De Seneca en Barcelona

Me llamo Mario, tengo 20 años y soy de Madrid. Soy un chico alto, delgado, moreno, de ojos verdes y el comepollas más vicioso que te hayas podido encontrar.

El cuatrimestre pasado me concedieron un Séneca a Barcelona y lo primero que quise hacer nada más instalarme fue probar aquel local del que tanto había oído hablar aquí en Madrid. Aunque a veces no lo parezca soy un chico bastante tímido y el miedo y la vergüenza siempre me habían echado para atrás a la hora de ir al Boyberry en Madrid. Pero total en Barcelona nadie me conocía así que estaba totalmente decidido a ir.

Entré, dejé la chaqueta y fui directo a la máquina expendedora a pillarme una cerveza para tomármela en los sofás del chill. Era un día normal por la tarde, tampoco había mucha gente. Al principio me sentí un poco intimidado pero enseguida esas miradas sucias me fueron sacando sonrisas de perversión y me hicieron recordar a qué había ido allí.

Cinco minutos llevaría ahí cuando se me acercó Javi. Me dijo que tenía 24 años. Mediría sobre 1,85, moreno, pelo de punta, ojos oscuros. Se le veía fuerte pero tampoco el típico mazado de gimnasio.

– Pareces nuevo. Nunca te había visto –se le veía avispado al chico-.

+ Soy de Madrid. Estoy aquí por estudios.

– Me llamo Javi.

+ Manu.

Casi no me dio tiempo a decir mi nombre y ya me estaba comiendo los morros y me había cogido la mano y la había puesto en su paquete. La tenía como una puta piedra y se veía grande y gorda. Me puse malo, me empalmé automáticamente. Me cogió y me guió hasta un pasillo oscuro y me llevó hasta una sala vacía y cerró la puerta.

Me agarraba y me besaba como un poseso, como un cabrón de los que a mí me molan. El tío se estaba dando cuenta. Me cogió de la cabeza y me obligó a ponerme de rodillas. Se bajó los pantalones y empezó a restregarme la cara por encima de los gallumbos. Se los quitó y dios, ahí estaba. ¡Menudo pollón! No sé ni cuánto podía medir. ¿19,20? El tío se descojonó al ver mi cara y enseguida me la metió en la boca. Me encanta chupar pollas y además se me da de puta madre. Me costó pero logré metérmela entera. Mamar hasta el fondo, sentir los huevazos chocando en la barbilla, el pavo cogiéndote de la cabeza para llegarte más y más y esos gemidos de loco sólo hacen que quiera más y más rabo. Me la sacaba y me daba pollazos en la cara, me restregaba los huevos y se los chupaba enteros, me follaba la boca a saco. Yo estaba en el paraíso y no pude evitar sacarme el rabo y pajearme como un loco. De repente el tío me la sacó de la boca, se quitó la camiseta, me pusó de pie y me desnudó y empezó a comerme el culo. Esa lengua hacía virguerías pero él sabía lo que yo quería. Cogió lubricante de un dispensador que había en la habitación, se enfundó el rabo y me la clavó de un puto pollazo. Juro que vi las estrellas pero al pavo se la sudó y no paró de follarme a saco como un cabrón. Empezó de pie bombeándome a mil por hora, yo no podía pajearme más rápido, estaba en la gloria. Me la sacó y me hizo comerle las pelotas un rato. ¡Cacho de bolas tenía el hijo puta!. De repente me tiró contra el suelo y me puso a cuatro patas y siguió follándome como un bestia durante unos 10 minutos. Debían estar oyéndome en todo el puto local. Me mola insultarles y decirles lo bien que follan y el pollón que tienen mientras me petan, se vuelven más locos todavía. Yo ya no podía más y empecé a correrme. En mi vida me he corrido tanto como en ese polvo. El tío me la sacó, se quitó la goma y empezó a pajearse mientras le comía de nuevo los cojones hasta que empezó a chorrear. Me dejó la cara como un mural, tenía leche por todas partes, me resbalaba por las comisuras de los labios, se me caía hasta el pecho. Acabé agotado. El tío me dio papel, nos vestimos y volvimos a donde nos habíamos encontrado.

Me invitó a otra cerveza y estuvimos charlando un buen rato de nuestra vida y trivialidades. Le dije que no conocía a nadie en Barcelona y pareció gustarle la idea. Nos estuvimos conociendo un rato pero si nos habíamos quedado más tiempo en el local era por algo. Queríamos más tema.

Hicimos el mismo recorrido que la primera vez y entramos en la misma sala, que estaba vacía. Pero esta vez Javi dejó la puerta abierta. Le había contado en nuestra charla que mi fantasía más perra era que me follaran varios tíos a la vez y parecía dispuesto a hacérmela realidad.

De nuevo de rodillas, esta vez se la chupé más a mi bola, no tan hardcore pero sí hasta el fondo. Escuchar gemir a un tío cuando se la comes es un puto regalo para los oídos. Vi que Javi hacía un gesto hacia la puerta y entonces entró otro tío. Era más mayor, tendría unos 30 pero era guapísimo. Fue entrar y sacarse el rabo y ofrecérmelo para que se lo chupase. Era más pequeña que la otra, pero era también gorda y tenía unas pelotas bien grandes. Mientras se la comía a uno, pajeaba al otro y así. De vez en cuando, Javi me empujaba la cabeza para que me tragase la polla del treintañero hasta el fondo. Me estaban dando mil arcadas pero me ponía a cien. Entre polla y polla pude ver de reojo a dos macarrillas en la puerta mirando como zampaba. Me mola el rollo voyeur pero los chavales de barrio me pierden así que les invité a pasar y cerraron la puerta.

Cero tardaron en arrearme un pollazo en la cara para que les atendiera el rabo. Ese rollo macarra chulo me pone. Ahí estaba yo jalandome cuatro pollones a cada cual más grande y con más ganas de guerra. Uno de los macarras me bajó los pantalones y me escupió en el culo y empezó a darme un masaje de lengua de mil demonios mientras el otro me chupaba las bolas y me pajeaba y los otros dos me daban rabo por la boca. Hubo un momento que mamé las dos a la vez y era la más absoluta gloria. Era ver tanta polla y no parar de babear. El cani más pollón se puso un condón y empezó a bombearme el culo. Me había metido tal comida de culo que ni hacía falta lubricante, entraba sola. Se fueron intercalando en darme por el culo, por la boca, mamarme. Perdí totalmente la noción del tiempo, a cuatro patas, de lado, boca arriba, buff estaba malo. Me follaron tanto y tan fuerte que llegó un momento que mi culo no podía más pero a la vez era placer máximo y me corrí a chorros de nuevo.

Como una zorra de rodillas iba mamando y pajeando a todos ellos, en círculo, hasta que uno a uno me fueron llenando toda la puta cara de leche calentita. Era el puto regalo que me había currado toda la tarde. Los chulos y el treintañero se guardaron los rabos, se vistieron y se piraron. Yo estaba extasiado, cansado, tirado en el suelo. Javi entonces me comió los morros. Nos fuimos del local y estuvimos quedando durante todo el cuatrimestre que estuve en Barcelona. Me folló de incontables maneras y me llevó a no sé cuantos sitios a follarme y a que me follaran. Me había convertido en su puta maricona.