Vendaval

7.00AM. Desde la megafonía del avión nos avisan: “abróchense los cinturones, guarden las mesitas y permanezcan sentados. En diez minutos nuestro vuelo aterrizará en el aeropuerto del Prat”.

Disculpad, que por los nervios no me he presentado. Aprovecharé el tiempo de espera mientras tomamos tierra para hacerlo.

Mi nombre es Isaac, tengo 20 años y soy natural de una pequeña aldea de Pontevedra. Provengo de una familia muy católica, de esas que van todos los domingos a misa, de las que no comen carne en Semana Santa… Mi educación estuvo marcada por mi paso por un colegio de curas, donde estaba interno. Únicamente iba a casa los fines de semana y sólo si durante la semana cumplía con lo que allí se me exigía que, como podéis imaginar, era mucho y muy difícil.

Durante mi infancia, mis padres notaron algo en mí que para ellos era extraño. Me gustaba más relacionarme con las chicas que con los chicos, cosa que para nada era de su agrado. Así que cuando acabé mis estudios obligatorios, y en un intento de intentar salvar la situación me enviaron a realizar mis siguientes estudios a Barcelona.

7.10AM. La tripulación nos despide del avión deseándonos una feliz estancia en la Ciudad Condal. Cuando ya toqué suelo catalán, estaba extremadamente nervioso; sólo aquel aeropuerto era más grande que la aldea que había dejado atrás.

Había tenido el móvil apagado apenas una hora y media, lo encendí, y ya tenía tres llamadas perdidas de mi madre y algún whatsapp de mis amigos. En ese momento creí que mis padres no estaban muy contentos con la decisión que habían tomado, pero a mí no me daba ninguna pena; pensaba aprovechar cada minuto de esta nueva vida.

Una vez recogí el equipaje, me dirigí a la salida. Allí me encontré con un hombre trajeado que portaba un cartel con mi nombre y dos apellidos. Me pareció un tanto extraño porque para nada se parecía al hermano de mi padre, que es el que me iba a acoger junto a su familia. Cuando ya estuve a su altura le tendí la mano y me presenté. Él se presentó como Manuel, el chófer del señor Ocampo, mi tío, Decano de la Facultad de Medicina del Hospital Clínico de Barcelona. Tuve la sensación que iba a estar mejor que bien, así que decidí dejarme llevar.

El trayecto en coche no duró más de veinte minutos, aunque a mí se me hizo mucho más breve, ya que iba observando todo aquello que aquella ciudad ponía ante mis ojos. Mi aventura no había hecho más que empezar. Se paró el coche. Y ante nosotros se abrió una gran puerta, que daba acceso a la casa. La atravesamos y, allí en el parquing, nos esperaba mi tío Pedro. Me sorprendió que lo hiciera solo, hacía mucho que no lo veía y no hablaba con él, pero recordaba que estaba casado y tenía un hijo de mi edad, más o menos.

Pedro me saludó muy fríamente; bien es verdad que apenas nos habíamos visto, pero no dejábamos de ser familia. Lo que mis padres le habrían contado sobre el porqué de mi estancia allí tampoco habría sido de su agrado, a pesar de llevar viviendo en Barcelona muchos años y haber vivido en una sociedad más abierta y plural. No así sus perros, tres chiguagas, todas ellas hembras. Muy al estilo celebrity americana. En todo esto había algo que no me encajaba, pero acababa de llegar, tenía tiempo de averiguarlo.

Me hizo pasar a su lujosa mansión de la zona alta de la ciudad, dejé las maletas en el coche, el personal de servicio se encargó de subirlas a la que sería mi habitación en aquella casa. Él, mientras todo aquello ocurría, me hizo un tour por todas las dependencias. Tenía dos plantas bien espaciosas y una tercera dedicada al garaje y al servicio. En la planta principal se encontraba una cocina totalmente equipada a la que no le faltaba ningún detalle, una despensa, más grande que toda mi casa en la aldea, un cuarto para hacer la colada y planchar. Dos lavabos completos, uno con ducha y otro con bañera estilo jacuzzi. Y, en medio, un inmenso salón comedor dividido en dos ambientes. Tras las cristaleras de aquel comedor se encontraba lo que para mi sería la joya de todo aquel lujo, un inmenso jardín con una piscina, una zona chill out y una barbacoa, en las que seguro que mi tío hacia unas fiestas dignas de recordar.

