Moby Dick

Nunca fue realmente una dificultad para mí tener sexo al menos una vez al día. Puede sonar pretencioso, ¿pero para qué os iba a engañar?. Ligo en la calle, ligo con colegas, ligo con desconocidos, ligo en el metro, ligo con profesores, ligo con turistas… las posibilidades son infinitas. Soy guapo, ojos verdes, deportista, joven y con más centímetros de polla que años. Sólo hay un pequeño problema. Y es que siempre quiero más…

Me llamo Manu, aunque mi grupo de colegas solía llamarme Moby “Dick´´. Cuando nos íbamos de acampada, o a la playa en verano o incluso después de echar un baloncesto al cambiarnos siempre flipaban cuando veían mi polla y exageraban con envidia que si parecía un cachalote, que era más grande que mi brazo… Al principio me avergonzaba un poco, pero luego me enorgullecía y hasta me daba morbo. Daba igual cuantas veces la veían, siempre salía algún comentario.

En la adolescencia comenzamos a ligar con las tías, y de vez en cuando, si alguno se quedaba con la casa vacía, nos juntábamos para comentar nuestros ligues y pelárnosla como monos. Eso si, cada uno con la suya siempre. Aunque yo me sentía algo aparte cuando estas cosas pasaban. Me inventaba alguna historia, decía algún taco de vez en cuando, comentaba alguna tía de la peli porno… pero me pajeaba viendo los rabos de mis colegas y me corría solo de pensar en tocarlos. Me hubiese encantado que me usasen para su placer y correrse mientras no les salía ningún polvo con alguna tía. Era, sin duda, una simbiosis, la más grande de la naturaleza.

Cuando empezaba a acostumbrarme a esa mentira, con 18 años me tuve que mudar a Barcelona porque a mi padre le salió trabajo allí. Fue un golpe duro en realidad tener que despedirme de todo; pero ahora tenía una oportunidad de oro por delante. La oportunidad de hacerme con una vida nueva, y poder tener alguna polla en mi boca.

En mi nueva clase, no tardó en acercarse a mí un chaval que se llamaba Boris. Siempre llevaba pantalones pitillo y fumaba pitillos como quien se moja los labios. Nunca tuve nada con él, pero él siempre insistía en tener algo conmigo. Boris enseñaba su parte femenina sin miedo, recurría a gestos con cierto amaneramiento que de donde yo venía se censuraban con burlas. No tenía ningún tabú en las conversaciones. En cierto modo me fascinaba. Me hablaba de todo lo que follaba, a pesar de que lo juzgasen. Y fue ahí cuando comencé a ser así yo también. Éramos libres.

Me enseñó que para ir a hacer vermú se iba al local de la esquina. Para comprar ropa a la tienda de Mary. Para ir a descargar lefa se va al Boyberry. Era algo rutinario, como quien baja al bar a leer el periódico o a la plaza a encontrarse con los colegas. Con la ventaja de que esto era mejor. Boris decía que era como la isla de los lotófagos de la Odisea. Siempre me explicaba la comparación con comer lotos con comer pollas y perder la noción del tiempo con los cuartos oscuros, salas y sitios de ocio de allí. ero no le hacía mucho caso al chico culto. Yo lo veía más bien como pasar el día con el rabo en la mano, conociendo gente y viendo a colegas, compartiendo corridas por ahí. Hay algún plan mejor para la tarde?

Íbamos muy a menudo. Tríos, grupos, muchas pollas a la vez en la boca, bukkakes… Había hecho tantas cosas allí y siempre quería más que nada comenzaba ya a sorprenderme. La fascinación llegó al cuando un día vi a Miguel, de mi antiguo grupo de colegas antes de venirme a Barcelona, caminando por los pasillos del Boyberry. Es el punto de referencia para hombres en la ciudad, claro que cualquier turista iría ahí. Pero.. ¿Miguel? Qué hacía en Barcelona? Qué hacía en Boyberry? Él no era gay… Fui corriendo hacia él:

-Miguel! Qué haces tú por aquí?

-Bueno, qué vergüenza. Soy hetero, pero uno siempre tiene curiosidad por saber cómo.. Aaah.

Antes de que acabara tenía su rabo en mi boca. Empecé a saborear su capullo. Siempre me fijaba en esas tardes de paja en lo gordo e hinchado que lo tenía. Su olor a rabo me llegaba desde el otro lado del sofá cuando nos la sacábamos los colegas para cascarla y me imaginaba lamiéndolo de rodillas, probando el placer de tragarme toda su polla. Y por fin la tenía ahí, dentro de mí.

Sus gemidos de placer y vergüenza me la pusieron super dura. Me iba a reventar así que me desabroché el pantalón y comencé a masturbarme mientras tragaba rápidamente todo su grosor. No dijo nada, pero sé que pensó “ese Moby Dick´´ cuando me saqué la polla como siempre me decía. Por primera vez en todos mis polvos no era mi polla la importante. Ni para mis colegas de risas. Esto era serio y su polla era la importante. Tenía que hacerla pasar el mayor gusto que nunca tuvo.

Cuando me la tragué hasta los huevos estremeció los pies y flaqueó las rodillas. Sé que estaba muy excitado y le faltaba poco. Su colega fiel de siempre dándole placer. Le dí una pasada lenta con la lengua al tronco y exprimí todo su precum.. joder que bueno estaba; sabía a Miguel… Su olor a polla, sudor en los huevos y precum iba a hacer que me corriese ya. Quería su lefa en mi boca…

Empecé a masturbarle también cerca de mi lengua con la boca abierta. Cuando empezó respirar fuerte su abdomen sabía que era el momento. Eché la boca sin pensarlo y sus chorrazos de lefa invadieron mi boca. Calientes, a golpes en mi garganta confundiéndose con mi saliva. Era el puto paraíso. Me corrí en el suelo manchando toda la pared y un poco de sus zapatos. Espero que al dependiente de Boyberry no le cueste mucho limpiarlo.

Cuando salimos estaba un poco avergonzado. Unas cañas y hablar de fútbol y en seguida se le pasó. Mientras me hablaba del último torneo yo sólo pensaba en su polla gorda y en que siempre quiero más. Me hizo jurar que no se lo contaría a nadie, ni a los demás de la pandilla.

Tranqui tio. – Le dije. Lo que pasa en Boyberry,

se queda en Boyberry.