Boyberry Fried Chicken

A las 20:34, Óscar abrió súbitamente los ojos y recordó que le había prometido a Diego pasar por el Mercadona y comprar varias bandejas de pechuga de pollo fileteada.
Sin dejar de succionar el pene de grandes dimensiones que le ofrecía aquél gimiente desconocido ante el que llevaba sus buenos diez minutos arrodillado, levantó la muñeca izquierda para consultar el reloj. Aún tenía un ratito para entretenerse, aunque no mucho.
Al ver que Oscar se distraía con el gesto, el desconocido reivindicó su presencia en aquella cálida garganta aumentando el ritmo con el que la penetraba y propinando al joven una tierna pero firme bofetada en la mejilla derecha.
Óscar gimió de puro éxtasis. Genial. Ahora que empezaba a hacerse tarde, aquél señor había decidido darle su merecido. Temió que le cerrasen el supermercado, pero no opuso resistencia cuando notó cómo le agarraba la cabeza con ambas manos y se instalaba unos centímetros más profundamente en su faringe. Como parte del juego, Óscar fingió forcejear un poco, pero no demasiado, entre gemidos ahogados y ligeramente lastimeros. Debió de funcionar, porque notó como el rabo se ponía aún más duro y le presionaba el paladar. Aguantó la respiración y se inclinó hacia adelante, devorándolo hasta que notó el cosquilleo del vello púbico en su nariz.
Unos segundos después, él le dejó ir y Óscar se separó rápidamente de aquél poderoso cimbrel entre sonoros jadeos, que pasaron desapercibidos para la multitud de chicos que se habían congregado en el boyberry para dedicarse a similares quehaceres.
El hombre se agarró el falo y lo presionó desde la base hacia el glande con suavidad para expulsar una perla de líquido pre-seminal. A Óscar le brillaron los ojos ante aquél inesperado tesoro, que saboreó con sutiles lametones. Hizo ademán de volver a la faena, pero se detuvo y miró hacia arriba mientras besaba el pubis y el ombligo que tenía ante sí. Creyó entonces intuir una sonrisa malévola en el rostro que le devolvía la mirada como un desafío, mientras la ingente polla seguía a lo suyo, mojando su cuello con más líquido pre-seminal.
El hombre era alto, de tez pálida y debía de ser rubio o pelirrojo, con una espesa barba. Probablemente inglés o irlandés. Harry. Precum Harry. Óscar sonrió ante aquella mediocre ocurrencia de millennial, pero su sonrisa se deformó cuando el desconocido agarró su miembro y se lo restregó por los labios. Lo hizo con tanta suavidad que parecía que aquél pene le estaba lamiendo a él, y no al revés. Incluso llegó a sentirse conmovido por la ternura con la que le untaba el rostro con más de aquél precum. Pese a no contar con ninguna evidencia real, estaba convencido de que una polla muy babosa auguraba una corrida generosa.
Bruscamente, Harry volvió a penetrarle la boca, para regocijo de ambos. El desconocido empezó otra vez a mover la cadera cada vez más rápido, mientras Óscar se agarraba a sus nalgas para no perder la ya de por sí escasa estabilidad que aquella postura le proporcionaba.
Pensó una vez más en el pollo que su hipermusculado amigo requería esa noche para cenar. Y que requeriría al día siguiente para comer. Y para cenar otra vez. Se preguntó si también desayunaría Diego su café con pollo. Le tenía mucho cariño porque habían sido muy amigos casi desde niños, pero a veces le preocupaba su obsesión enfermiza por la carne de pollo y su odio hacia las verduras. Durante una época en que se aficionó al sushi llegó a proponerle aplicar el método de preparación del pescado crudo a unos filetes de pechuga de pollo. Sushi de pollo. Óscar había contemplado seriamente la posibilidad de abofetearle hasta hacerle sangrar, pero se había decidido por salir de casa y pasear para despejarse. Aquél día, al igual que muchos otros días a partir de entonces, el paseo había terminado en el boyberry.