En la planta de arriba había seis habitaciones dobles con baño en cada uno de ellas, una pequeña biblioteca y una sala de juegos con un billar y una pantalla de cine.

Una vez hecho el tour, mi tío me facilitó unas llaves de la casa, así como el número de teléfono que tenía el chófer, por si lo necesitaba en cualquier momento del día. En cuanto a los horarios se mostró estricto e intransigente conmigo. Allí se desayunaba a las 7:30, se comía a la 1:30, y se cenaba a las 8:45. Y por supuesto, antes de las diez en casa entre semana, y como buena Cenicienta, antes de las doce de la noche viernes y sábados.

Para poder asimilar todo aquello que me estaba pasando, decidí salir a hacer una primera inspección a aquella ciudad que me albergaría durante mis estudios. Acostumbrado a salir a la calle, saludar a todos los vecinos y a conocer todas sus historias casi de primera mano, me sorprendió que allí nadie se conocía, la gente no hablaba entre sí; es más, miraban todos al suelo y andaban con prisas, como si el mundo se fuese a acabar mañana y ellos lo tuvieran que hacer todo en ese instante.

Me acerqué a ver mi facultad, para cuando llegara el momento, no tuviera problemas de llegar. Me fascinó aquel edificio, era antiguo y muy grande, creí que en el pasaría los mejores años de mi vida.

Decidí volver a casa temprano. Aquel día había sido largo y agotador, lleno de emociones y nervios que necesitaba asimilar. Además no quería que en mi primer día, mi tío se enfadara por el incumplimiento de los horarios. Ya habría tiempo para ello. Cené una manzana y me acosté. Aquella noche dormí como un niño pequeño.

Aquel mes de agosto en Barcelona fue bastante aburrido: apenas salía de casa, ya que soy un chico bastante tímido al que le cuesta relacionarse con los demás. Parece mentira, pero estaba deseando empezar ya con las clases y tener unas rutinas; si seguía, mucho más tiempo así se me iba hacer insoportable. Aunque durante ese tiempo aproveche para estudiar catalán, porque me iba a hacer falta.

Por fin llegó el día. La noche de antes apenas pude dormir, no me lo creía; al fin iba a poder estudiar aquello con lo que tanto había soñado, y en unos años podría decir que era licenciado en Historia. Iba con el tiempo justo, me pasé el rato repasando que no me dejará nada, no quería dejar nada a la improvisación. Por no llegar tarde, hice que me acercara el chófer de mi tío… Maldita la hora en la que tomé esa decisión, el tráfico en hora punta hizo que llegara con retraso. Entré el último a clase. Al abrir la puerta todo el mundo se giró para mirarme, sin quererlo, me había convertido en el más popular. Apenas acerté a saludar y a sentarme en el único lugar que había quedado vacío. Por suerte, las mesas eran individuales, así que la primera clase transcurrió sin cruzar palabra con nadie.

Al finalizar, se acercaron a mí una chica y un chico muy majos, con los que me fui hacer el descanso a la cafetería. Les conté mi historia, pasando por alto el motivo real que había llevado a mis padres a enviarme a Barcelona. Ella era Sara, una chica catalana de 20 años que repetía curso. Y él era Santi, un chico que había venido de Andalucía a cursar una beca Seneca en Barcelona. El rato con ellos se me pasó volando, podían ser unos buenos compañeros de aventuras tanto dentro de la universidad, como fuera.

El primer semestre transcurrió con normalidad, eso sí, disfrutando de la vida universitaria a tope: muchas fiestas, alguna campana que otra y muchas horas de estudio y trabajos juntos, que hicieron que cada día nos lleváramos mejor.

La relación con mi tío era igual de distante que cuando llegué a su casa hace ya 5 meses. Parecíamos simples compañeros de piso, con la particularidad de que no teníamos la necesidad de vernos, ya que en aquella casa era casi imposible. Ni de discutir por la limpieza, la cocina, la compra o demás temas domésticos, ya que de eso se encargaba el servicio. A pesar de todo, y pensando que mi relación con mis padres no era mucho mejor y que a ellos sí los tenía que ver y podía discutir por las tareas del hogar, preferí quedarme en Barcelona a pasar la Navidad.

