UN GOLPE DE SUERTE

22 de diciembre de 2015. Cada año esperaba ese día con la ilusión de un niño ante la cabalgata de los Reyes Magos; ese año me recorrí varias administraciones de lotería, mientras por mi cabeza pasaban los sueños que tenía pensado realizar, si por fin este era mi año y me tocaba el gordo. 400.000 euros al décimo! Cuántas cosas podría cumplir…

Tras muchos días y largos paseos por fin lo encontré: 25.469, este sería mi número ese año, no me preguntéis porqué pero algo me decía que este iba a salir premiado, con esta idea y habiendo cobrado un dinero extra decidí coger 5 décimos del mismo número. 100 euros, que con suerte podrían convertirse en 2.000.000, solo de pensarlo me temblaba todo el cuerpo.

La noche previa al sorteo, los sueños se agolpaban en mi cabeza, cuando por fin caí en los brazos de Morfeo, una de mis ilusiones brilló sobre el resto, ocupando todo mi pensamiento durante esa noche eterna.

El despertador sonó puntual, eran las 7:30 de la mañana y tenía una hora para prepararme, y estar listo en el sofá con mis décimos en la mano.
Puse en práctica el ritual de cada año, a pesar de que ningún año me había funcionado: ducha de agua fría, me puse mis bóxers rojos de las ocasiones especiales, zumo de naranja natural y tostadas de pan integral con pavo. Con los nervios no me entraba nada más, pero para cuando me senté en el sofá, tenía mi botella grande de agua y alguna golosina por si me entraba el gusanillo.

A las 9 comenzaron a sacar las bolas del bombo, a medida que iban pasando las horas e iban saliendo premios, yo me iba poniendo más y más nervioso; menos mal que ese día siempre estoy solo en casa, porque no creo que nadie me pudiera soportar en esas circunstancias.
Eran ya alrededor de las 11.30 de la mañana, yo ya no tenía ni uñas. Faltaba el premio gordo por salir, este año el más tardío; a falta de 15 minutos para finalizar el sorteo, los niños de San Ildefonso denotaron con su sonrisa y mirada cómplice, que esas bolas que tenían entre manos eran las del Gordo. Los segundos que tardaron en decirlo para mi fueron eternos, volviendo a pasar por mi cabeza y cada vez de manera más clara mi gran ilusión, mi gran sueño.

Por fin lo pronunciaron: ¡25.469, 4.000.000 euros! con su discurso típico, alargando la primera e.
No me lo podía creer, llevaba años esperando ese momento, me pellizqué para ver si seguía en mi sueño y no, esta vez era real. Pensé en avisar a familiares y amigos, pero primero iba mi sueño y si sobraba algo ya avisaría y repartiría entre los que se lo merecieran.

Sabiéndome rico, me tomé mi tiempo para vestirme, quería disfrutar de ese momento tan ansiado; una vez vestido, me senté al borde de la cama, tenía que hacer al menos una llamada. Al otro lado de la línea y después de 3 larguísimos tonos, escuché la voz de Irene, la secretaria de mi jefe. La saludé cortésmente y no la dejé hablar, simplemente le dije: “Dígale al señor García que ayer fue mi último día en la empresa, hoy me ha tocado la lotería y he decidido cogerme la jubilación 30 años antes de tiempo. Gracias por todo y hasta siempre.” Ella quiso contestarme, pero no le di tiempo, colgué. Tenía muchas cosas más importantes que hacer en mi nueva vida que seguir escuchando la voz de aquella buena mujer.

Guardé el sobre con los cinco décimos en el bolsillo interior de mi chaqueta y bajé a la calle intentando disimular mi felicidad y sin apenas sonreír para que ningún conocido notara nada de nada.
Tenía mi sucursal del banco delante de casa, pero decidí coger el metro e irme a la otra punta de Barcelona, para asegurarme de que nadie me conocía; cuarenta y cinco largos minutos de metro, no por la distancia del recorrido, dieron suficiente para trazar cada parte de mi plan con parte del dinero del premio.

Sin darme cuenta había llegado a Hospitalet de Llobregat, rápidamente encontré una sucursal de mi banco; antes de abrir la puerta de la oficina respiré profundamente, una vez dentro, pregunté amablemente por el director. No tardó nada en aparecer un señor bien trajeado de unos cuarenta años de edad, me hizo pasar a su despacho, me invitó a sentarme y me preguntó cuál era el motivo de mi visita.
Sin más, saqué el sobre de mi bolsillo, al ver el contenido se frotó las manos y una sonrisa se dibujó en su cara; mientras realizaba los trámites pertinentes, hizo que me trajeran un café y unas pastas, como si de una persona importante se tratará: saboreé ese momento como si fuera el último de mi vida, y sin embargo, también era el primero de mi la nueva.