Un exagerado alarido le sacó de sus pensamientos. Harry retrocedió lo justo para liberarse de los labios de Óscar, pero no se alejó mucho. Entre sonoros gemidos, se agarró la polla y la sacudió de forma un tanto agresiva hasta que eyaculó en la cara de Óscar una ingente cantidad de semen.
– ¡Oh, sí! ¡Dámelo todo! – respondió él ante aquél abundante ofrecimiento.
Se sintió un poco ridículo con aquél comentario tan de porno cutre, si bien lo olvidó rápidamente para centrarse en gozar de su pegajoso regalo. Acercó la cara hasta que sus labios y sus mejillas tocaron el glande de Harry, que, entre extraños sonidos guturales, no parecía dispuesto a terminar de eyacular. Big cum Harry. Bajo aquella incesante lluvia blanca que amenazaba con convertirle en una pared de gotelé andante, Óscar se excitó tanto que él mismo se corrió enseguida. Aquí tuvieron también mucho que ver las miradas que el espectáculo había atraído, y es que algunos de los presentes les observaban con pasmo. Los que no tenían la boca abierta la abrieron, y los que ya la tenían abierta la abrieron aún más.
Unos segundos después Harry exhaló su último grito de placer, pero siguió gruñendo como un animal durante un buen rato. Óscar lo observó a través del manantial de esperma que todavía discurría por su rostro y sus párpados, cautivado ante el violento tiroteo del que acababa de ser víctima, y se preguntó si no sería maravilloso irse a dormir arrullado por aquellos gruñidos.
Entonces Harry se agachó, le agarró por debajo de las axilas y lo levantó con dulzura, dedicándole una sonrisa tierna pero socarrona que Óscar, embobado, correspondió. O, al menos, creyó estar correspondiendo; tenía la mandíbula algo dormida y los labios hinchados después de tan agresivas sacudidas. Sin dejar de sonreír ni de gruñir, Harry empezó a lamer su propio semen de la cara de Óscar. Quizás lo hiciera porque lo excitase, o quizás pretendía ayudarlo a limpiarse. En cualquier caso, Óscar no estaba acostumbrado a que le tratasen con tanta consideración, y le pareció un detalle muy bonito. Además, y a pesar de haber estado en intenso contacto durante un buen rato, aquél gesto le puso la carne de gallina y le aceleró el corazón. Cerró los ojos y notó la cálida y húmeda lengua de Harry por sus párpados. Era curioso cómo aquello nunca le había atraído particularmente cuando lo había visto en el porno, y ahora lo estaba disfrutando tanto.
De pronto, Harry paró la tarea. Óscar abrió los ojos y lo descubrió subiéndose los pantalones y abotonándolos. Ya está, ya se ha roto el encanto, pensó. No podía durar. Entonces sacó su teléfono de un bolsillo y ahogó un grito de pánico al mirar la pantalla. Miró a Óscar con cara de circunstancias y le rodeó con sus brazos. Durante un largo rato que se le hizo cortísimo, besó a Óscar en la boca y le abrazó con un suspiro que pareció un gemido. Le estampó un rápido beso, más torpe que el primero, y echó a correr hacia la salida. Debía de estar esperándole su novio en casa. Los chicos como él nunca están solteros.
Todavía aturdido, Óscar empezó a recomponerse mirando a su alrededor. Ya nadie le prestaba atención en el mar de jadeos que poblaba aquella sala. Consultó de nuevo el reloj. Las 20:51. Él también entró en pánico, aunque con cierta indiferencia. Tendría que adecentarse con prisas en el baño y correr, pero llegaría a tiempo al Mercadona antes de que cerrasen. Odiaba correr.
