sus orejas, le haré cosquillas y disfrutaré de la estrechez de su culo virgen. Y tal vez me pida que la saque, pero yo no lo haré, sólo pararé un segundo y aprovecharé para besarle el cuello y decirle que lo amo. Y él no me rechazará, porque en este mundo de oscuridad él es mío y yo soy suyo y no existe la vergüenza, solo el placer que encuentro en su compañía, su placer que nutre el mío. Alguien grita y se corre dentro de mí, mientras yo me corro en la boca de alguien más y su rostro se desvanece. Quedan cuerpos usados, cuyos nombres no me importan. Luego vienen las sensaciones de suciedad, las ganas de irme a casa y bañarme. Y aunque más tarde me masturbaré otra vez con su imagen en mi cabeza, mientras me meto algún dedo por mi culo todavía dilatado y húmedo, ya no será lo mismo, pues ya no existirá esa oscuridad capaz de transportarme. Será solo una corrida de nostalgia, una corrida que no refleje más que mi caótica obsesión por un pasado que no existió. Y por más que quiero aprehender su imagen, la realidad me exige admitir que sólo unos jugueteos juveniles compartimos, unas miradas en el baño, unas pajas en camas separadas, unos roces en la piscina, tan sólo una amistad que nunca se atrevió a ser algo más. Pero como ya he dicho, no confío realmente en ese recuerdo


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