Con el dinero ya ingresado en mi cuenta, salí de la oficina y paré un taxi directo a casa, nada más llegar iba a trabajar en mi gran ilusión. Le pagué al taxista, me despedí y me metí en casa, apagué el móvil para que nadie me molestara y me puse frente al ordenador. Por fin podía dar rienda suelta a todo lo que durante tanto tiempo había estado solo en mi cabeza.

Empezaré por presentarme, mi nombre es Aitor y tengo 35 años recién cumplidos; a raíz de la ruptura hace ya cuatro años con mi ex novio, decidí evadirme en el gimnasio, y desde entonces me he vuelto casi adicto.
De ahí que la gente cuando pasa por mi lado se quedé mirándome e incluso comenten sobre mi cuando me doy la vuelta: mido 1,85 metros y peso 85kg, todo puro músculo y fibra, mi piel morena bronceada por el sol, mi pelo rubio corto y rizado hacen juego con mi mirada penetrante y cristalina como el mar. Y, si, tengo que confesarlo, me gusta mucho el sexo, los preliminares, jugar en la cama o en cualquier lugar donde se precie; aunque sin duda, mi lugar favorito para dar rienda a mis mayores fantasías, desde el anonimato y sin miedo a ser juzgado por nadie, es Boyberry.

A este local empecé a ir con el que hoy en día es mi ex, teníamos una relación abierta, ya que nuestro rol sexual es el mismo, activos; a pesar de que nuestros sentimientos eran muy fuertes, sabíamos que el terreno sexual era muy importante para mantener lo nuestro vivo, así que decidíamos incluir, de vez en cuando, a algún pasivo vicioso en nuestra cama o en una amplia cabina de Boyberry.
En la época en la que íbamos los dos juntos al local no pasábamos desapercibidos, ya que a pesar de no tener el físico que tengo actualmente, tampoco estaba mal y el rubio de mi pelo y mi mirada hacían el resto. Si a eso le sumamos que en cuanto llegábamos, mi ex y yo dejábamos nuestros torsos al descubierto, la temperatura del local subía aún más si cabía.

Todas nuestras visitas eran dignas de recordar, aunque nos hicimos más conocidos y casi admirados y esperados después de una tarde épica; que ahora me viene a la mente y que servirá para explicaros quién soy ahora.
Aquella tarde llegamos al local y en el mostrador se encontraba el dueño, nos recibió con una gran sonrisa; tras hablar con él un buen rato, nos hizo una propuesta: “Entráis gratis, si hacéis de esta tarde una tarde digna de recordar. Que haga que la gente no hablé de otra cosa de lo bien que se pasa en este local”. Accedimos encantados, si algo nos gustaba era el sexo, disfrutar con él y hacer disfrutar a nuestros amantes pasajeros.

Cogimos una taquilla y esta vez, aparte de las chaquetas y camisetas, dejamos también los pantalones, como si de una fiesta underwear se tratara. Abrimos la cortinilla y accedimos al local: mi ex fue a observar que se cocinaba en la planta baja y yo me quedé en la principal.

Mientras iba paseando, notaba como las miradas se clavaban en todo mi cuerpo; caminaba con paso firme y decidido, a la caza de un buen pasivo que nos ayudara hacer de aquella, la mejor de nuestras tardes. Esas mismas miradas hacían que mi paquete cada vez se fuera poniendo más y más duro, con ganas de salir del minúsculo bóxer que llevaba, y no es por fardar, pero aquella erección se notaba y mucho.