Tres minutos después, salía de boyberry escopetado en dirección al supermercado. Estaba seguro de que tenía más semen en el torso y el pelo del que había podido identificar y eliminar, y le dolían los tobillos y las rodillas al correr, por culpa de la postura mantenida mientras se dedicaba a chupar a Harry con frenesí. Pero a estas alturas ya no le importaba. Quedaban seis minutos para el cierre y no quería tener que confesar a Diego que había llegado tarde por estar comiendo rabos. Por absurdo que pudiese resultar, le gustaba tener a Diego contento y cuidar de él. Era como un hermano pequeño y disfrutaba notando la admiración que le profesaba. No obstante, no se arrepentía en absoluto de haber ido al boyberry. Quizás estaba pecando de ingenuo, pero era la primera vez que sentía una conexión parecida con un total desconocido. No era tan iluso como para creer que algo verdadero pudiese surgir de aquello, pero ¿quién sabe? Quizás volverían a encontrarse en la oscuridad, a mirarse de lejos, a rozarse sutilmente, a besarse y tocarse lentamente, a restregarse con fuerza y, con un poco de suerte, tal vez llegaría a empotrarle salvajemente contra la pared. Aquél chico tenía aspecto de saber usar su herramienta en cualquier situación.
Gracias a estos pensamientos, a las 20:56 Óscar entraba a toda prisa por la puerta del Mercadona con una nueva y hermosa erección. Una de las cajeras lo vio pasar y se dispuso a advertirle del cierre inminente, pero se frenó, entre turbada y boquiabierta, al percatarse del enorme bulto que lucía Óscar en su pantalón ajustado.
Diez segundos después, llegó a la sección de Aves de la zona de neveras, tan solo para descubrir con horror que no quedaba ni una sola bandeja de pechuga fileteada de pollo. Claro, era lunes. Los lunes todo el mundo se dedica a hacer acopio de víveres después de haber agotado la despensa con la resaca del domingo, y lo primero que vuela son los alimentos frescos, pensó Óscar. Solo quedaban tristes bandejas de muslos y contramuslos, que el caprichoso de Diego se negaría a aceptar por considerarlos demasiado complicados de cocinar y de comer. Sopesó sus opciones. Podría llevarse aquellos restos y hornearlos con alguna salsa para convencer a su pueril compañero de piso y amigo, pero le llevaría horas hacerlo todo. También podría intentar comprar el pollo en algún establecimiento 24 horas. El problema era que no se fiaba de los proveedores de aquellos negocios, al menos en algo que no fuese cerveza, patatas fritas de bolsa o productos en lata. Necesitaba algo mejor.
Entonces se giró hacia la nevera de detrás de él y observó el género disponible. Contempló la posibilidad de comprar alguna otra carne o sucedáneo, pavo quizás. Diego no notaría la diferencia, aunque su bolsillo sí. O tal vez podría comprar unas hamburguesas de pollo, que probablemente fuesen menos fiables todavía y quizás ni siquiera contuviesen pollo de verdad. Se hallaba sumido en estas profundas reflexiones cuando, casi sin querer, la vio. A un lado, hacia el final de la nevera, alguien había dejado una cesta del Mercadona, seguramente para ir a buscar algo sin tener que cargarla. Contenía dos botellas de leche, una malla de cebollas, una botella de whiskey y, a un lado, dos bandejas de pechuga de pollo fileteada. Le brillaron los ojos como le habían brillado hacía escasos 15 minutos, cuando aún estaba de rodillas observando uno de los penes más bonitos que había visto nunca.
Rápidamente miró a su alrededor, buscando al propietario o propietaria de aquella cesta. Lo que iba a hacer no era ilegal ni constituía un robo, pero era moralmente reprobable y no quería ser descubierto. Se acercó a la cesta y comprobó que en efecto era la bandeja de filetes de pechuga de pollo y no otra cosa; sólo faltaba que fuera a ponerse en riesgo por una merluza o carne picada de cerdo 100%. La silueta de una gallina dibujada de forma esquemática le dio la respuesta que necesitaba. Tenía que darse prisa. Miró de nuevo a todas partes y, cuando supo que nadie lo veía, alargó la mano y sustrajo el preciado manjar.