Después de la cena de Nochebuena con el servicio, exceptuando el chofer al que mi tío sí le había dado parte del día libre, me dispuse a arreglarme porque salía de fiesta con los de la facultad. Muchos no habían podido ir a sus casas debido a una huelga de transporte, tan típica de esas fechas. Llamé al chófer que, a pesar de estar de fiesta accedió a bajarme al centro, donde me tenía que reunir con mis compañeros.

Durante el viaje, me sorprendí mirando el paquete de Manuel, supongo que producto del calentón que llevaba a causa de las copas que había tomado durante la celebración. Me dio la sensación de que a él no le molestó en exceso, ya que cada vez que le miraba veía que aquello iba aumentando de tamaño. Llegó un momento en que pensé que aquello iba a salir disparado del pantalón. Menos mal que llegamos pronto al sitio de encuentro. Me despedí de Manuel, al que quedé en llamar cuando necesitara volver a casa. Después de aquel episodio supe que la noche prometía.

Al encontrarme con Sara, Santi y dos amigas más, estábamos los que teníamos que estar. Nos saludamos todos con dos besos, cosa que me sorprendió, sobre todo de Santi, pero no le di demasiada importancia ya que deseaba hace tiempo que pasara algo así. Nos dirigimos directamente a la discoteca, dejamos nuestras pertenecías en el guardarropía. Hicimos una visita al baño. Santi y yo nos pusimos en los urinarios de pared, uno al lado del otro. Como de costumbre, yo estaba algo nervioso y no quería hacerme ilusiones, pero creí ver alguna mirada suya hacía mi miembro, que sinceramente no estaba nada mal, al igual que el suyo, el cual yo miraba de reojo.

Salimos de los baños y nos dirigimos junto a las chicas a la barra a pedir una copa. Yo ya iba algo contento pero esa noche necesitaba más alcohol si realmente quería perder la vergüenza y lanzarme.

En la pista de baile, bailamos todos con todos y de manera muy sensual, cosa que a mí me iba calentando aún más. Cuando Santi y yo bailábamos notaba su paquete en mi culo y su aliento en mi cuello y eso me ponía mucho. Aún así no conseguí lanzarme e ir más allá: es mi único amigo en Barcelona, y no quiero perderlo por nada del mundo. La noche siguió igual de caliente y divertida, pero las chicas no sospechaban nada de nada.

Eran las seis de la mañana cuando decidimos marchar, la noche ya había dado para mucho. Preferí tomar un taxi, estaba demasiado caliente como para compartir otro trayecto en coche con Manuel. Nos despedimos. De nuevo, Santi me dio dos besos, estos muy pegados a la comisura de los labios. Quedamos todos en escribirnos para saber que habíamos llegado bien a casa.

El trayecto en taxi se me hizo corto, ya que me dormí. El conductor me despertó cuando llegamos al destino, le pagué y me despedí de él.

Nada más entrar por la puerta me dispuse a escribir el mensaje de confirmación de que había llegado sano y salvo a casa. Mientras lo estaba haciendo, recibí un privado vía Facebook de Santi: “Esta noche lo he pasado genial, tengo muchas ganas de repetir. Me gustaría quedar contigo mañana por la tarde, hay algo que necesito contarte desde hace ya días y no aguanto más. ¿Te va bien a las cinco de la tarde en el bar donde vamos siempre después de clase? Espero tu respuesta. Un beso. Buenas noches.”

No me lo podía creer, me costó mucho conciliar el sueño dándole vueltas al tema. ¿Que querría decirme? Con los nervios se me olvidó contestarle al mensaje, cosa que hice nada más levantarme: “Perdona por contestar tan tarde, me quedé dormido con el móvil en la mano. Yo también lo pasé muy bien anoche. ¿Podrías adelantarme algo de eso que me quieres contar? De todas maneras te veo esta tarde. Un beso.”

Me preparé como si de una cita se tratara, aunque no sé si lo estaba haciendo bien o no, porque de ser una cita sería la primera de mi vida. Llegué diez minutos antes al encuentro con Santi, no dejé de toquetear el móvil, para hacer que, los nervios, se me pasaran lo antes posible.

Entró por la puerta del bar, vestido con un tejano muy ajustado que no dejaba casi nada a la imaginación y con una camisa con un estampado muy colorido. Parecía que se había vestido para gustarme. Nos saludamos y nos sentamos. El pidió una cerveza. Yo una tila, no podía disimular los nervios, jaja!