Después de dar una primera vuelta de inspección, y no ver nada interesante, decidí entrar solo en una de las cabinas: me aseguré de estar bien cerrado y en silencio, abrí uno de los agujeros que daban a otra de los morbosos habitáculos del local. Me vi haciendo de voyeur, que era una de las cosas que más me gustaban: el ver sin ser visto.
En ella pude ver a dos chicos de unos 25 años de edad, completamente desnudos y depilados, recorriendo cada centímetro de sus cuerpos sudorosos y saboreando cada hormona de placer, como si fuera la última; estaban entregados al placer y sus miembros así lo hacían saber, totalmente erectos y dispuestos a soltar todo lo que guardaban.
Uno de ellos bajo lenta y suavemente a la cintura del otro, esperando recibir en su boca y cara todo el semen del otro; mientras esperaba ese momento saboreaba cada poro de aquel rabo imponente, haciendo que en la cara de su amante ocasional, se dibujara el placer en estado puro. Cuando estaba a punto de correrse, decidí dejarles intimidad, retirándome en silencio de mi papel de voyeur.
Al cerrar tras de mí la puerta, se escuchó un gemido que dejó helados a todos los que se encontraban en el local: éste había sido el mejor polvo de sus vidas.

Con mi calentón y sus caras en mi mente, para luego buscarlos si mi chico estaba de acuerdo, me fui a esperarlo a los sofás de al lado de la máquina de refrescos; como tardaba me dirigí hacia la parte de abajo del local a buscarlo.
Mi sorpresa fue cuando lo encontré de rodillas en medio de un grupo de 6 chicos, a cual más guapo y joven, como le gustaban a él. Cuando pudo verme, sacó de su boca, de golpe, aquella gran polla que estaba degustando con pasión, se levantó y se puso a mi lado de inmediato: sus amantes se quedaron con ganas de seguir disfrutando de su boca y lengua en sus miembros. En la mirada de algunos vi como también hubieran querido penetrar duro y a fondo el culo prieto de mi ex, pero aquello iba a ser imposible, o no…

Cogimos dos cervezas y nos fuimos a la cama cuadrada y oscura que hay en la parte de abajo, mientras comentábamos lo que habíamos visto y vivido, bebíamos nuestras cervezas. Acabamos nuestra primera lata ya con el puntillo, hacía mucho que no bebíamos, y cuando mi chico bebía se volvía más sumiso que de costumbre.
Empezamos a besarnos apasionadamente en la penumbra de la cama, esperando que de un momento a otro las miradas y las manos de los que también buscaban placer, nos invadieran. No tardo mucho en suceder y poco a poco nuestros miembros se apretaban dentro del pantalón, queriendo salir, pero no queríamos que eso fuera tan fácil: si aquella tenía que ser nuestra mejor tarde, no íbamos a dejar que cualquiera accediera a recibir y dar placer por doquier.

Mi ex decidió subir a hablar con el dueño del local, pero cuál fue nuestra sorpresa que al separarnos e ir a buscarlo nos lo encontramos un poco alejado de nosotros, observándonos mientras se masturbaba deleitándose con nuestro espectáculo. Sin guardar su miembro y haciendo que mi chico se agachara a mamársela, yo le proponía que pusiera la reja para separar la cama del resto de gente; así nosotros solo dejaríamos entrar a aquellos chicos que más nos gustasen.

Mientras el preparaba la sala y nosotros insinuábamos lo que allí iba a pasar, nos tomamos nuestra segunda cerveza, haciendo que el puntillo siguiera subiendo y que mi chico cada vez fuera más sumiso.

Todo estaba listo: una vez dentro y encerrados los dos, muy cachondos y aún más, si cabe, por sabernos el centro de atención; fuimos besándonos lascivamente, mientras echábamos alguna que otra mirada furtiva a los que se agolpaban tras las rejas. Todos querían compartir aquel momento con nosotros, pero solo dos serian los elegidos.
Él recorría despacio mi pecho con la lengua, pasando por mis pezones, mientras su mano masajeaba mi paquete, con ganas de sacarlo y disfrutar de él, algo que mi miembro compartía; yo vi entre la multitud a los dos chicos que había estado observando en la cabina, así que les hice una señal, les abrí la reja y entraron con nosotros.

Mi ex no se había percatado de este hecho, ya había sacado mi polla del bóxer y la chupaba con ansia, tragándosela hasta el fondo varias veces: eso a mí me volvía loco, le acercaba la cabeza y empujaba con la pelvis para que ese momento durara más tiempo. A él le gustaba disfrutar de mi rabo con los ojos cerrados, decía que así nada le distraía y el placer era mayor.
Cuando se la sacó de la boca bien húmeda y abrió los ojos vio dos rabos más, uno a cada lado de su cara, mientras el mío seguía babeando delante de él. Sin más, volvió a cerrarlos e iba alternando entre los tres rabos con su boca y sus manos, mientras nosotros jugábamos con nuestras lenguas y pezones, a veces era capaz de meterse dos de golpe.