Para no atraer sospechas hacia su persona empezó a alejarse de la cesta caminando de forma algo apresurada, casi cómica. Al pasar por la zona de frutas, una mujer de unos 90 años, bastón en mano, lo miró divertida y él le respondió con una sonrisa. Ella arqueó las cejas y contrajo el rostro en un gesto de sorpresa. A pesar de lo absurdo de aquella idea, Óscar temió haber sido descubierto. Pero, ¿cómo? Aquella señora no estaba en la zona de aves y era imposible que le hubiese visto. Seguro que eran todo imaginaciones suyas, y sin embargo ella seguía mirándolo, confundida pero sin poder apartar sus ojos de él.
Entonces notó que ella miraba hacia su entrepierna. La erección, lejos de haber desaparecido, había aumentado por los nervios y la emoción del robo que acababa de perpetrar. Se dio la vuelta azorado y prosiguió su andadura hacia las cajas tapándose la calentura con la bandeja de pollo, mientras la señora estallaba en una carcajada. Quizás podría haber comprado algo más aprovechando la visita, pero ya no tenía ganas de seguir allí. Se sentía demasiado expuesto, y todavía podía encontrarse con el dueño o dueña de la cesta. Mejor ir a casa antes de que la cosa fuese a peor.
Llegó a la zona de cajas donde le esperaba un escenario descorazonador, con varias colas. Echó un vistazo rápido y se colocó en la que le pareció menos llena y más rápida. Había varias parejas heterosexuales y alguna mujer de aspecto cansado con niños pequeños. Como de costumbre, se alegró de no tener hijos y de que probablemente no llegase a tenerlos jamás. También identificó, algunas cajas más lejos, a varios mozos de buen ver con aspecto de turistas, que se dedicó a mirar con descaro. Tal vez estuviesen en Grindr y pudiese enviarles fotos lascivas. Así amenizaría la espera.
Sacó el teléfono y vio varios mensajes de Diego, que reclamaba su ración de pollo como un niño huérfano y desnutrido del Londres victoriano que no hubiese sido alimentado con nada más que pan y agua durante toda su existencia. Ignoró sus mensajes y abrió el Grindr. El logotipo de la máscara le dio la bienvenida con la animación que marca la carga de perfiles, pero no pasó de ahí. Se dio cuenta entonces de que no tenía apenas cobertura allí dentro. Frustrado, notó cómo su erección perdía algo de fuelle y se consoló pensando que al menos no tendría que tapársela con la bandeja del pollo otra vez. Intentaría pues las viejas técnicas de mirar con altivez y tal vez sonreír cómplice, si se acordaba de cómo hacerlo. Hacía demasiado que no ligaba con los métodos tradicionales y estaba algo oxidado.
Se giró hacia los turistas y el corazón le dio un vuelco. Big cum Harry. Estaba dos cajas más lejos, muy serio. Pelirrojo y guapísimo, a pesar de la terrible luz fluorescente del supermercado y a estar de espaldas. Óscar notó cómo la polla se le ponía dura de nuevo. No le importó. Aquél hombre bien valía cualquier ridículo que uno pudiese llegar a hacer. Ahora entendía las prisas. Él también tenía compras que hacer. Quizás no les esperaba ningún novio en casa. Quizás todavía hubiera esperanza.
Se dedicó entonces a mirarle fijamente, esperando obtener una reacción parecida a la que el pelirrojo había provocado en él. Pero Harry no le veía. Seguía de espaldas, y cuando se giraba a izquierda o derecha tenía la mirada perdida y el ceño fruncido, mientras se aferraba su cesta de la compra. Óscar se planteó hacerle una señal. Quizás un “¡Hey!”. No le gustaba la idea de que medio supermercado le oyese hacerlo, pero tampoco pensaba perder aquella oportunidad. Llegó a la cinta transportadora y depositó la bandeja de pollo. Quizás volviese a verlo en boyberry, pero no estaba dispuesto a arriesgarse.