Después de conversar sobre temas triviales, le hice la gran pregunta: ¿Qué es eso que me tienes que contar desde hace tiempo? Él no se hizo de rogar, pero me hizo prometerle desde el principio que aquello que me iba a contar no acabaría con nuestra amistad. Yo asentí.

Me confesó que el primer día que se acercó con Sara a saludarme era porque le había gustado y se había sentido atraído por mí. Y que la noche de la fiesta de Nochebuena quiso lanzarse, pero no vio ninguna señal que le diera vía libre para hacerlo. No sé qué señal esperaba: yo esa noche parecía la Feria de Abril, lleno de luces por todas partes.

Le tranquilicé diciéndole que nuestra relación no se iba acabar, es más, que si él quería podía avanzar, ya que a mí me pasaba lo mismo. Con una sonrisa en la cara y más tranquilos los dos, nos pusimos a recordar todo lo que pasó aquella noche. Poco a poco nos fuimos calentando, fue ahí cuando vino nuestro primer beso, el primer beso de los dos con otra persona. Llegó un momento en que aquello iba subiendo de tono, y decidimos buscar un lugar más tranquilo, para darle rienda suelta a nuestra pasión.

Buscando por Internet, encontramos un local de encuentros en Barcelona, muy cerca de donde nos encontrábamos: se llamaba Boyberry. En los foros toda la gente hablaba maravillas de aquel lugar. Así que pagamos nuestra consumición y nos dirigimos al local.

Una vez allí, y al tener 20 años, la entrada resultó ser gratuita. Entramos, todo estaba muy oscuro, cosa que nos dio bastante morbo. Antes de nada quisimos darnos una vuelta por aquel lugar, eso sí, siempre juntos, ya que todo era nuevo y no sabíamos lo que nos íbamos a encontrar. Estaba lleno de chicos de todas las edades y de aspecto diverso. Nos sorprendió encontrarnos pantallas donde se proyectaban escenas porno, pero aquello le daba aún más encanto al sitio. Después de la vuelta que dimos decidimos encerrarnos en una cabina donde nadie nos pudiera molestar y estuviéramos lo suficientemente cómodos. Escogimos una que había justo a la entrada, con un asiento grande y acolchado, mucho espacio y sobretodo libre de agujeros y de mirones, que por lo visto abundan en Boyberry. Nosotros queríamos entregarnos el uno al otro sin más sorpresas que nosotros mismos, era nuestra primera vez.

Nada más cerrar la puerta y asegurarnos de que no se iba abrir, Santi se abalanzó sobre mí y me besó sin más, a lo que yo respondí de la misma manera, mientras nuestras lenguas jugaban. Íbamos palpando y sobando cada rincón de nuestro cuerpo, que, por cierto, no estaban nada mal. Él, 175 cm y 63 kg de puro musculo totalmente rasurado. Yo, 180 cm, 71 kg, cuerpo definido y con poco vello.

Sin dejar de besarnos, nos fuimos desnudando el uno al otro poco a poco. No queríamos perder el tiempo, pero queríamos que durara lo máximo posible. Al cabo de unos minutos, estábamos los dos desnudos frente a frente. Yo, las únicas pollas que había visto, habían sido en el ordenador y en revistas, así que ver aquella tan grande, tan cerca y con aquel rico olor, me puso aún más si cabe.

No habíamos hablado de quién haría de activo o quién de pasivo, pero no era el momento, así que yo me agaché y empecé a besar su miembro con delicadeza. Parecía que le gustaba: sus gestos y sus gemidos, le delataban. Él me cogió de la cabeza para dirigir un poco la mamada. Estaba claro, me gustaba hacer de pasivo. Que rica su polla, me esmere mucho para satisfacerlo. Cuando llevábamos ya un rato en esa posición, me dijo que le apetecía penetrarme, pero que no quería hacerme daño. Le seguí la corriente y me puse a cuatro patas, encima de aquella especie de puf acolchado.

Para que yo lubricara bien, y así hacerme el menor daño posible comenzó a chuparme el ojete y me lubricó el ano con su saliva. Poco a poco y sin dejar de acariciarme y besarme, empezó a meterme el capullo poco a poco. Yo sentí un pequeño escozor y algo de dolor, pero estaba deseando desde hacia tiempo aquel momento, así que aguanté el tirón e hice porque no se me notara mucho. Las primeras embestidas fueron muy despacito, hasta que en un momento me la metió hasta el fondo, agarrándome por la cadera. Los dos gritábamos de placer al unísono.