Era obvio que aquellos chicos eran activos cañeros, o al menos eso parecía, tenían bastante aguante, así que para comprobarlo, lubrique mis dedos con mi saliva e intenté jugar con el culo de uno de ellos. Cuando conseguí meterle un dedo, pegó un respingo y aparto mi mano de su oscura y desértica cueva; me echó una mirada que me demostró que él no quería, pero que al otro chico sí que podría gustarle que mis dedos fueran abriendo poco a poco su agujero: así lo hice y sin duda estaba en lo cierto, aquel culo dilataba bien.
Mientras su dueño gemía cada vez más rápido aproveché para ponerlo a cuatro patas sobre la cama, de lado, para que los de fuera pudieran ver bien su cara de placer, así como todo mi rabo entrando y saliendo rítmicamente. Mi sorpresa fue cuando al girarme, toda la gente que estaba fuera ya estaba desnuda, con sus pollas duras: algunos de rodillas salivando bien a los que estaban de pie y otros ya se habían corrido de placer sobre el suelo y las paredes…

Mientras yo le daba duro a mi pasivo y él me pedía más, vi como mi chico se ponía enfrente de él y en la misma posición, dejando su culo a merced del otro chico. Ellos empezaron a jugar con sus lenguas mientras el otro chico introducía la suya en el ano de mi novio, degustándolo y dilatándolo; estaba muy sumiso pero no esperaba que ofreciera su culo por primera vez, para hacer de pasivo.
El otro chico lo notó y para conseguir su objetivo fue poco a poco para no hacerle daño y que él no se echará para atrás; cuando quise darme cuenta y sentado al lado, mientras mi pasivo cabalgaba sobre mi rabo, mi ex tenía tres dedos dentro de su culo, y la cara de placer era máxima. Cogió un preservativo y se lo pasó a su activo, dándole permiso para entrar y salir de su culo cuantas veces quisiera; éste empezó poco a poco, notaba que por aquel agujero nunca había entrado nadie. Cuando ya por fin la tenía dentro, acompasaba el ritmo de la embestidas con el gemido de mi chico.

Durante unos veinte minutos fuimos cambiando de posición, cada uno con su amante; con la excitación de verlo disfrutar siendo pasivo y queriendo arrancarle su primer orgasmo como tal, decidí follarme a mi ex, y así lo hice: le ofrecí el culo de mi pasivo al otro activo y a mi ex lo puse contra la reja, agarré sus manos por encima de su cabeza y empecé a darle duro. Mientras, uno de los que miraban se agachó a chupársela dándole doble placer: al cabo de unos minutos no pudo más, así que sacó su rabo de la boca de aquel chico y soltó, junto con un gran gemido una buena corrida que fue directa a la cara de dos o tres chicos que esperaban, desnudos y agachados, aquella lluvia.

Como vimos que aquellos improvisados espectadores se habían quedado con ganas de más, los tres que quedamos sacamos nuestros rabos por la reja y uno a uno fueron comiéndonoslo, esperando como en una ruleta rusa, ser ellos los afortunados de llevarse toda nuestra leche caliente. Cuando ya por fin nos corrimos, caímos rendidos en la gran cama y permanecimos allí un rato, dándonos pequeños roces que producían electricidad en nuestra piel.
El dueño del local abrió la puerta y nos proporcionó toallas e indicándonos donde estaba la ducha privada, nos felicitaba por aquel espectáculo.

Una vez duchados y vestidos, nos despedimos de nuestros dos cómplices, ellos se quedaban allí, parecía que aún tenían ganas de más; nosotros ya en la puerta, a punto de salir, escuchamos mi nombre y nos giramos, era el dueño del local: tenía otra propuesta que hacernos.
Nos contó que tenía la idea de abrir otro Boyberry, pero que aún no tenía muy clara la ubicación; algo que sí sabía, era que yo debía tener un puesto como socio llevando su nuevo local. En ese momento mi sueldo y mis ahorros no me permitían embarcarme en esa aventura, aunque la idea me gustaba mucho, no así a mi ex que me miró con malas caras; le dije que me lo pensaría y que si en algún momento disponía de dinero suficiente lo llamaría y hablaríamos.

Cuando mi ex y yo llegamos a casa discutimos sobre el tema y, entre esto y cosas que ya veníamos arrastrando de antes, decidimos poner fin a nuestra relación: al principio estuve bastante hundido, aunque con la ayuda de amigos y familiares, y de las horas que empecé a pasar en el gimnasio, lo superé.