En ese momento, una empleada anunció que abría la caja que le separaba de Harry. Este se giró, alertado, y se apresuró a colocar sus cosas en la cinta transportadora sin dejar de fruncir el ceño. Óscar lo observó, esperando ser visto. Harry depositó dos botellas de leche y una botella de whiskey. Óscar notó un escalofrío. Una malla de cebollas. No es posible. Una bandeja de pechuga de pollo fileteada. Esto no puede estar pasándome a mi. Estaba a punto de darse la vuelta cuando Harry levantó la mirada distraídamente y lo vio. Su rostro se iluminó de repente y le dedicó una gran sonrisa. Óscar se ruborizó y le devolvió la sonrisa, de nuevo embobado. Esta vez estuvo seguro de haberla correspondido como se merecía. Harry se rio y miró a la cajera, y luego de nuevo a Óscar. Le encantó cómo los ojos se le entornaban al sonreír. Óscar se rio también, y entonces recordó la bandeja de pollo. Mantuvo la sonrisa y la mirada fijas en Harry y, con disimulo, alargó lentamente la mano hacia la bandeja, con la intención de apartarla, de esconderla, de tirarla al suelo si hacía falta. La casualidad quiso que el cajero accionase la cinta transportadora y atrajese el pollo hacia sí, alejándolo de Óscar. Dichosa casualidad. Intentó escanear el código de barras varias veces, sin éxito, y entonces se giró hacia su compañera, de espaldas a él, que el destino dictaminó que fuese la cajera que pronto atendería a Harry. Colosal.
– ¡Estefanía! No me coge el código. ¿Lo puedo meter manual?
La cajera se giró hacia él y observó la bandeja. Harry se giró también, curioso.
– Mira, no hace falta. Este chico tiene la misma. Te la paso y se la escaneas.
Mientras los empleados trajinaban con las bandejas, Harry se giró hacia Óscar, que lo miraba incómodo. Observó entonces las bandejas de pollo. Inmediatamente ató cabos y mudó el gesto. Desvió los ojos hacia el suelo y aceleró su respiración. Óscar vio sus ilusiones desvanecerse. Qué poco duran las fantasías, se dijo. Sin embargo, Harry levantó la mirada y empezó a mirar a Óscar con odio y con algo de asco. Óscar apartó la mirada, avergonzado e incapaz de soportar el miedo que le infundieron aquellos ojos. Si bien le dolía la indiferencia, esta era mucho más inofensiva físicamente que el rencor. Tenía que salir de allí antes de que le agrediese. No sabía si Harry era una persona violenta, pero si tenía que juzgarlo en base a cómo follaba bocas los presagios no eran demasiado halagüeños. Además, aunque le pesara, aquél miedo le había excitado aún más y ya notaba que empezaba a mojar la ropa interior con líquido pre-seminal, algo que no solía ocurrirle. Precum Harry.
– Son 3,55€ – indicó el cajero.
Óscar levantó la mirada para pagar y dedicó una mirada de soslayo a Harry, que seguía observándole y había empezado a enrojecer de la ira, mientras la cajera terminaba de escanear su compra. Óscar sacó un tarjetero y empezó a trastear para sacar la tarjeta. Estaba tan nervioso que cuando conseguía deslizarla unos milímetros hacia afuera, esta se le resbalaba y volvía a meterla en la ranura. Qué terrible día para haberse cortado las uñas. No pudo evitar mirar de nuevo hacia Harry, que empezaba a ponerse de color púrpura mientras guardaba su compra en una mochila, sin dejar de observarlo.
Al cuarto intento, logró sacar la tarjeta. Rápidamente la colocó encima del lector de tarjetas y este se iluminó con un pitido.
– Son 19,47€ – indicó la cajera a Harry.
Harry sacó su tarjeta y con admirable agilidad la pasó por el lector de su caja, mientras Óscar rechazaba nerviosamente el recibo que el cajero le ofrecía con desgana y emprendía la marcha hacia la salida.
Andaba deprisa, sin correr para no llamar la atención, en el pasillo más largo que había visto nunca. No se atrevía a mirar hacia atrás, pero debía hacerlo para comprobar que Harry no le seguiría hasta su casa. ¿Y si era un loco psicópata? Los jadeos que había soltado en el boyberry le habían fascinado, pero no eran en absoluto propios de una persona cuerda. Decidió que al llegar a la calle echaría a correr y no pararía hasta perderle de vista. Si hacía falta, correría en dirección contraria a su casa.