Después de un rato en aquella posición, Santi me propuso cambiar. Esta vez le dije: ¿Qué tal si ahora me muevo yo? Él afirmó. Así que se tumbo en el suelo y yo me puse de cuclillas encima de él.

Muy lentamente fui introduciéndome su rabo en mi culo, hasta que conseguí meterla del todo. En ese momento nuestros cuerpos, empapados en sudor, se fundieron en uno. Mientras me movía sutilmente arriba y abajo Santi me dijo: “tengo ganas de correrme, ¿nos corremos juntos?”. Así que, sentados el uno al lado del otro en el suelo, y mirándonos a los ojos, mientras nos besábamos, nos pajeamos hasta corrernos en nuestro pecho. Aquel fue nuestro primer orgasmo juntos, el que sin duda recordaremos el resto de nuestras vidas. Porque justo después y todavía con nuestra leche en el cuerpo le propuse a Santi formalizar nuestra relación. Con un beso de película y seguido de un rotundo si, confirmó mi propuesta.

Finalmente, y aún extasiados por todo lo que acababa de pasar, nos limpiamos, nos vestimos y nos fuimos. Cada uno para su casa a ducharse y a cenar. Porque por la noche teníamos que salir a tomar la primera copa de nuestra relación.

Nuestra nueva relación cada día se consolidaba más. Yo ya conocía a su madre y a sus abuelos, ya que durante su estancia en Barcelona habían venido a visitarlo un par de ocasiones. Una familia de lo más normal, pero me sorprendió que en ningún momento me hubiera hablado de su padre.

Cuando acompañamos a su familia a la estación de tren, después de haber pasado con nosotros la Semana Santa, le propuse ir a cenar a nuestro sitio preferido, el restaurante Miramar de Montjuïc, un sitio donde las vistas eran increíbles y la comida estaba muy buena, a pesar de ser algo escasa.

Durante la cena, le pregunté sobre su decisión de escoger Barcelona para realizar su beca Seneca. Noté que la cuestión en sí no le había hecho mucha gracia. Pero, aún así, decidió contármelo.

Él era nacido en esta ciudad, concretamente, en el hospital Sant Joan de Déu de Esplugues de Llobregat. Siempre había vivido en la zona alta rodeado de lujos, ya que su padre es un reputado doctor y su madre una jueza de reconocido prestigio. Pero un día, mientras su madre estaba limpiando el coche en el parking, oyó cómo entraban en casa su padre y el chófer. Esas risas no eran habituales, cosa que hizo que ella se pusiera en alerta. Al cabo de un rato y al no oír más voces, subió a la planta de arriba. Cuando llegó a la altura de la habitación principal volvió a escuchar ruidos; esta vez, parecían gemidos entrecortados. La puerta estaba entreabierta. Aún sospechando lo que podía ver con sus propios ojos, decidió quedarse un rato observando, hacía tiempo que se intuía algo. En efecto, se encontró a su padre totalmente desnudo y a cuatro patas encima de la cama, mirando hacia la puerta. El chófer estaba tumbado detrás de él jugueteando con su lengua y sus dedos donde la espalda pierde su nombre, a lo que su padre respondía con gestos y gemidos de autentico placer. Pasado un rato su padre, de manera autoritaria, le exigió que le metiera toda la polla por su ya dilatado culo. Lo estaba deseando. Cuando ya llevaba unas cuantas y salvajes embestidas, cambiaron de posición, el chófer se puso tumbado en la cama y su padre subía y bajaba metiéndose su rabo hasta el fondo. En ese momento, su madre, que seguía observando detrás de la puerta, no pudo más, entró de golpe y su padre en vez de cortarse y parar, le pidió al chofer, mirando fijamente a los ojos de su mujer que le diera cada vez más fuerte, hasta que acabaron los dos corriéndose a la vez, con su madre delante.

Al presenciar esa tremenda escena, ella salió llorando de la habitación, mientras ellos se metían en la ducha. Al salir, su madre ya tenía lo esencial metido en una maleta y a él listo, estábamos esperando un taxi que nos iba a llevar a la estación, mi madre había tomado la decisión de abandonarlo todo y marchar a vivir con mis abuelos a Almería. Las últimas palabras que se cruzaron fueron: ya recibirás noticias de mis abogados. Te vas a cagar.