Y por eso estaba delante del ordenador, buscando el teléfono del local que tantas tardes de gloria me había dado; y esperando que al otro lado de la línea estuviera la voz grave de su dueño para hablar con él de su nuevo negocio, de mi futuro sueño, que en definitiva era el que cumplí. Tardó tres tonos en responder:
– Boyberry, buenos días.
– Buenos días, soy Aitor, ¿te acuerdas de mí?

Así empezó nuestra conversación, y después de casi una hora hablando decidimos vernos en su despacho para hablar bien de lo que nos traíamos entre manos.
En aquella reunión, que duró todo el día, decidimos la nueva ciudad, contactamos con diferentes agencias para comprar el local y dejamos prevista la fecha de inauguración: un par de semanas después, encontramos un local de tres plantas, 150 metros cuadrados cada una y en pleno centro de Tenerife; la inauguración sería en Junio de 2016.

Mientras los días pasaban, entre decisión y decisión, y para calentarnos del frío invierno, decidíamos jugar con nuestros cuerpos, quedando exhaustos encima de la alfombra de su despacho. Después de que nuestros cuerpos llegaran al orgasmo, con una buena sesión de sexo oral mutuo, un 69 perfecto, conseguíamos la energía y calor para seguir con nuestro proyecto. Pronto llegó el verano, y nos encontrábamos ya en Tenerife, en mi actual piso, ultimando los detalles de la fiesta privada previa a la inauguración.

En nuestras redes sociales habíamos hecho un concurso: los diez ganadores tendrían pagado el viaje, un todo incluido para el fin de semana de la inauguración y 500 euros en efectivo para gastos. Solo habíamos desvelado que la fiesta sería privada, ningún detalle más; el morbo a lo desconocido hizo que en el concurso hubiera más de 1500 participantes, aunque solo diez habían sido los elegidos. Estaban convocados en el local a las nueve de la noche.
A medida que iban llegando les dábamos una bolsita con merchandaising, unos suspensorios de Boyberry y una copa de cava. Les hicimos un tour por las nuevas instalaciones, dándoles ideas para que ellos luego dejaran volar su imaginación y aprovecharan cada rincón del local. Al llegar a la tercera planta, les esperaba nuestra sorpresa: allí estaban convocados los 10 mejores actores porno del gay español, de ese momento, dispuestos a hacerles pasar su mejor noche.

Durante la primera hora nos dedicamos a llenar el estómago con un buen catering y a ponernos a tono con nuestra barra libre, tras esto decidimos desvelar nuestro primer juego, íbamos a volver a nuestra infancia: jugaríamos a la botella.
Nos sentamos todos en círculo alternando un actor porno y un invitado cada vez; una vez cerrado el círculo, los socios nos sentamos en un sofá que había al final de la sala dispuestos a observar y disfrutar de aquella fiesta privada.
Empezamos con una consigna para todos: nada de camisetas. Todos los torsos al descubierto, para ir subiendo la temperatura que el alcohol no había conseguido.

La botella iba girando sin parar y cuando le tocaba a dos participantes, de una bolsita salían las acciones que debían hacer aquellas dos personas: primero unos besos castos en la mejilla, después besos apasionados con lengua y de duración determinada, seguimos con algún sobeteo por encima de la ropa que aún les quedara puesta; a algunos pocos solo les quedaba ya el pantalón y más de uno se le notaba bastante la incontrolable erección, por la tensión sexual. La situación cada vez se iba volviendo más morbosa y ardiente, parecía que estábamos en una grabación de una orgía para alguna productora del porno, pero no: aquella fiesta era sólo nuestra y de nuestros sentidos, nadie iba a ser partícipe de lo que allí estaba pasando.

Uno de los invitados, al ver que todavía no le había tocado hacer nada, decidió alargar su mano hasta el paquete del actor que tenía al lado; siempre había soñado, desde la intimidad de su habitación, poder acostarse con uno de esos dioses del sexo, que con sus muchas escenas hacían que gimiera de placer hasta llegar al éxtasis y correrse.
El actor en cuestión se dejaba hacer, abriendo sus piernas para dejar más espacio e invitar a su lujurioso compañero a que accediera mejor a su abultado suspensorio, cada vez más duro y lubricado. El actor no tardo en cogerle la cabeza al invitado y hundírsela en su entrepierna, concediéndole lo que llevaba rato pidiendo: saborear aquel tronco de carne con su lengua, ansiosa de recibir las envestidas del hombre de sus más obscenos deseos.