Estaba a tan solo unos metros de la salida cuando una mano le agarró firmemente del brazo y tiró de él. Óscar gimió del susto. Era Harry, que sin mirarle y sin decir nada, le arrastró hacia una puerta donde podía leerse el letrero “Parking”. La abrió y le empujó dentro. De nuevo asiéndole por el brazo, le condujo por unas escaleras grises y mal iluminadas que descendían hasta un enorme sótano vacío salvo por un par de coches y una moto. Óscar intentó pararse y razonar con él.
– Lo…lo siento. No quedaba más pollo y…yo…
– Shut up.
Óscar sabía cómo follar en inglés gracias a la gran cantidad de porno extranjero que consumía de forma compulsiva, pero su nivel no era ni de lejos suficiente como para dialogar con semejante bestia enfurecida. Estupendo. No solo iba a darle una paliza por sisarle el pollo, sino que encima no iba a poder explicarle porqué lo necesitaba tanto como para habérselo robado.
De un empujón, Harry lo lanzó contra una de las paredes con tanta fuerza que a duras penas logró amortiguar el golpe con las manos. Empezó a girarse, pero Harry le agarró del pelo y le sujetó la cabeza contra la pared. Atemorizado, Óscar empezó a temblar. Notó entonces cómo Harry le asía por la parte de atrás de los pantalones y se los bajaba con violencia, mientras respiraba ruidosamente sobre su nuca. Agarró sus nalgas con ambas manos y las separó sin dejar de frotarlas. Después, colocó el enorme bulto que le había crecido en su vaquero contra el ano expuesto de Óscar y empezó a restregarse con fuerza, al tiempo que mordía su nuca y su cuello con verdadera hambre.
Llegados a este punto, Óscar había dejado de temer por su integridad física para empezar a agradecer los ataques a esa misma integridad física. La confusión había dado paso a una intensa excitación. El miedo seguía ahí, pero ahora ya podía canalizarlo hacia un lugar de lujuria. Su ojete, para ser exactos.
Mojándolo profusamente con su saliva, Harry, que no perdía el tiempo, había empezado a introducir los dedos en su culo sin miramiento alguno. Óscar gemía y se retorcía de placer, empleando de nuevo la técnica del forcejeo fingido para alimentar la fantasía de dominación que aquella bestia pretendía llevar a la realidad. De reojo pudo ver cómo se desabrochaba los pantalones para liberar su potente y húmedo miembro, al que Óscar ya había empezado a echar de menos. Se quedó así, unos segundos, pavoneándose de su erección y de su posición de poder en aquella tesitura, y acrecentando las ganas de Óscar de ser penetrado sin piedad.
Después continuó manoseando sus nalgas y su agujero del culo, que cada vez estaba más mojado de saliva y líquido pre-seminal. Le dio unos golpecitos en el culo con la polla y empezó a deslizarla suavemente entre sus nalgas, recreándose en el movimiento, pero acelerándolo por momentos. Así continuó durante un buen rato, hasta que agarró la barbilla de Óscar y la atrajo hacia su boca para besarle y lamerle la cara, como ya había hecho unos minutos antes en boyberry.
Óscar mantuvo todo el rato los ojos cerrados, la boca abierta y la lengua fuera como señal de sumisión total, mientras Harry continuaba besándole y toqueteándole de la forma más guarra que le fue posible. Decidido a llevar aquello a sus últimas consecuencias, Óscar se agachó y sacó un preservativo del bolsillo de sus pantalones, que lucía a la altura de los tobillos con pasmosa naturalidad. Mostró el condón a Harry con ojos perversos.
– I’m on PrEp – dijo Óscar.
– I’m on PrEp too – respondió Harry.
