96 segundos

Sucio. Así es como vuelvo a casa cada vez que me encuentro a Mohamed en el Boyberry. Mitad marroquí mitad español, de actitud seria y facciones marcadas.

La primera vez que lo vi fue un martes por la tarde , y desde entonces he repetido horario con el fin de volver a encontrarlo. Inevitablemente la sensación al cruzar las puertas que me devuelven al mundo mundano es el éxtasis de haber regalado a aquel hombre un trozo de cielo, pero sobre todo de haberme puesto a mil por hora y de traspasar mis propios límites.

Nuestros encuentros son breves, anhelados. Pese a que es el caramelo más preciado de toda la sala, y las furtivas miradas de los otros chicos así lo demuestran, siempre decide fundirse conmigo. Conversación ligera, nuestros cuerpos se han echado en falta.

Me agarra el pecho, turgente y fibrado, que le hace conectar con su esencia más bisexual. Busco un beso que me rechaza, su fría actitud contrasta con el calor que emana su cuerpo. Sus manos, grandes y curtidas, agarran con ganas mi inexperto trasero.

Le acaricio su enorme paquete atrapado por un incómodo cinturón que decido desabrochar sin miramientos hasta descubrir su sexo. Lo encuentro erecto, atento, con un brillo sustancial que indica que podría contener sus ganas por poco tiempo.

Mi boca, semi abierta, y mis ojos buscando en los suyos una señal de ruego. Mi lengua quiere jugar, pero su impulso me indica que vaya al grano. Trago su robusta polla hasta lo más hondo. Huelo su pubis, es una mezcla entre a un día duro de trabajo, gotas de excitación adheridas al pelo y aires de sándalo.. Su vello es poblado aunque recortado con esmero. El es un toro, y yo un ternero buscando leche. Su oscura verga contrasta con mi pálida piel de invierno. Me asombra descubrir un prepucio ébano cubriendo su hermoso glande rosáceo. Tenía entendido que la circuncisión se practica en todo el mundo islámico pero me maravillo jugando con su trozo de piel más tabú. Mamo su polla una y otra vez, tragando hasta el último espacio libre. La boca es mi sustento y mis manos se recuestan en su terso culo, prohibido de momento para mi. Pienso, de rodillas, hasta que punto deseo tanto su rabo que me dan ganas de morderlo. Miro hacía su cara a través de su esculpido torso. Su pene yace al completo dentro de mi boca, por unos segundos, quizás minutos; en los que estoy a punto de ahogarme y mis ojos se vuelven vidriosos, pero me planta tal embestida con su polla que caigo al suelo. Ya no puede más. Desea mi culo.

Me tumba en el suelo, de espaldas y sin compasión, descargando su ira de macho enjaulado sobre mi. Me abro a él, la inclinación de mi cuerpo le indica que estoy dispuesto a que nos fundamos en uno y el temor inicial por su envergadura da paso al deseo de que me someta a su antojo. Me vuelvo cada vez más insignificante, mi descaro o picardía de la que siempre me he caracterizado se esfuman al vaivén de cada estampida de dolor. Estoy indefenso debajo de ese cuerpo berebere que arremete sus ganas sobre mis nalgas desnudas. La ausencia de lubricante no impide que su pene se deslice por mi apretado ano. De su glande se desprende un liquido que moja todo mi culo. Estoy tan cachondo , que sorprendentemente al segundo empuje lo siento dentro de mi. No llega a tocar fondo pero su generoso diámetro hace que me derrita de placer. El pantalón a mis pies me impide que pueda abrir más las piernas, y la fricción se hace más hostil. No me importa, lo deseo.

Con la cabeza recostada en mis brazos noto como mi ano se abre, casi a punto de reventar y casi no siento el dolor del principio. Sólo deseo que me la clave más y más hondo. Aunque mis ojos permanecen cerrados todo el tiempo y sólo emito pequeños sonidos de placer, los contoneos de mi pelvis indican que no se detenga. Me siento generoso, como si Mohamed y toda sus amigotes del Raval pudieran descargar sobre mi. Como si yo fuese el último reducto de placer en la Tierra y ellos pagasen conmigo su frustración marital.

Me agarra el cuello con una mano, firme, casi agresivo. Con cada impulso noto más su ímpetu. No veo su rostro pero noto por su jadeos que su mujer no le produce el mismo placer. Me susurra cosas que no logro entender, entre jadeo y jadeo la cosa se vuelve incontenible: al acariciar mi rabo noto como he machado todo el suelo con mi corrida y mi estómago esta impregnada de ella. El clímax llega a tal punto que creo que me puedo correr una segunda vez si continua embistiendo como el animal que es , rudo y oscuro, peludo e incontenible. Me folla deprisa y mis chillidos aumentan de intensidad. Fricción en mi piel. Me estremezco. Mi mano calma mi polla a punto de estallar. Me corro al mismo tiempo que su respiración y una mano opresiva contra mi cadera me indican que va a proceder al acto más puro de amor que él pueda entregarme, su enorme corrida sobre mi arqueado trasero. 96 segundos. Noventa y seis segundos es lo que permanece sobre mi, piel con piel intentando retener el orgasmo que acababa de terminar.

Noto que se levanta para poner fin a nuestro encuentro. Mi visto sin apenas preocuparme por los fluidos depositados en mi piel. Un silencio tranquilo, en armonía, como pausado. Me sorprende al pedirme el teléfono. Le prometo que nos volveremos a ver en esta pequeña pero concurrida cabina. – Podrían pillarnos. ; le comento. – Y eso no te excita? Me responde serio. Dudo al responder, me debato entre quedarnos con lo nuestro o compartir nuestro placer con otros. Finalmente me decido: – Si, la próxima vez podríamos dejar la puerta abierta…