Él no entendía nada, solo tenía 10 años, pero ver llorar a su madre no le había gustado nada, así que sin preguntar se montó en el taxi, se despidió de su padre con un beso y nunca más ha vuelto a saber de él.

Todo esto me lo contó con lágrimas en los ojos. Yo sólo supe abrazarlo y decirle que para lo que me necesitara, ya sabía dónde estaba: desde hacía tiempo éramos una sola persona.

Mientras él me lo contaba, a mí me vino a la cabeza el trayecto en coche que hice la noche de Nochebuena con el chofer de mi tío; recordar que el hermano de mi padre estaba casado y tenía un hijo de mi edad… Una duda asalto mi cabeza… éramos primos?

Después de aquella cena, llena de confesiones, emociones y preguntas, no sabía si lo correcto era hacerle partícipe de mi duda. Finalmente preferí, por el momento, no decirle nada.

Se acercaba peligrosamente su vuelta a Almería, ya que su beca en Barcelona llegaba a su fin. Sólo quedaban los exámenes finales. Entre los nervios por saber si todo nuestro esfuerzo había merecido la pena y las dudas después de aquella cena yo estaba algo más irascible de lo normal. Él me lo notó enseguida. Aprovechando que sus compañeros de piso no estaban, decidió invitarme a su casa para que los dos pudiéramos estar tranquilos.

Entre lección y lección, Santi me cogió de la mano y, mirándome a los ojos me dijo la cosa más bonita que nunca antes me habían dicho: “Después de encontrar a la persona más maravillosa del mundo, no puedo dejar que el fin de mi beca tire todo por la borda. Así que he pedido el traslado definitivo de expediente a Barcelona y, si tú quieres, durante el verano nos buscamos un piso para empezar a vivir juntos”.

Yo no acerté a decir nada, solo acerté a abrazarlo muy fuerte. Nos besamos apasionadamente. Cuando nos dimos cuenta, estábamos los dos semidesnudos en la terraza, a la vista de todos los vecinos, cosa que nos puso mucho más calientes a los dos. Como de costumbre, me puse de rodillas delante de él: en ese momento se merecía eso y más. Empecé a pasar mi lengua por encima de su bóxer ajustado, notando como poco a poco su polla iba creciendo. Veía reflejado en su cara que aquella situación le estaba gustando. En un momento me vi con su miembro entrando y saliendo, muy húmedo, de mi boca. Por primera vez en todo ese tiempo, y debido a la emoción de sus palabras, quise premiarlo e intenté tragarme todo su pene. Una de sus fantasías sexuales. Me costó un poco, aquello era enorme, pero lo conseguí. Lo que yo me proponga…

Después de aquella maravillosa mamada y debido a alguna mirada curiosa que habíamos notado, pasamos a la habitación. Allí, Santi, no se lo pensó dos veces. Me cogió a horcajadas y, sin más me metió todo aquello, a lo que yo di un sonoro gemido de placer y empecé a jadear como si no hubiera mañana: no quería que aquello acabara nunca. Estaba en el paraíso. Después de un sinfín de posturas, que para cualquier mortal hubieran sido imposibles, decidimos por primera vez probar cada uno el semen del otro. Primero fui yo quien lo hizo en su cara, nunca había sacado tanta leche como aquella vez. Seguidamente, Santi hizo lo mismo sobre la mía. Yo saboreé hasta la última gota, pensé que aquel podría ser nuestro último polvo, todavía tenía que exponerle mi duda.

Caímos rendidos en la cama. Estuvimos abrazados un buen rato en silencio. Ése era el momento ideal para contarle lo que rondaba por mi cabeza, pero en el momento en el que yo me iba a lanza, él sacó el tema de las vacaciones para el verano. Nos montamos en un momento una ruta por Andalucía, esa tierra que tan bien conocía y que quería enseñarme. Luego conversamos acerca del piso en el que viviríamos y de lo que la universidad nos podía deparar en los años sucesivos.

Y pensé: a la mierda, da igual lo que seamos, lo más importante es que ha surgido el amor y que nos queremos sin condición. Así que disfruté de aquellas primeras vacaciones juntos y de todo lo que nos deparó Barcelona y su gente durante el resto de nuestras días en ella.

Sin duda, tenía mucho que agradecerles a mis padres y a mi tío. La oportunidad que me brindaron, sin saberlo, trasladándome bajo su egoísmo y orgullo a la ciudad que cambió mi vida por completo. Es la mejor decisión que han tomado nunca.