La chispa en sus miradas duró solo un instante, pero fue suficiente para que no tuvieran que decir nada más. Ambos se deshicieron de la ropa que les quedaba a la velocidad del rayo, y en pocos segundos Harry se encontraba dentro de Óscar, tan profundamente que sus huevos se tocaban entre si. La excitación se tornó rápidamente enajenación y los jadeos pronto se convirtieron en gritos desesperados. Óscar, todavía apoyado contra la pared, recibía las embestidas furiosas de Harry con tanto placer que sintió que le subía la fiebre. Por su parte, Harry mantenía un ritmo frenético y constante que sólo interrumpía para agarrar a Óscar con fuerza de las caderas, del pelo, del pecho y de los hombros, con tanta fuerza que temió hacerle daño. Pero Óscar no se quejaba. Al contrario, si en algún momento sintió el impulso de llorar fue por el intenso placer que notaba en todo su cuerpo. Quizás estuviera hiperventilando, pero sentía el calor rezumar por cada uno de sus poros y subirle hasta la cabeza, como una insolación.
Sudoroso, Óscar pegó su espalda al pecho de Harry, que le agarró la polla y empezó a masturbarle con fuerza sin dejar de penetrarle. La tenía tan dura que le dolía.
Cuando Harry se cansó, le abrazó a la altura del pecho y lo tumbó en el suelo boca abajo, sobre la ropa que se habían quitado. Después, se colocó encima, de forma que ambos quedaron completamente horizontales, pecho con espalda. Harry alcanzó de nuevo las nalgas de Óscar y las mantuvo abiertas mientras continuaba clavándosela, variando el ritmo de suave y lento a rápido y fuerte, y viceversa. Cuando se cansó de aquella tregua, se acuclilló sobre Óscar y aceleró el ritmo de forma salvaje, volviendo a agarrarle de los hombros y el pelo para dominarlo, pero también para mantener la estabilidad de la postura.
Óscar ya no pensaba. Había olvidado el miedo, la prisa, el Mercadona, el pollo, los turistas, las cajeras e incluso a Diego. Podría pasarse la vida en constante éxtasis follando con aquél guapísimo pedazo de burro sin parar. Era como si supiera exactamente dónde tocarle, de donde agarrarle, cuándo ser firme y cuando ser tierno. De nuevo, su intuición no le había defraudado.
Por primera vez en mucho rato, Harry se separó de él y se puso en pie. Óscar se dio la vuelta aprovechando el momento para tomar una sonora bocanada de aire. Miró a Harry, que de nuevo le miraba con su sonrisa perversa y desafiante, su durísimo pene apuntando al techo. Se tumbó boca arriba y puso las piernas en alto, mostrando a Harry su maltratado recto a modo de invitación. El pelirrojo no se hizo de rogar, y se acuclilló frente a él para volver a penetrarle. Se inclinó hacia adelante y le besó con dulzura, mientras ejecutaba un lento pero firme vaivén que Óscar no pudo sino agradecer con un quejido ahogado. Al rato Harry se irguió y aceleró el ritmo al tiempo que se metía en la boca el dedo gordo del pie derecho de Óscar, que se revolvía de gusto y desesperación. Harry sonrió y se inclinó otra vez hacia Óscar, esta vez aumentando el ritmo de sus embestidas hasta el límite de sus fuerzas. Sus muslos entrechocaban con tanta fuerza que el ruido retumbaba en las paredes y el techo de aquél parking.
Óscar, sintiéndose próximo al orgasmo, le hizo una señal a Harry asintiendo mientras se acariciaba los pezones. Harry le correspondió asintiendo también. Unos segundos después, ambos se fundían en un desgarrador grito de dolor e indescriptible placer al eyacular todo lo que no habían eyaculado en su maldita vida, mientras sus cuerpos mojados vibraban y se quemaban el uno al otro.
Harry se desplomó sobre Óscar, exhausto, mientras este todavía podía notar los chorros de lefa que seguía soltando dentro de él. Big Cum Harry. Comenzó pues una sinfonía de ruidosos jadeos sostenidos que sólo pudieron acallar volviendo a besarse, también ruidosamente. Cuando por fin se cansaron, se miraron el uno al otro y empezaron a reír ante lo ridículo de aquella situación.
– Sorry about your chicken.
– Sorry about your ass.