Cuando los demás se percataron de aquella escena, retiraron la botella y la bolsita, pasando a la acción: pocos minutos ya estaban todos desnudos, algunos con el rabo a punto para dar caña y recibir mamadas, y otros aún morcillones, deseosos de seguir creciendo dentro de la boca de alguno de los presentes.
El olor a sexo y vicio de todos aquellos hombres invadían la sala, deleitando a los socios que contemplaban la escena ya con sus rabos en la mano, a veces el suyo propio y a veces el de al lado.

En un rincón había cuatro chicos, tres de ellos agachados y uno de pie, dominándolos y dándoles de mamar, mientras ellos sacaban su lengua reclamando un poco de esa carne dura y sabrosa que él les ofrecía gustoso.
Un poco más alejados había dos chicos, uno tumbado en la cama boca arriba con las piernas entrelazadas en la cintura de su amante, gozando mientras este le daba bien duro y le miraba a los ojos: sus gemidos de placer se confundían con los de muchos otros, sonando como una eterna música que te invitaba a perderte entre abdómenes musculados, bocas demandantes, anos dilatados pidiendo más y manos inquietas sobre cuerpos sudorosos.

Aproveché, quité la mano de mi socio de mi rabo y me dirigí a darle de mamar a aquel que estaba tumbado en la cama, entrecortando sus gemidos cada vez que mi rabo entraba y salía de su garganta.

Antes de que aquello se llenara de corridas bestiales y para hacer que durara aun más, hicimos nuestra particular tren: unos veinte cuerpos deseosos de dar y recibir rabo al mismo ritmo; primero despacito, para cada vez coger velocidad y ritmo, hasta que cada vagón se descarrilaba para un lado diferente, uniéndose por parejas, en pequeños grupos y de manera individual.
Los orgasmos se sucedían en aquella sala, unos se acabaron corriendo mientras cabalgaban un pasivo demandante, otros lo hacían mientras se pajeaban y tenían bocas abiertas esperando su ración de leche, y otros simplemente se corrieron sin tocarse, ya que aquella escena era tan morbosa que no hizo falta nada más que observar para llegar al clímax.

Una vez limpios y a medida que se iban acabando de vestir, se despedían con un tímido adiós de los que habían sido cómplices de su mejor noche de pasión y desenfreno; esa noche que nadie iba a olvidar, pero que ninguno iba a ser capaz de contar ya que nadie les creería. Secretos que se llevan en lo más profundo, del cuerpo y de la mente.
Eran las dos de la madrugada cuando salió el último de los invitados, así que decidimos cerrar el local, dejando toda huella de aquella noche sin recoger; aún con el calor en el cuerpo nos fuimos a celebrarlo, con alguno de los actores que habían participado en la fiesta, a una terraza cercana. La tarde siguiente era nuestro primer día abiertos al público.

Lo hicimos coincidir en jueves, día en el que se iba a celebrar la fiesta temática semanal: una Young Party. Abrimos media hora antes de lo previsto, ya que cuando llegamos ya había cola en la puerta esperando. Iban entrando poco a poco, algunos dejaban cosas en las taquillas, otros entraban tal cual, con las ansias por inaugurar una de las cabinas vírgenes de nuestro local isleño.

De aquel primer día abiertos al público, podríamos destacar y describir varias situaciones y anécdotas que allí sucedieron: como un encuentro casual entre mi ex y yo, furtivo y salvaje, en el que nos reconocimos casi al instante, pese a estar en la penumbra, donde descubrí su faceta de pasivo hambriento, o una gran escena entre un hombre maduro con un gran rabo que nadie conseguía complacer, hasta que un chico de no más de 25 años consiguió hacerlo gemir, vertiendo toda su leche por su pecho.

Pero como es mejor vivirlo que contarlo, os invito a que cuando estéis de paso por la isla no dudéis en venir a visitarnos, a empaparos del placer y la lujuria que desprenden todos y cada uno de los rincones de este sitio.

Ahora que miro al pasado, estaré eternamente agradecido a aquel 25.469, un número que creí casual, pero que más tarde supe que coincidía con unos números tatuados en el pecho de mi ex. Pensé que perderle había sido lo peor de mi vida, pero como se suele decir: uno puede tener un golpe de suerte, cuando menos se lo espera.