Venid a mí todos mis fieles

*Relato de Ficcion (la descripcion de Boyberry que se hace en este relato no coincide con la real)

El otoño había llegado a la gran capital y se notaba en las hojas que los barrenderos se encargaban de limpiar a diario. A pesar de que es una ciudad en la que abunda el cemento y poco verde, Madrid siempre tendrá un encanto especial. Uno de esos lugares con encanto es El Parque del Retiro, que tiene dos épocas del año en la que brilla: la primavera y el otoño. En primavera la gente disfruta de largos paseos matutinos o nocturnos, y en otoño, cómo el frío ya está acechando, se convierte en un lugar perfecto para solitarios buscando un poco de paz. Muchos son los afortunados que trabajan en los alrededores del Retiro y casi siempre puedes ver a personas trajeadas que se toman su descanso en gran pulmón verde madrileño.

Madrid tiene de todo, es una ciudad en la que una multitud de variopintos personajes se cruzan por sus calles diariamente, pero que nunca se toman un minuto para conocerse. El ajetreo del Metro, los trenes, autobuses, las tiendas, las manifestaciones en la Puerta del Sol o un sinfín de cosas, hacen de Madrid una ciudad que nunca duerme, ni tan siquiera de noche. Ahí es cuando la ciudad cambia por completo, ya que es un lugar en el que el buen ambiente, los bares, discotecas y demás sitios de ocio reinan.

Uno de esos bares se ha puesto muy de moda últimamente ya que sirven una bebida que dicen que es explosiva, que te acentúa todos los sentidos y disfrutas sin usar cualquier tipo de sustancia ilegal. Porque otra de las cosas que abundan por Madrid es la droga. Aunque ya no es lo que era, hay que recordar que en los años ochenta las calles estaban plagadas de camellos, drogadictos y gente pasada de rosca por culpa de las drogas. Ahora se distribuye de una manera mucho más sofisticada y apenas es apreciable el menudeo en las calles de la ciudad.

Ese bar de moda se llama Boyberry, y está situado en pleno centro de Madrid, en unos antiguos cines de temática porno, que tuvieron que cerrar tras la crisis en el sector. Los dueños del local decidieron reinventar el negocio y convertirlo en un gran bar con distintas salas temáticas.

Allí estaba Vidal, un cuarentón bastante atractivo que lleva más de veinte años viviendo en Madrid, casi toda su vida. Justo a los veinte le destinaron a la capital para ser monaguillo de una de las parroquias más imponentes de la ciudad: la iglesia de San Jerónimo el Real. Ahora, con otros veinte años a sus espaldas, lleva oficiando misa diariamente casi ocho años. El anterior párroco falleció y él tomó su testigo.

Puede parecer extraño que un cura se rodeé de bares, vicio y tentación, pero él no es un cura chapado a la antigua, eso se lo deja a los del Vaticano. Vidal siempre ha dicho que reza toda las noches, pero después se toma un buen gin tonic para conciliar el sueño.

Aunque parezca raro, no todos los curas son iguales y no siguen las pautas dadas por la Iglesia, a pesar de que deberían hacerlo. Ha llegado un punto en que a la Iglesia se la sopla lo que hagan en su tiempo libre, siempre y cuando eso no afecte a su labor en la parroquia.

Vidal es un asiduo al Boyberry, lo visita todas las noches, aunque no se esconde y va con su alzacuellos y ropa de misa. Él siempre dice que a la gente no le sorprende ver a un cura en un bar y que cosas peores se han visto.
El Boyberry, al tener tantas estancias con temáticas totalmente diferentes, es un lugar al que acuden personas de todo tipo, pero para poder entrar tienen que pagar la entrada y firmar un documento de confidencialidad, ya que en su interior se ha dado la ocasión de ver al Presidente del Gobierno u otras personas bastante influyentes.
Nada más pasar el umbral de la puerta principal, te das cuenta de que no estás en un lugar al uso, y que en su interior disfrutarás de experiencias únicas.

Primero encontramos una gran entrada, en la que se sitúa la taquilla, el guarda ropa y los baños principales.
Después hay una gran puerta de negra, que al abrirla da paso a un enorme pasillo lleno de puertas. Concretamente son siete las puertas que hay en el lugar. La mayoría de las salas están abiertas al público, pero algunas de las estancias del bar tienen contraseña, que sólo unos pocos saben, ya que son muy exclusivas. Vidal es una de esas personas que siempre visita una estancia cifrada.

– ¡Ruber! dice Vidal golpeando la puerta.

En ese momento, la rejilla que se encuentra en el centro de la puerta, se abre para que la persona encargada de la seguridad compruebe que el que ha llamado es un habitual. Efectivamente, Vidal lo es, ya que la puerta se abre para recibirle.
La habitación es asfixiante, tiene las paredes, el suelo y el techo pintados de negro y el blanco sólo aparece en la barra del bar y los sofás que hay esparcidos por toda la estancia. La música que suena es algo estridente, death metal, no apta para todos los públicos.
Vidal mira a su alrededor esperando encontrar a esa persona con la que se ha citado esta noche, pero parece que se ha retrasado. El párroco decide entonces sentarse en la barra, tomar un gin tonic y a esperar.
Son pasadas las dos de la madrugada cuándo se oyen de nuevo golpes a la puerta de la sala. Vidal estaba empezando a desesperarse y es entonces cuándo le ve. Allí estaba.

– Llegas tarde – le dice serio.

– Lo siento, no he podido venir antes le dice el joven.
Se trata de un chico, de no más de veinte años de edad, con la tez pálida y los ojos oscuros. Su pelo castaño está alborotado y él tiene signos de haber estado fatigado.
– No pasa nada, pero para la próxima intenta ser puntual o no habrá más ocasiones de vernos le dice enfadado Vidal.
El recién llegado asiente y le coge la mano con cariño a Vidal. Éste se la rechaza de golpe, le empotra contra la pared y comienza a besarle. La pasión se adueña de los dos hombres y comienzan a hacer el amor delante de todos los presentes en la sala.
El joven, con su trasero en pompa, parece disfrutar de las embestidas que Vidal le brinda y no se corta en gemir alto. Vidal, por su parte, es más comedido e intenta en más de alguna ocasión taparle la boca metiéndole uno de sus dedos. Los dos estallan, se recomponen y se sientan en la barra a seguir disfrutando de la noche.